Ansiedad

Ansiedad

ANSIEDAD
Un mal contemporáneo.

Cada vez que un paciente relata los sucesos que rodean a su experiencia sexual surgen hechos específicos que dependen de la particular historia de vida de cada uno, y también otros que se sitúan en un plano general y compartido. Dentro de estos últimos se pueden ubicar dos factores relevantes que afectan el normal desempeño de la vida sexual: la exigencia y la ansiedad.

De uno modo u otro, todos hemos experimentado alguna vez y en diferentes situaciones los signos que representan un estado de ansiedad: hormigueos en el estómago, palpitaciones, sudoración. Etc.
Las circunstancias que pueden producir estas manifestaciones son múltiples: desde un encuentro amoroso, una entrevista de trabajo, un altercado, una enfermedad; en fin, todas aquellas circunstancias que provocan o producen un estado de preocupación o alerta, y que predisponen al sujeto para la defensa o la acción. En este sentido la ansiedad es útil porque ayuda a enfrentarse a las situaciones complejas de la vida cotidiana.
Sin embargo, el problema surge cuando esta reacción esporádica se convierte en un invitado permanente que se presenta en forma crónica o intermitente, bajo la forma de “ataques” que paralizan al sujeto y le impiden reaccionar en forma adecuada.
La ansiedad puede definirse como un malestar psicológico que se produce de modos diferentes a lo largo de la vida de un individuo. Se la puede ubicar en un continuo que va desde una ligera perturbación ocasional, hasta una severa que altera la capacidad de funcionamiento armónico de la persona en distintas áreas de su existencia.
Su modo de expresión puede ser global o específico. Los factores básicos sobre la que se sustenta se relacionan con emociones tales como el miedo, la tristeza, la rabia, la frustración, el rechazo, las expectativas excesivas que los sujetos se forjan acerca de sí mismos y de su vida, la inseguridad expresada en una alerta constante sobre la propia persona (aprehensión), sobre el propio cuerpo y sus funciones (trastornos psicosomáticos), y sobre las ideas (obsesiones).
Las personas aprenden a convivir con la ansiedad, y en general la mantienen dentro de límites controlables, sin embargo para otros se convierte en un monstruo omnipresente, que determina un desequilibrio constante al cual los individuos se adaptan como forma de existencia, y se expresa en un estilo de vida colectivo. Basta observar las interacciones cotidianas características de una gran ciudad, para percibir como las personas se mueven en un cortocircuito emocional; este hecho se expresa en la impaciencia, la intolerancia, la agresión desmedida, en un estado de alerta constante que se hace notorio en la forma de conducir un automóvil, o en una fila de supermercado que se transforma en un caldero de emociones negativas contenidas y estalla ante cualquier conducta del otro que es traducida como falta de respeto, o lisa y llana agresión.
Es obvio y difícil permanecer ecuánime en un contexto de ansiedad generalizada, aunque esta adopte formas encubiertas.
Se podría hablar, aunque parezca excesivo, de una sociedad ansiogénica que admite el conflicto como estilo de relación, aún cuando –en un típico doble discurso- se lo condene públicamente.
Las inquietudes sobre distintos aspectos de la vida cotidiana se hacen omnipresentes; preocupación obsesiva por la salud, el trabajo, los hijos, el dinero, los ansiosos crónicos parecen anticipar siempre un desastre, y aunque comprenden que su estado de ansiedad es excesivo, no pueden desprenderse de ello, y lo expresan en síntomas tales como tensión muscular, temblores, dificultades para conciliar el sueño, dolores de cabeza, irritabilidad, trastornos en la vida afectiva y sexual, trastornos en la alimentación. La ansiedad se constituye en la base de casi todos los problemas sexuales; es el factor común que vincula a una eyaculación precoz, un trastorno erectivo o una anorgasmia. Varones y mujeres se muestran incapaces de entregarse a las sensaciones eróticas, porque sus pensamientos los alejan de las percepciones corporales, para llevarlos a una situación de espectador de sus propios límites o sus propios fracasos.
En el extremo están quienes adoptan la ansiedad como estilo de vida, se autodenominan hiperkinéticos, y valorizan esta actitud, como si fuese un modo apropiado de conducirse. Lo demuestran en cada instancia: en el trabajo, en las relaciones personales, en la vida íntima. Su existencia, y la de los que tienen la mala fortuna de convivir con ellos queda signada por esta particularidad, que conduce inevitablemente a relaciones sin tiempo, ni armonía.
La ansiedad es un mal colectivo que conduce al estrés, es decir a la incapacidad de afrontamiento y solución de problemas, por lo tanto es necesario considerarla con la seriedad que corresponde. A menudo he escuchado decir “estoy un poco estresado”, es evidente que cuando se usa esta expresión las personas se refieren a un grado alto de tensión o sobre exigencia, pero esta situación puede aumentar volviéndose omnipresente.
Muchos optan por reducir este trastorno a través de medicamentos, los cuales resultan más o menos eficaces. Pero aún cuando lo sean derivan en una dependencia psicológica y no producen modificaciones en las actitudes que han llevado a esa situación. Es decir que la persona reduce sus síntomas, lo cual le permite vivir mejor, pero no activa un proceso de aprendizaje sobre sí mismo que le permita un cambio.
Afortunadamente hoy contamos con programas específicos para ayudar en ese cambio profundo de actitudes. Tratamientos focalizados y breves que entregan herramientas a través de las cuales se desarrolla la autoconsciencia y la autonomía. Un ejemplo claro, pero no el único, es el Mindfulness o atención plena, cuyo inicio y desarrollo se basó en un camino para reducir la ansiedad y superar el estrés.
Lo que quiero señalar en definitiva, es que no se debe aceptar a la ansiedad como un estado crónico e inmodificable, sino como una resultante de malas prácticas e incorrectas actitudes y como tales modificables.

Por Roberto Rosenzvaig

Abuso sexual

Abuso sexual

Las palabras abuso sexual dan cuenta de un fenómeno en el ámbito social que se ha ido señalando con precisión en los últimos veinte años. No es que antes no existiera, sino que simplemente se ocultaba tras una pantalla, como todas aquellas situaciones que una sociedad no puede o no desea ver. Hoy vemos como en múltiples ámbitos sociales la violencia sexual en términos de acoso, abuso, violación, está siendo cada vez más transparentada.
Cuando alguien abusa de otra persona, se entiende que la somete a una condición donde se ejecutan acciones que van más allá de la decisión consciente de realizarlas. Puede ser practicado en distintas situaciones y sobre diversas personas sin distinción de género o edad, sin embargo sus consecuencias o secuelas son infinitamente mayores cuando el objeto de abuso es un niño, el que obviamente no tiene ninguna posibilidad de libre elección ante la demanda sexual del adulto.
El abuso es un capítulo de la violencia sexual, que a su vez es parte de un fenómeno más global, el de la violencia como expresión de la dominación, que se expresa de distintos modos, y con diferentes protagonistas. Ella se anida en forma abrumadoramente mayoritaria en la mitad masculina de la especie, como resabio del patriarcado, y se ejerce principalmente sobre las mujeres y también sobre otros hombres. Los agresores sexuales en su mayoría realizan su primer comportamiento de abuso antes de cumplir los 16 años, teniendo sólo el 11% antecedentes de haber sido abusados ellos mismos.
En Chile, cada 20 minutos, una mujer es objeto de la violencia sexual masculina. Cada año se producen entre 30.000 y 32.000 atentados sexuales, lo que hace un mínimo promedio de 9 atentados diarios.
Sin embargo, debajo de estas cifras visibles, existen otras más ocultas, las que nunca serán denunciadas, las que se refugian dentro del secreto.
En EE.UU, el 20% de las mujeres adultas y entre el 5% y 10% de los hombres adultos declaran haber sufrido durante su infancia o adolescencia algún tipo de abuso sexual, aunque sólo un tercio de estas personas logró comunicar este hecho a algún familiar o profesional. En Chile se estima que la cifra asciende al 10%, pero este dato aumenta aceleradamente en la medida que en los últimos años se han promulgado leyes, e instancias de protección que hacen más frecuente la revelación o la denuncia del abuso.
En general los abusos se pueden definir a partir de dos aspectos importantes: la coerción y la diferencia de edad entre el agresor y la víctima. Se entiende por coerción fuerza física, presión o engaño. La diferencia de edad marca una relación desigual, en asimetría, impidiendo una verdadera libertad de decisión y hace imposible una actividad sexual común, ya que los participantes tienen experiencias, grado de madurez biológica y expectativas muy diferentes.
El psiquiatra Reynaldo Perrone señala que la gran mayoría de los abusos sexuales y/o incestos, padre/ hija (entiéndase padre, hermano, tío, abuelo u otra figura cercana con relación de autoridad o responsabilidad respecto a la víctima) ocurren sin violencia objetiva de tipo agresión. Aún si el primer acto puede definirse como violación, la víctima lo vive en una especie de estado de conciencia reducida. La experiencia es similar a un embrujamiento donde se anula la capacidad de rebelión y sentido crítico. El abusador impone la ley del silencio a través del miedo y la amenaza, lo que le facilita la reiteración de los contactos.
El niño queda atrapado entre el terror, la vergüenza y la fantasía de ser castigado si revela el secreto. Este encierro se potencializa si la familia tiene alguna de las siguientes características:
La madre es distante y poco cuidadosa.
La madre carece de poder, es sumisa o maltratada.
El padre u otros varones a su alrededor no han aprendido a distinguir entre caricias sexuales y no sexuales.
Acostumbran a desconfiar de lo que la hija/o les dice.
Educan a la hija/o para obedecer y callarse siempre frente a los adultos.
No enseñan a las niñas a querer su cuerpo, a protegerlo y a sentir que tiene derecho a decir no.
Las consecuencias del abuso se perciben tanto en la infancia como en la edad adulta.
En primer lugar porque anulan el normal desarrollo psicosexual, introduciendo violenta y abruptamente un quiebre en la ingenuidad y el juego de descubrimiento del niño. En segundo lugar porque perjudican la integración de la identidad personal y la mantención de la autoestima. El 75% de los adolescentes con trastornos disociativos severos de personalidad tienen historial de abuso sexual antes de los 6 años.
El impacto del trauma que el niño o niña sufre está generalmente asociado a la reacción de la familia, la cual a su vez está relacionada con la identidad del agresor. Si el abusador tiene una figura de control o relevancia en la familia, el rompimiento y la crisis serán más severos. Cuando un miembro de la familia es el abusador, la familia evalúa los factores de pérdida o ganancia de apoyar al niño versus el agresor. Los niños cuyos padres no los apoyan, no les creen o no los protegen, son más seriamente alterados que los que tienen padres apoyadores.
En el adulto que ha sido abusado las secuelas se ejercen a largo plazo.
Judith Herman plantea un esquema que amplía la problemática en relación a lo vínculos que la víctima establece con el agresor, y le llama “SÍNDROME DE ESTRÉS POST-TRAUMATICO COMPLEJO”, toma en cuenta que el trauma, la lesión ocasionada por el abuso sexual continuado supera los criterios para estrés postraumático y describe este nuevo cuadro, frecuentemente agravado por la revictimización. Incluso un suceso estresante o que recuerde al abuso sufrido puede hacer aparecer la sintomatología.
Esta autora agrupa las secuelas de la siguiente manera:
1. Antecedentes de haber estados sometidas aun control totalitario por un período prologado (de meses o de años).
El daño psicológico de las sobrevivientes de abuso sexual en la infancia es similar al presentado por sobrevivientes de guerra, campos de concentración, sistemas represores y totalitarios.
2. Alteraciones en la regulación del afecto.
Las sobrevivientes presentan cambios de humor, preocupaciones suicidas crónicas . Sus historias de vida refieren intentos repetidos de quitarse la vida. Autoagresiones (daño físico así misma). Enojo explosivo o extremadamente inhibido (puede ser alterno). Sexualidad compulsiva o extremadamente inhibida. (Puede ser alterna)
3. Alteraciones en la conciencia.
La sobreviviente puede presentar amnesia o hipermnesia para los eventos traumáticos, despersonalización, (sentir que no es ella misma), desrealización, sentirse extraña en relación con el entorno, así como también experiencias revividas (ideas intrusivas, preocupaciones constantes, angustia derivada de la presencia de ideas que se presentan como reviviendo el trauma)
4. Alteraciones en la autopercepción.
Sentimientos de invalidez o parálisis de la iniciativa, vergüenza culpa y reproches. Sentimientos de deshonra y de estar estigmatizada, sentimientos de ser completamente diferente a los otros (se siente diferente, no humana, que nadie le puede entender).
5. Alteraciones en la autopercepción del ofensor.
Suele atribuirle poderes no realista al ofensor; le idealiza y tiene sentimientos ambivalentes hacia él; puede percibirlo como sobrenatural, sentirse bajo su control y aceptar los valores o de las ideas del ofensor así como mostrarse preocupada en relación a él.
6. .Alteraciones en las relaciones con otros.
Las relaciones interpersonales son precarias; Tendencia al aislamiento y al retiro. Falta de confianza en los otros (as), dificultad para establecer relaciones afectivas; relaciones con personas que pueden lesionarla.
7. Alteraciones en el sentido de pertenencia.
• Es frecuente encontrar pérdida de la fe y fuertes sentimientos de desesperanza y desesperación
• Depresión, miedo, ansiedad, baja autoestima, disfunciones sexuales severas como la ausencia de deseo y satisfacción, trastornos alimenticios como la bulimia, ideas suicidas, drogadicción, promiscuidad sexual.
La dimensión y envergadura de los efectos traumáticos dependen de la reacción de la familia y de la realización de un tratamiento psicológico adecuado y oportuno, que permita al niño recuperar la confianza en sí mismo y hacia el mundo adulto.
Los adultos que han sufrido esa experiencia traumática en su niñez, la guardan como un recuerdo imborrable, pero si han sido entendidos y ayudados serán capaces de rehabilitarse para una vida afectiva y sexual armónica, de ello depende en definitiva su capacidad de amar y ser amados.

Por Roberto Rosenzvaig

Sexo y edad

Sexo y edad

Sexo y edad. Deseo sexual masculino

Si hablamos de sexo y edad comencemos con una pregunta. ¿Existe en el varón luego de determinada edad un fenómeno similar a la menopausia femenina? Es decir que podríamos hablar de menopausia masculina? No, porque son fenómenos radicalmente diferentes desde que para las mujeres significa el fin de su edad reproductiva por la supresión del ciclo menstrual, mientras que en los varones no se afecta la capacidad reproductiva sino otras funciones.
Generalmente se conoce esta situación vital como andropausia masculina aunque es más correcto llamarlo síndrome de deficiencia androgénica del hombre adulton(ADAM). Como este artículo trata sobre deseo sexual es relevante saber si la edad y sus consecuencias hormonales, físicas y psicológicas hacen inevitable una disminución manifiesta de ese deseo y esto es un suceso al que todos los varones deberíamos resignarnos como parte del envejecimiento. Y aquí –antes de continuar- tenemos que aclarar que significa “envejecer” en el siglo XXI.
Sabemos que las expectativas de vida han aumentado paulatinamente y que hoy los “abuelitos” nos resistimos a la decadencia y el retiro obligado continuando con nuestra vida productiva, creativa, hedonista, erótica y física, como en las décadas anteriores, si disfrutamos de la necesaria salud física y psíquica que lo permitan.
El envejecimiento es un estado de animo, una entrega resignada al debilitamiento de nuestra energía. Pero no tiene nada de inevitable.
Nuestro cuerpo cambia, es cierto, pero su vitalidad depende de las acciones que tomamos para cuidarlo. No es lo mismo un señor de 60 años, sedentario, excedido en su peso, omnívoro, estresado que otro de 70 que sin fanatizarse cuida su dieta, practica una actividad física constantemente y se siente armónicamente conectado consigo mismo y con los que lo rodean.
La salud es una resultante del cuidado personal, no un regalo del destino. La enfermedad ( del latín infirmus –débil) a su vez es un producto de la mala calidad de vida.
Hace tiempo que conocemos las relaciones entre el funcionamiento del sistema inmunitario y las emociones y entre este vínculo y las enfermedades. Asimismo los niveles de las neuro hormonas resultan afectados.Su comienzo es insidioso y la progresión es lenta.
En los varones desde los 40 años en adelante los niveles altos de la hormona del crecimiento humana (somatotropina) parecen, en teoría, el elixir de la eterna juventud. Estimula la división celular, el aumento de la masa muscular, la utilización de la grasa como energía, el sistema inmunitario y la regeneración de los ligamentos.
Es posible conseguir que nuestro cuerpo produzca por sí mismo hormona de crecimiento y esto puede transformar totalmente nuestro aspecto y salud, para mejor obviamente.
Los ejercicios que estimulan la hormona del crecimiento son el entrenamiento cardiovascular con intervalos y los ejercicios intensos de pesas. Por ejemplo, hacer sprints de 30 segundos, descansar un minuto y repetir. O bien ejercicios con peso en los que con 8 o 10 repeticiones lleguemos al fallo muscular .
Es decir, estimulamos la hormona del crecimiento con ejercicios que nos llevan al límite de nuestras fuerzas durante unos instantes, recuperamos fuerzas brevemente, y repetimos el esfuerzo. Estos ejercicios son necesariamente cortos, no pueden llevarnos más de 20 minutos a media hora.
En un estudio sobre 450 varones con media de 60 años se encontró que un 46 por ciento manifestaba menos deseo y problemas con su erección, el 41 por ciento fatiga e irritabilidad y un 36 por ciento problemas con su memoria. En el grupo con menores dificultades se presentó una correlación alta y positiva con el estilo de vida, el ejercicio y la alimentación.
Si bien es cierto que la testosterona ( principal hormona sexual masculina) disminuye un 2 por ciento cada año desde los 40 años en adelante, esta disminución no afecta a todos los varones por igual, ni tampoco es la principal responsable de la disminución del deseo sexual o los problemas con la erección, básicamente porque estos elementos responden a una compleja interacción entre factores biológicos, emocionales y comportamentales, y no se trata de establecer mecánicamente una substitución hormonal como único camino.
Decía Unamuno que no hay mejor manera de parecer un viejo que actuar como tal. Y en este plano la vejez implica falta de flexibilidad para adaptarse a los cambios que demanda la edad. No se debe seguir actuando como un adolescente que tiene una erección con solo mirar o fantasear. Los adultos mayores necesitan de tiempo, de caricias prolongadas, tienen que integrar la idea que la erección fluctúa en ondas, que va y viene como las olas. La erección firme y duradera del pasado no debe establecerse como un modelo a repetir porque aunque se usen medicamentos como el sildenafilo, estos no garantizan lograr ese objetivo imaginario. El verdadero desafío consiste en sostener el placer propio y el de la pareja. Y principalmente entender que el paso del tiempo requiere actuaciones diferentes.

Por Roberto Rosenzvaig

Pareja en crisis

Pareja en crisis

Pareja en crisis
Problemas y soluciones para el cambio

El cambio es el motor fundamental de las civilizaciones y las culturas.
Estamos adaptados a esos cambios vertiginosos en el dominio tecnológico y su influencia en la vida cotidiana.
Nadie se asombra y la mayor parte de las personas tratan de adaptarse a ellos con mayor o menor facilidad.
Los paradigmas ( modelos) explicativos que antes se mantenían por siglos y sostenían aquello que se afirmaba como verdadero, hoy se relativiza y el concepto de verdad es más elusivo que nunca. Tal vez habría que revisar a un filósofo olvidado que en 1941 escribió un texto llamado “El miedo a la libertad” (Erich Fromm) donde analizó el papel del individuo frente a las sociedades totalitarias.
El cambio requiere libertad y flexibilidad, pero inspira temor, frente a este dilema, muchos sujetos prefieren adherirse a cualquier estado, creencia o visión de mundo que les garantice una supuesta estabilidad, sin reparar en los costos que ello supone. De allí su resistencia a todo cambio que perciban como amenazante a su estatus personal, social, económico o familiar. No comprenden que la estabilidad depende de la capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias que devienen de los desafíos que formula la vida cotidiana, especialmente cuando estos se dan en las interacciones sociales o familiares.
La vida, por definición, no es estable, estamos biológicamente condicionados a la pugna entre el equilibrio y el desequilibrio.
El primero representa la conservación, el segundo el desorden. Formulado de este modo parecen principios antagónicos cuando en realidad son –o debieran ser- complementarios.
Como sujetos tendemos a buscar la estabilidad, pero esta no es de modo alguno permanente sino –utilizando un concepto budista- básicamente impermanente, o dicho de otro modo, transitoria.
Cualquier crisis o problema severo que afecte nuestra vida implica una desestabilización, estado que despierta ansiedad y un posible anhelo de retorno a la situación anterior al conflicto. No se entiende que esa acción es circular, en el sentido de que se vuelve a un punto de neutralización o de amortiguación, donde no hay cambio sino posposición de la crisis.
Con esto se pierde una oportunidad valiosa para revisar los factores que han conducido a esa situación y articular las soluciones posibles para superarla.
Propongo dejar de lado esa afirmación catastrófica de que las personas no cambian -no sería terapeuta si la creyera- porque si uno quiere cambiar eso es posible.
En este artículo quiero compartir algunas soluciones que implemento en terapia de pareja para favorecer los cambios.
Primer paso: Hacerse cargo de uno mismo y responsabilizarse por las propias acciones.
Segundo paso: Suspender las acciones circulares y hostiles. Especialmente las acusaciones mutuas.
Tercer paso: Reconocer –en la medida de lo posible- los sentimientos expresados como rabia, rencor, revancha, impotencia.
Cuarto paso: Expresarse solo en primera persona, es decir hablar de sí mismo, de las propias emociones y no del otro.
Quinto paso: Asumir el cambio –si es que se cree en el- como tarea individual y no como una transacción.
Sexto paso: Desistir de cualquier intento de cambiar al otro, pero simultáneamente discriminar aquello que se puede admitir de lo percibido como intolerable.
Séptimo paso: Establecer de común acuerdo una jerarquía de problemas.
Octavo paso: Buscar acuerdos y negociaciones.

Como se ve en esta escala, solo es posible llegar a los pasos finales si se recorrieron los anteriores. Esta claro para mi, que es imposible intentar acuerdos cuando predominan los sentimientos negativos y el agotamiento. El crecimiento de aquellos conduce más bien a la ruptura que al acercamiento.

Por Roberto Rosenzvaig

Terapia de pareja

Terapia de pareja

Terapia de pareja

En el momento en que una pareja -sin importar sus edades, años de convivencia (si es que los tienen), orientación sexual u otras diferencias- se encuentra en un momento de crisis de la cual depende la continuidad de su vínculo, pueden buscar ayuda para intentar superar ese punto de inflexión negativo.

Si ambos comprenden que su inhabilidad para resolver los problemas, la evitación de los mismos o la confrontación ciega los ha conducido a un callejón, pueden bajar la cabeza y resignarse o asociarse para buscar soluciones

Ellos (evidentemente) no se sienten felices en su estado actual, pero no quieren perder esa relación o están en la incertidumbre acerca de continuar o no.

La contradicción siempre está presente, de un modo mas evidente o mas difuso, porque nunca es fácil separarse de alguien con el que aún se mantienen lazos emocionales, alimentados por una historia y por la esperanza de recuperación.

Muchos han pasado o permanecen en terapia psicológica individual, pero necesitan una mirada conjunta sobre los problemas que los afectan.

Estas dificultades pueden abarcar distintos dominios, que pueden representarse gráficamente como pequeñas esferas, cada una de las cuales interactúa con las otras. Les podemos poner distintos nombres: comunicación, vida sexual, actividades compartidas, relación con las familias de origen o con los hijos, problemas individuales, estrés. Etc.

Estas esferas no ocupan un lugar estático sino que cambian en su orden y relevancia, tanto como en su capacidad de influir sobre las otras. Todas son importantes, pero los miembros de una pareja pueden darle mayor o menos relevancia, de modo que insistirán en que ese aspecto debe cambiar mientras que minimizan otros, esto es particularmente notorio cuando cualquiera de los dos insiste en lo felices que podrían ser si el otro modifica actitudes o comportamientos, sin percibir la fuerte influencia de sus propias actitudes. Es como una especie de ceguera selectiva enfocada en los defectos del otro. Parece evidente que se requiere un mínimo de flexibilidad para entender como se vinculan ambos aspectos, porque los problemas y las soluciones (salvo en contadas excepciones) son responsabilidad de ambos.

La mayor parte de las parejas llegan a una terapia para estar mejor, para seguir su camino juntos. El riesgo es que no lo hagan demasiado tarde, tal como se grafica en el dibujo que acompaña a este artículo.

Dejemos de lado la afirmación no sostenible de que las terapias de pareja separan a las personas. Para separarse nadie necesita un árbitro que se lo señale, pero hay quienes buscan la terapia como excusa, en el sentido de que se hizo todo lo posible para modificar ese estado de cosas terminal, cuando en verdad no creen que haya solución. Desde esa posición se puede fantasear que sea el terapeuta quien dictamine como una especie de juez la incompatibilidad de la relación. Ese no debe ser el papel de un terapeuta, sino el de un facilitador de los cambios, cuando ello es posible.

Toda terapia exitosa debe modificar las situaciones conflictivas, las interacciones disfuncionales o los síntomas de un trastorno, y cuando eso sucede debe ser percibido manifiestamente en un cambio en los comportamientos, en los puntos de vista del consultante respecto a las razones de su malestar o en los modos de resolver el conflicto.

Dicho en otras palabras: en como ayudamos a los pacientes a construir o recuperar las herramientas válidas para sus cambios.

Si eligen esta opción hay algunos principios elementales que tendrán que tener en cuenta para resolver los conflictos presentes o futuros.

1- Usar los conflictos como una oportunidad de cambio y un recurso de acción.

2- Atacar los problemas, nunca a la persona.

3- Verificar todos los temas e intereses personales que subyacen a los conflictos manifiestos.

4- Inventar opciones en las cuales los dos obtengan beneficios.

Un ejercicio conveniente será el de responder entre ambos, las siguientes preguntas u otras más que vayan surgiendo en el espacio de conversación.

¿Pueden delimitar los principales problemas que los afectan?

¿Son capaces de admitir el peso que los problemas tienen en su vida cotidiana?

¿Son capaces de establecer criterios comunes para buscar soluciones?

Siempre que una pareja se aboca a una tarea en común, suprimiendo la crítica a los supuestos errores que el otro comete o ha cometido, surge de esta interacción una nueva esperanza; los desesperanzados dirán –Pero ya lo hemos probado todo– Y yo les respondo: ¿será cierto? Porque a veces las soluciones más evidentes se ocultan a los ojos de los que –por enojo, rencor, oposición u otras emociones negativas– no ven más allá de lo inmediato.

Las terapias de pareja deben ser breves por definición, porque lo que no se soluciona en 8 sesiones no lo hará en 30.

Sin duda que no todos los problemas serán resueltos, ni que todas las parejas saldrán de la terapia cambiados como nuevas personas, eso es irreal.

Lo que si estoy seguro que esa participación se pueden señalar y comprender aspectos no considerados, comportamientos no conscientes, pautas destructivas. Y que esa terapia puede ser un factor de cambio y de esperanza.

Por Roberto Rosenzvaig

Pareja y separación. Segunda parte

Pareja y separación. Segunda parte

La separación -aunque no se desea-  parece inevitable para algunas parejas.

Inevitable…para quien? porque es evidente que no existe ninguna lista de items bajo cuyo dominio se tome una decisión “racional” o guiada por el sentido común. Aunque las situaciones de conflicto se repitan, muchas parejas parecen acostumbrarse a esa normalidad ficticia. Es como convivir con el smog o el polen de los plátanos orientales, nadie lo desea, pero nos resignamos a su presencia descartando una solución definitiva como  cambiarnos de ciudad. Un observador externo cuya residencia se sitúa en una ciudad no contaminada no entendería porque persistimos en quejarnos sin tomar medidas que corrijan ese estado de cosas. Lo obvio y evidente -en cuanto a los problemas de las parejas- es relativamente sencillo de entender cuando no se está involucrado en las situaciones, pero mucho menos para los protagonistas.

-Tienes o tienen que separarse. Es un juicio que ellos han escuchado repetitivamente en boca de amigos y amigas, familiares y otros con los que se han compartido sus penas.

Sin embargo, contra todos los pronósticos y contra toda aparente sensatez, ellos siguen adelante a través de los años.

Primera pregunta entonces frente a este escenario: ¿No quieren o no pueden separarse? Los que no quieren aducen razones convincentes, por ejemplo las de tipo religioso o espiritual. El argumento que se escucha es “si nos casamos para siempre, tenemos que seguir adelante”. Como comentario marginal, quiero aclarar que siempre es un lapso cronológicamente imposible de prever para dos personas, un anhelo tal vez, un deseo, pero nunca una certidumbre. Como dijo el actor y humorista Groucho Marx “Siempre.No será demasiado tiempo?

Otros colocan a la familia como objetivo principal, su compromiso con los hijos los lleva a “sacrificarse” por la continuidad de una pareja disfuncional. Sin embargo: ¿Alcanzará este compromiso para garantizar un clima afectivo, de respeto y cuidado, que muestre ante los hijos un modelo a repetir? No parece tan simple, lo más probable es que el modelo sea negativo y el clima emocional disruptivo.

Por supuesto que existen los que no quieren perder un lugar social y económicamente estable, que cambiaría radicalmente con una separación.

Otros no quieren, porque no están dispuestos a admitir un fracaso ante la mirada de los otros.

Los hay también que minimizan y evitan el acto consciente de reconocimiento del deterioro de la pareja. Se resignan a ese estado de cosas y tratan de adaptarse con el menor costo emocional posible.

Algunas personas no se separan porque padecen de un temor infinito a la soledad. O a la frustración de vivir la separación como un fracaso individual.

Otros porque no hay podido o querido lograr una cierta autonomía económica que les permita independizarse sin mermas en su vida cotidiana.

El tema de la autonomía no se refiere, obviamente, en exclusiva a lo económico, hay otra autonomía más importante, que es la que compete al dominio personal. Lo contrario a la autonomía es la dependencia, y específicamente la dependencia emocional. Este no es un concepto totalmente claro y se usa en forma muy general, en términos de orientación lo podemos definir como un patrón crónico de demandas afectivas frustradas, que buscan ansiosamente satisfacerse a través de relaciones interpersonales estrechas. Lo marca el temor a la pérdida de la persona amada, búsqueda de proximidad y protestas por la distancia o la falta de cuidados intencionales. Las personas que padecen una dependencia de este tipo son capaces de tolerar eventos graves, como el maltrato emocional, las adicciones, la infidelidad y otros que pondría alejar a cualquier pareja y conducirla a la ruptura.

Sea cual fuere la razón última de la resistencia a separarse, tenemos que entender que esta actitud puede revertirse positivamente si la pareja utiliza su energía, no solo para adaptarse, sino para intentar modificar los factores que hacen ardua la coexistencia.

En caso contrario, ambos son cómplices de una infelicidad que los marcará a lo largo del período en que permanezcan juntos, y que muy probablemente se hará extensiva a quienes los rodean cercanamente.

Si esa pareja acude a una terapia con la expectativa de que sea el psicólogo quien emita una opinión concluyente indicando una separación, confunden terapia con juicio. No es ese el papel de un terapeuta. Y aún cuando algunos se arroguen ese papel la mayor parte de las ocasiones esa intervención es inútil. Las personas no se separan porque otros le digan que eso es lo mejor, sino porque no se soportan mutuamente y ya no ven caminos de salida.

El escalón final se produce cuando ambos caen en la trampa de la ambigüedad, que representa estar sin estar, como espectros de lo que una vez fueron. Si quedan detenidos allí, es momento de tomar decisiones y encontrar la energía para separarse.

Pareja y separación

Pareja y separación

Se puede trabajar arduamente para evitar la caída de una pareja, pero si los esfuerzos son infructuosos, lo más sano es admitir la separación.

“Al llegar la noche, Claudio sintió la soledad de su departamento como un hecho casi físico. Encendió un cigarrillo, lo que ya era mucho, considerando que era el primero después de 16 años de abstinencia. De pronto se le vino a la cabeza el recuerdo del último día, de la última discusión, de la gota que rebasó el vaso y abrió la puerta de la separación; porque como siempre sucede, alguien tenía que tomar la decisión de cortar esa situación que ya tenía alterados a todos”.

“Por un tiempo -se dijeron-, hasta que podamos pensar en lugar de discutir”. Y en ese punto la idea de la separación dejó de ser teoría para convertirse en realidad.

Esta historia tan común, tan dramáticamente repetida, señala un final que nadie desea, puesto que cuando dos personas se unen en pareja esperan que el amor acompañe para siempre ese proyecto; paradójicamente este ideal de amor sostenido se enfrenta a la cotidianeidad, a la secuencia de los días que se repiten idénticos y terminan por convertir en un recuerdo lejano aquella pareja enamorada.

El investigador norteamericano S.Peel afirma que existe una imposibilidad estructural para sostener permanentemente las emociones sobre las que se inició el enamoramiento. Su hipótesis se apoya en que existe un cierto tipo de neurotransmisores responsables de aquello que hemos dado en llamar pasión, y que el paso del tiempo reduce su efecto hasta los valores mínimos. H. Fisher es más radical y estima que esta intensidad no dura más de tres años y que el declive es inevitable. Parece paradojal que las parejas que se unen con alta intensidad pasional en el principio son las que más dificultades tienen en el corto plazo. En realidad es bastante comprensible porque esta intensidad es producto de una droga de acción rápida ( adrenalina + dopamina). Y nos preguntamos sobre quienes serían capaces de sostener en forma continua esta tensión? Tal vez los amantes, pero ello requiere interrupciones, riesgos, clandestinidad.

Sin embargo existen parejas que son capaces de sostener, más allá de la biología, esos estados de unión apasionada por años, mientras otras muy rápidamente se alejan, aunque puedan seguir físicamente juntos.

Comúnmente se considera que las separaciones se producen en matrimonios deteriorados por décadas de malas relaciones.

Por el contrario, las estadísticas muestran que la mayor parte de las rupturas se produce entre los cuatro a seis años de convivencia.

¿Qué es lo que marca la diferencia entre unos y otros? Entre aquellos que son capaces de sostener el amor más allá de las naturales dificultades que plantea la convivencia, con respecto a los que rápidamente se resignan al quiebre del vínculo.

Cierta visión light de la pareja presupone que las cosas se van dando naturalmente a lo largo de la vida en común, basadas en la unión, la buena voluntad y las mejores intenciones; nada más lejos de la realidad, las parejas que evolucionan y maduran es porque aprendieron a detectar y trabajar sobre sus diferencias, sus límites y sus defectos. Su armonía no es el resultado de la casualidad sino del compromiso mutuo.

Para ellos la imagen de la separación es un fantasma lejano, para los otros es una posibilidad de su historia de pareja. Nadie desea este triste epílogo, pero suele suceder, ocurre como el cierre de un proyecto. Se puede luchar por evitarlo, trabajar arduamente para remontar la caída, pero si los esfuerzos han sido infructuosos, lo más sano es admitir la separación protegiéndose y protegiendo a los seres queridos.

La gente pololea, se enamora, se une en pareja: desde allí ambos se proyectan hacia el futuro, imaginando que esa unión será para siempre, sustentada en el amor compartido. Este ideal se ha mantenido vigente, a pesar de que nadie ignora que un porcentaje elevado de estas uniones no logrará llegar más allá de los cuatro o cinco años de matrimonio, punto en el cual se produce el mayor índice de separación matrimonial.

A esas parejas se impone la dura realidad afirmada por el poeta brasileño Vinicius de Moraes, quien dijo que “el amor sólo es eterno mientras dura”. La carencia de amor, de intimidad y de pasión lleva al quiebre, y con él, la vuelta a la singularidad.

Nadie quiere una separación. Se supone que ella es sinónimo de fracaso, de incapacidad o de ineptitud para llevar a cabo un proyecto de vida en común. Por eso, cuando llega, deja como secuela un duelo por la pérdida del proyecto.

La tristeza es la reacción esperable, pero también suele ser acompañada por rabia, rencor y hostilidad. La separación es tolerada de diferente modo por las personas.

Hay quienes la sienten como una oportunidad para reflexionar, para conectarse consigo mismo; un período de cambio y de conciencia sobre todos aquellos factores que incidieron en la ruptura de la pareja.

Hay otros que se hunden en una profunda desesperanza llena de frustración y fracaso, como si hubiesen perdido la única oportunidad de ser felices.

También hay quienes adoptan una veloz carrera hacia la búsqueda de un reemplazo temporario, como si éste fuese el destino natural e inexorable del individuo.

Este último grupo está representado básicamente por varones, los que generalmente adquieren una franquicia sexual, un retorno hacia formas adolescentes de diversión y sexo sin compromiso.

Se los ve recorriendo los lugares nocturnos donde contactan a una compañera circunstancial, sin exigirle demasiado, porque parece que en realidad sólo les importa la disponibilidad femenina.

La capacidad de espera que alguna vez mostraron en el inicio de las relaciones se transforma ahora en urgentes demandas sexuales. Es como si hubiese aparecido un nuevo discurso que dice algo así como: “Si somos adultos, qué vamos a estar esperando, ¿el amor?”.

Las mujeres, por su parte, aunque ahora están menos inhibidas socialmente para lanzarse a este estilo de sexo de fin de semana, por no decir de una noche, en su mayor parte desean algo menos casual, y de hecho se comportan de un modo más selectivo a la hora de elegir acompañantes.

Los canales del hallazgo son diferentes de acuerdo a las expectativas que tiene cada cual; de hecho en los nuevos espacios de conocimiento interpersonal, como los chats tipo Tinder, Happend y correos vía Internet, donde se especifica qué tipo de encuentro se desea: amistad, compromiso o simplemente diversión.

Por lo menos, estas categorías hacen que el interesado sepa qué desea y qué no desea. Sin embargo, las cosas no son tan claras en circunstancias más comunes; de allí que las personas se presentan en estos contactos nuevos con reticencias y defensas, porque no es fácil conocer y darse a conocer ante un extraño, saber qué quiere, cuál es su necesidad y su intención.

Para hombres y mujeres deseosos de reconstruir una oportunidad de erotismo,afecto o amor, cada nuevo encuentro implica un gasto emocional importante, un depósito de ansiedad por el futuro. Por ello, cuando el otro apresura los tiempos, se crea una sensación de presión, de obligatoriedad.

No existe un código social que regule cuándo, cómo y dónde ejecutar las acciones que representan acercamiento e interés compartido. Muchas mujeres hablan de las tres citas:

En la primera, contacto y evaluación, generalmente acompañada de una invitación a comer. En la segunda, tal vez cena y baile, y en la tercera, aproximación física y ojalá sexo.

Esa parece ser la inversión máxima que algunos varones están dispuestos a realizar, y aunque el tipo aparezca agradable y ellas estén interesadas en conocerlos mejor, surgen las indecisiones, porque aun cuando acepten, no hay ninguna garantía de continuidad, y eso puede repetirse hasta el infinito, hasta que cualquiera se harte de esta secuencia repetida.

Las preguntas esenciales a responder son: ¿Qué estoy buscando? y ¿qué estoy dispuesto a arriesgar en esta búsqueda?

La claridad personal tiene la ventaja de permitir ser consecuente consigo mismo y con el otro. Mostrar certidumbre y no una inseguridad ansiosa define el territorio y acota las expectativas.

Nadie debería presentarse como un paquete envuelto para regalo, que agradece la deferencia de ser tomado en cuenta. Muy por el contrario, cada nuevo encuentro debe ser simplemente una oportunidad de comunicación, sin apresuramientos ni presiones.

De allí puede surgir la emoción, el deseo, la ternura y el amor, y si la fortuna veleidosa lo permite, una nueva pareja.

Por Roberto Rosenzvaig

 

 

Peleas de pareja

Peleas de pareja

Problemas de pareja. El último round

Los invito por un momento a situarse como espectadores sentados cómodamente en las butacas de un teatro.

Cuando se descorre el telón, sobre la escena se encuentran dos personas; un hombre, de unos 45 años, y una mujer de 40, ambos sentados frente a frente en sendos sillones. Por su posición y actitudes se ven cansados, con signos evidentes de tensión en su cuerpo y particularmente en sus rostros. no hablan, pero su silencio recuerda el ambiente pesado que precede a las tormentas.

Llevan ocho años juntos y esta es la última confrontación de un ciclo de confrontaciones que ni siquiera recuerdan cómo y cuándo comenzaron. tampoco saben, o quizás sí, pero no lo admiten –porque se avergonzarían de ello– que siempre o casi siempre discuten por las mismas cosas, esgrimen argumentos similares, transitan por los mismos sentimientos amargos: ira, resentimiento, impotencia, miedo.

Si El Dante hubiese conocido este ejemplo de pareja actual, probablemente los hubiese incluido en alguno de los círculos del infierno que tan vívidamente describió, donde los condenados estaban obligados a repetir una y otra vez las acciones que los habían llevado a ese lugar, mientras los diablos asistentes les infringían todo tipo de tormentos.

¿Creen ustedes que exagero? Que la escena no es infernal, dirán, sino una situación por la cual muchas parejas transitan en algún momento de su coexistencia. sin embargo, quisiera argumentar en mi favor que son muchas más las parejas que se quedan pegadas en estas interacciones negativas, que las que salen de ellas rápidamente. la razón por lo que esto ocurre reside en la fijeza de la acción confrontacional.

Con José Antonio y Andrea experimenté lo que significa un conflicto fijado. había tenido con ellos algunas sesiones que se suspendieron porque a él le ofrecieron un trabajo fuera de chile. Dos años después me llamaron para pedirme urgentemente nuevas sesiones. Estaban –según ella– peor que nunca; en realidad, estaban exactamente igual: las mismas frases, las mismas acusaciones, los mismos rencores. nada había cambiado. sólo que estaban mucho más cansados.

Cuando uno comienza a ver a su pareja como a un adversario, se comporta como un luchador y esgrime las armas de que dispone: defensa y ataque, avance y retirada. Para algunos –que se inspiran en las palabras de un gran maestro de ajedrez– no hay mejor defensa que un buen ataque, luego, cuando sobreviene el agotamiento –porque nadie puede mantener por demasiado tiempo esa tensión– los dos se relajan.

¡Qué bien! dirán los espectadores, terminó la tormenta. no obstante, nada terminó; es un round más y la desconexión afectiva posterior puede prolongarse por días; un silencio emocional que demuestra el rencor, aunque se puedan intercambiar comentarios neutros relacionados con los hechos cotidianos. cada uno se ha refugiado en su rincón de tregua esperando inconscientemente el próximo asalto.

La secuencia

Los miembros de esta pareja han establecido una rutina de confrontación que se puede comparar con el efecto que produce una piedra al ser arrojada a un estanque de agua en calma. al principio la reacción del agua es local y si es lo suficientemente estable es absorbida sin dificultad; pero, al repetirse la secuencia el impacto es mayor y la reacción es más amplia y abarcadora. Estos incidentes repetidos están marcando la inseguridad de la relación y la creciente susceptibilidad ante cualquier disparador que inicie una nueva secuencia.

Las confrontaciones reiteradas tienen un efecto desgastador porque se hace progresivamente más difícil acceder a algún tipo de acuerdo central. Esto sucede porque las parejas ya no discuten sobre un tema en particular, sino acerca de cómo discuten y de quién discute, cada debate es una suma de todos los debates tenidos en el pasado.

La clave para reconocer este estado está en darse cuenta de que hay una secuencia emocional repetida con independencia de los temas concretos. Estas emociones como la ira, el rencor, el miedo, la furia, se expresan a través de recriminaciones tales como:

“¡no entiendes!”
“¡no te importa lo que siento!”
“¡no me escuchas!”
En algún momento de esta confrontación se produce un malestar emocional intenso que impulsa al más agotado a la retirada a un refugio defensivo. Es decir, se establece una distancia afectiva con el otro.

A partir de allí cualquier cosa que se diga o haga será vivida como una acusación, un intento de dominio o de descalificación. sin embargo, esta retirada no suele tranquilizar a la otra persona, sino que puede impulsarla a redoblar sus argumentos o acusaciones en forma cada vez más enfática, buscando “hacer entender” o “convencer” de su propio modo de ver la situación, como evidentemente no obtiene respuesta alguna, se siente a su vez agredido, con lo cual se equiparan emocionalmente. ambos se inundan de rencor.

Hay dos razones básicas por las cuales se produce ese distanciamiento. la primera es el sentirse rechazado (no querido); la segunda, sentirse abandonado. Por ello la rabia se transforma en resentimiento. Cuando los motivos originales de los conflictos son distorsionados o negados, se produce un desplazamiento hacia temas que parecen periféricos o menores, pero que adquieren una relevancia insospechada. una toalla abandonada, mojada y solitaria en el piso del baño se transforma en una metáfora del desprecio por los derechos del otro. Pero la base no está evidentemente en la toalla sino en que eso se traduce por:

“Me importa una ‘raja’ tu confort.”
“me carga tu preocupación por el orden.” 
Eso equivale a rechazo. las confrontaciones entonces se sitúan como la punta del iceberg de un conflicto más profundo. En ese sentido las emociones del presente se vinculan con los sentimientos dolorosos del pasado. con todas aquellas situaciones en que alguno se sintió herido.

El psicólogo estadounidense John Gottman ha registrado estas escenas en un laboratorio de comportamiento. a través de grabaciones en vídeo él puede mostrar el punto en el que un enfrenta- miento conyugal se convierte en pura defensividad, hostilidad e insultos. Este estado coincide con la aceleración del pulso; a medida que las pulsaciones aumentan, la capacidad de interactuar con cierta armonía desaparece. Es una correlación directa y llamativa: tan nítida que Gottman les aconseja a las parejas en conflicto que se tomen el pulso en medio de la disputa.

Para ambos sexos, haber pasado las cien pulsaciones es razón suficiente para terminar la escena. una persona cuyo corazón late a una velocidad de cien pulsaciones por minuto, debido a la furia y no a un ejercicio aeróbico, no es capaz de comprender ni de responder inteligentemente a lo que su compañero o compañera está tratando de decirle. En ese nivel sólo se registra ansiedad, angustia, malestar corporal. Podemos llamar a este estado “desbordamiento”. la metáfora es evidente porque cuando algo se desborda se pierden los límites y estos son reemplazados por el descontrol. Tenemos umbrales diferentes que facilitan o inhiben el desbordamiento, algunos toleran sin inmutarse diferentes tipos de confrontación, mientras que otros tienden a reaccionar intempestivamente ante la menor crítica. El punto principal es que a medida que el conflicto se hace crónico el desbordamiento se hace más frecuente, con lo cual se profundiza la sensación de deterioro de la relación.

Y cuando las opciones “racionales” se agotan a veces no queda nada más que el grito, el aullido, el llanto, o la violencia emocional, es decir la expresión de emociones primitivas arraigadas desde la infancia en nuestro cerebro emocional.

El conflicto crónico a su vez enferma a quienes participan de él, porque se produce un estado de estrés sostenido, con efectos tales como ansiedad permanente, depresión, desórdenes alimentarios, trastornos del sueño, perturbación de las relaciones familiares y laborales.

Las personas se enferman con mayor facilidad porque aumenta el nivel de las hormonas responsables de la inhibición del sistema inmune (adrenalina, noradrenalina y acth). las investigaciones señalan que las mujeres son más susceptibles a enfermar que los varones frente a los estados de desbordamiento emocional repetidos.

Yo dije,

yo no lo dije.

Yo no quise decir eso

Tú dijiste


Me dijiste

No escuchas

Estás sorda.

Parece una poesía, pero no lo es, simplemente coloqué algunas expresiones habituales en una secuencia antojadiza que señala el monólogo y la sordera final. Porque no vale la pena seguir allí para sufrir, mejor retirarse, si no a otro espacio físico, por lo menos a un espacio interior no contaminado.

Esto se llama desconexión.

Otras parejas son capaces de debatir más civilizada y “democráticamente” sus desacuerdos, aunque muchas veces se los ve inmersos en un ciclo interminable de enojos y reconciliaciones.

Uno de los más sorprendentes escenarios en la terapia se produce cuando llegan a la consulta personas cuyo único vínculo parece ser el conflicto y el afán de demostrar al otro lo equivocado que está, aunque para ello se haya usado el mismo argumento durante los últimos diez años. continúan los enfrentamientos porque esa acción es su único nexo, sin ella serían extraños y entonces comprenderían que no les queda más que la separación.

Una amiga contaba la siguiente historia:

¿Usted alguna vez deseó matar a su marido?
–matar lo que se dice matar nunca, pero tirarlo por la ventana muchas veces.

Por Roberto Rosenzvaig

 

Triángulo amoroso

Triángulo amoroso

 

 

Si le preguntásemos a un amplio grupo de personas, sin distinción de sexos, por la significación del título de esta nota, inmediatamente pensarían en la infidelidad, porque la idea de triángulo aparece como sinónimo de actividad sexual “ilícita” o por lo menos oculta. Sin embargo no es a esa particular figura a que voy a hacer referencia, sino de otra mucho menos atemorizante, por la que se sustentan las bases de una vida de pareja armónica. La utilización del triángulo como modelo para analizar los principales ejes que hacen a la construcción del vínculo fue idea de Robert Sterberg, un psicólogo norteamericano. Para entender a fondo sus elementos, debemos en primer término dibujar la figura:

Intimidad

                triangulo   

Pasión

Compromiso 

Como todo triángulo que se precie de tal observamos que tiene tres vértices, al primero lo llamaremos intimidad, entendiendo que ella incluye todos aquellos elementos que unen o acercan a la pareja: la comunicación, la confianza, la capacidad de contar con el otro en momentos de necesidad, la generosidad, la tolerancia, el respeto, la valoración del otro, el entendimiento, la recepción y entrega de apoyo emocional.

Al segundo lo llamaremos Compromiso, esta es una actitud individual y/o compartida por la cual ambos miembros de la pareja deciden emplear el máximo de sus esfuerzos para sostener y mantener las condiciones que favorezcan el vínculo y permitan a la pareja vivir las inevitables crisis de toda unión como parte de un proceso de crecimiento mutuo. El compromiso produce inevitablemente pérdidas, porque ambos deben ceder parte de sus expectativas iniciales, para acomodarlas a las necesidades y deseos del otro. Las parejas comprometidas visualizan su unión como su principal prioridad.

El tercero implica la Pasión en cuya base se encuentra el deseo y la satisfacción sexual, pero que no incluye solo estos elementos, sino que además refleja las emociones sexuales y no sexuales, que el otro es capaz de producir.

Una vez que se ven con claridad estos elementos, el segundo paso implica la evaluación de la importancia que cada uno de los miembros de la pareja le da a cada uno de ellos. Dado que es relativamente difícil que todos los factores coincidan puntualmente, lo más probable es que las parejas difieran en la relevancia, y consideren un elemento más importante que otro; para que nuestros lectores aprecien las coincidencias o divergencias, lo que deben hacer es superponer triángulos individuales de este modo:

En un triángulo ideal los factores aparecen equilibrados en la pareja y coinciden.

¿Pero que sucede cuando la figura de distribuye en forma irregular? Es decir, cuando uno siente que tiene mucha intimidad, pero nada de pasión. O solo compromiso sin intimidad ni pasión. O solo una loca pasión.

¿Pueden acaso las parejas sustentarse sobre solo uno de estos aspectos? Las que se basan en la intimidad son como amigos fieles; se aprecian, se entretienen, salen, conversan. Pero a la hora de la cama: solo dormir. Han perdido toda capacidad de romance, pero siguen juntos, aunque su relación es frágil, porque puede deslizarse con facilidad hacia la infidelidad, y hacia la ruptura por carencia de emociones.

Las que se basan en el compromiso solamente, son como cáscaras vacías. Siguen juntos por los hijos, la familia, las relaciones sociales. Este estilo caracteriza a los matrimonios de cierta edad, que organizan su existencia hacia el afuera. Suelen entrar en crisis cuando los hijos crecen y abandonan el hogar, para ellos el “nido vacío” es un escenario de conflicto y de inseguridad.

 

Las que se sostienen sobre la pasión como elemento principal, son como los amantes del cuento, siempre ansiosos de estar con el otro. Su unión erótica es intensa, excluyente. Son celosos y susceptibles, por ello pueden ser muy tormentosos. Tremendas peleas y reconciliaciones similares. Pueden entrar en crisis cuando cualquiera de los dos disminuye la intensidad, y el otro interpreta esto automáticamente como un abandono.

Entre estas polaridades hay una infinidad de distribuciones intermedias, pero lo importante para la continuidad de la pareja resulta de la concordancia entre lo que uno desea, y lo que siente que obtiene. Distancias máximas entre esto llevarán tarde o temprano a un quiebre, distancias mínimas lograrán felicidad y amor perdurable.

 

 

Celos

Celos

No te amo, amo los celos que te tengo
son lo único tuyo que me queda,
los celos y la rabia que te tengo,
hidrófobo de ti me ahogo en vino.

No te amo, amo mis celos, esos celos
son lo único que me queda.
Cuando desaparezca en esos cielos
de odio te ladraré porque no vienes.

Armando Uribe Arce

La mayor parte de las personas reconoce manifestar celos en grados variables, para algunos o algunas están mucho más marcados que para otras, e incluso han perturbado o puesto en riesgo el equilibrio de una relación de pareja pasada o presente.

Los celos representan la más ambivalente y contradictoria de las pasiones humanas, porque simultáneamente expresan posesividad, egoísmo, tensión, intolerancia junto con interés, amor, cuidado, pasión. Los celos son una respuesta a lo que se percibe como una amenaza que se cierne sobre una relación considerada valiosa o sobre su calidad. En los extremos parecen ser fenómenos tan diferentes que parece difícil pensarlos como parte de un mismo dominio, porque ¿donde se establece el nexo entre la locura de la celotipia infundada y la desesperación romántica por el desplazamiento del interés del ser amado sobre otra persona? Hay una cierta relación, por los procesos psicológicos involucrados, pero creo que habría que considerarlos como dos expresiones profundamente distintas, tanto por los pensamientos y las emociones involucradas, como por los efectos que producen. En el primer caso conducen inexorablemente a la destrucción del vínculo, en el segundo a un llamado de atención, de alerta o a la renovación del interés.

La Literatura nos brinda un ejemplo definitivo en el irracional Otelo, que dejándose llevar por las insidias del pérfido Yago termina asesinando a su entrañable amor Desdémona. El delirio que lo lleva al asesinato se llamaría hoy en términos científicos celotipia, situación límite que lleva a un sujeto, varón o mujer, a una cerrada obsesión, que no conoce de remisiones clínicas, y que en su extremo patológico puede conducir al deseo de castigar al otro hasta la muerte. Afortunadamente no todos lo celosos crónicos llegarán a ser homicidas.

Por su lado, el inmortal Puccini mostró como los torturantes celos de Tosca (que le da nombre a su conocida ópera) culminan llevando a la muerte a su amado Mario.

Sin embargo, aquí aparece un sesgo por el género, los celos agresivos, injustificados y violentos se presentan en forma mayoritaria entre los varones como expresión de la masculinidad más arcaica, aquella que se sintetiza en las pulsiones primitivas: comer, matar y fornicar.

En términos generales los hombres son más proclives a ser desconfiados, posesivos y violentos que las mujeres, por ello es que manifiestan más a menudo un comportamiento descontrolado cuando creen o sospechan que su pareja está interesada en otra persona.

 

La novela de los celos.

Esta novela abreva de dos fuentes: la cultural y la personal, porque la sociedad en la que vivimos establece ciertas condiciones en las que “normalmente” se espera una reacción de celos y también traza las líneas de los comportamientos socialmente tolerados dentro de la reacción.

Sin embargo las señales para dudar del otro son completamente subjetivas y se vinculan con la capacidad de confianza, para algunos basta una mirada captada al azar, una conversación interesada, o ser objeto de atención (a veces simplemente cordial) para que se dispare la reacción. En ocasiones ni siquiera se hace necesaria la presencia de otra persona; porque el celoso ata cabos, establece relaciones, compara horarios, controla las relaciones sociales Siempre se lo ve alerta para detectar lo que él o ella imaginan como indudable, esto es, que se lo está engañando; esta presunción opera como un patrón irracional sobre el que no actúan los llamados al sentido común o los argumentos en contra, propios o ajenos. Es sumamente corriente que las personas celosas se arrepientan y juren por lo más sagrado, ¡que nunca más! Volverán a repetir escenas escandalosas o violentas, pero su decisión es tan efímera como su confianza, y lo más probable es que la acción se reitere.

Estas conductas no pertenecen exclusivamente al dominio masculino, hay mujeres que también enceguecen de celos y son capaces de desencadenar virulentas escenas frente a su pareja, cuando creen haber sorprendido al otro en un comportamiento errado.

Los celosos están atrapados en una narración que tiene un final definido y esperado. No persiguen la verdad sino la confirmación de lo que creen saber de antemano.

Los celos están presentes en las interacciones de las parejas con las que convivimos diariamente, en nuestra vida social y en la práctica profesional psicológica.

El origen de la palabra proviene del griego zelos, derivada de zeo, “yo hiervo”. De acuerdo con el diccionario, el término da cuenta de la inquietud y la envidia producida por la relación afectiva de la persona amada con otras personas.

Es un conjunto de reacciones ante una posible amenaza –real o imaginada- a una relación valorada o a su calidad.

Se considera que los celos son sentimientos displacenteros que expresan el temor a la pérdida de la pareja o el desagrado frente a una experiencia real o imaginaria referida a la experiencia emocional que su pareja ha tenido o tenga con una tercera persona. Tales experiencias evocan facetas diferentes de los celos: enojo, rabia, humillación, ansiedad, tristeza, depresión.

Se cree también que los celos constituyen un estado emocional provocado ante la percepción de una amenaza a una relación valorada por el sujeto; tal percepción activa comportamientos para eliminarla. Los celos son denominados sexuales si las relaciones amenazadas también lo son. En esta línea de análisis, sentirse celoso constituye una experiencia episódica, no una aflicción permanente, originada frente a pérdidas posibles y supone determinados modos de reaccionar. (Acciones).

Los sentimientos de celos sexuales incorporan dos ingredientes básicos: a) el temor a la pérdida de un vínculo afectivo sexual de pareja, b) la presencia de una tercera persona (real o imaginaria) que pone en peligro ese vínculo.

¿Atávicos o culturales?

Es interesante pensar si los celos pueden considerarse una conducta atávica propia de la evolución de la especie humana o una reacción emocional culturalmente determinada. ¿Son útiles o deben considerarse una pesada herencia basada en la posesividad y la demanda de exclusividad sexual?

Para entender los celos se requiere comprender los elementos de posesividad, de control y el sentido de propiedad que ellos expresan. Se cela lo que se estima y entiende como propio y se lo protege de la codicia ajena, real o supuesta.

Algunas teorías señalan que los celos son signos de inseguridad, neurosis o indicadores de un carácter débil, sin embargo parece que los hombres y mujeres carentes de celos fueron desplazados en la carrera evolutiva por rivales con una sensibilidad acrecentada y apasionada. En verdad, como dice David Buss, somos todos descendientes de una larga línea de ancestros que poseían esa peligrosa pasión.

Los celos de acuerdo con esta teoría son una adaptación, que en el lenguaje de la psicología evolucionista representa un desarrollo positivo en el recurrente problema de la supervivencia y la reproducción.

El tema dominante para los hombres ancestrales reside en su capacidad para fecundar y tener la certeza de que la descendencia les pertenece, pues en caso contrario su continuidad genética se vería perturbada, en tanto que las mujeres deben asegurar la inversión de su pareja a largo plazo, para sustentar la vida y la crianza de un hijo. Los hombres que desarrollaron mecanismos de sensibilidad frente a la infidelidad sexual adquirieron ventajas sobre aquellos indiferentes. Las mujeres que registraron las posibles desviaciones del compromiso paternal y del sustento de la pareja también sumaron ventajas.

Para ambos la relación es aceptada como valiosa y por consecuencia reaccionarán con un estado emocional específico conocido como celos frente a cualquier intervención externa sentida como amenazadora.

Experienciando los celos

En la experiencia de la emoción de celos hay elementos que la hacen más intensa. En primer lugar la condición y caracterización de la persona que se constituye en una amenaza; no cualquiera tiene la capacidad de generar esta reacción. Cuantos más atributos (reales o fantaseados) se le asignen al rival más riesgo produce, cuanto más intimidad o cercanía se presenta también mayor es la percepción de riesgo.

El celoso tiende a investir al rival de las características propias de las cuales dudan o carecen y de aquellas que envidia.

Aspecto físico, seducción, signos exteriores de éxito y tantos otros atributos que potencian la reacción.

La tensión se produce entre la certidumbre de que hay un ser deseado por la pareja y la percepción de que uno no es ese ser en forma completa. Por eso es que el argumento central que justifica los celos se construye desde una narración propia, que a veces nada tiene que ver con las expectativas reales de la propia pareja.

Se dirá que esto es irracional y antojadizo y que bastaría conocer las necesidades satisfechas e insatisfechas del otro para modificar este guión; sin embargo las ideas y certidumbres del que padece los celos poco tienen que ver con la racionalidad. La historia que construye se siente y piensa como absolutamente cierta.

¿Pero que sucede cuando el o la rival tiene atributos reconocidos como evidentemente inferiores a los estándares físicos, culturales o socioeconómicos? Aquí los celos adquieren un contenido rabioso, al tiempo que la autoestima sufre un duro golpe.

Si se lo piensa no es incongruente, porque uno estaría más dispuesto a entender el interés por alguien que otros admiran, envidan o desean, pero difícilmente cuando el elegido por el ser amado es notablemente inferior a la visión que tenemos de nosotros mismos.

Los celos son extraños, porque no solo se limitan al presente, hay personas que son capaces de experimentar fuertes celos retrospectivos cuando recuerdan hechos, escenas o experiencias del pasado. Esto podría ser entendido a pesar del paso del tiempo y de la falta de actualidad de la experiencia, si acaso la persona hubiese estado involucrada y por ello padecido, sin embargo también ocurre que estos celos se producen en torno a momentos de la vida, en que estas dos personas ni siquiera se conocían. Los celos por las ex parejas son un ejemplo de esta reacción. Una terapia paradigmática que recuerdo da cuenta de este estilo:

Comenzamos las entrevistas con José (41 años), con un motivo específico, la angustia que le producía el pasado de su mujer.

-Yo miro mi pasado y el pasado de mi mujer, no puedo dejar de pensar y mirar, eso es lo que me produce dolor y conflicto.

Ambos, él y su mujer, tenían un pasado complejo en términos de las experiencias por las que habían transitado, pero la diferencia profunda estaba en el tipo de historia. Para ella lo demarcatorio había sido una experiencia traumática de abuso reiterado durante su adolescencia de la cual había salido por sí misma, sin relatarle a nadie y sin pedir ayuda.

Para él, en cambio, el trauma provenía de un escándalo sexual en el que se había visto involucrado con una alumna de la escuela técnica en la que hacía clases.

-Fue el dolor más profundo de mi vida; ella era menor, pero yo la amé. Fui estigmatizado y tuve que cambiar de actividad.

Cuando conoció a su actual mujer su vida emocional empezó a reorganizarse; se relataron ambos su pasado, sus pesares, sus traumas. No se ocultaron nada, ese fue su pacto y también la razón del conflicto, porque José entendió y asimiló la experiencia traumática de su esposa sin sancionarla, tanto como ella lo hizo con la de él. Sin embargo lo que lo obsesionó fue el negativo de su propia historia, porque el primer amor que ella había tenido, su pareja más significativa fue con un hombre casado. Esa relación duró cerca de cuatro años.

Esta revelación instaló en José poderosos celos retrospectivos, la sancionó y condenó.

-Se me cayó al suelo la idealización que sentía por ella.

La sanción moral se proyectó en una mirada obsesiva sobre los comportamientos de su esposa, en una calificación de lo que era adecuado y correcto, y como ella no tenía ninguna intención de aceptar sus controles ello generaba distanciamiento y discusiones.

Más de una vez he escuchado a pacientes quejarse con amargura de una apresurada confesión sobre eventos amorosos pasados, realizada con algo de inconsciencia en el principio de una relación y que después, cuando esta se consolida aparece como un lastre.

No pretendo producir un debate –poco útil por lo demás- sobre lo que debe y no debe ser dicho sobre la propia vida a un otro, el que podría juzgar con sus propios criterios morales lo revelado; eso sería caer en un facilismo utilitario del tipo: ¡Cuidado, todo lo que digas puede ser usado en tu contra! Ni tampoco afirmar rígidamente: Di la verdad, nada más que la verdad y solamente la verdad.

Lo que deseo dejar en claro es que la mente individual, en conexión con sus experiencias, acomoda en forma especial cualquier contenido y le otorga sentidos diferentes. Cuando se cuente un hecho del pasado, hay que tener en cuenta que lo que parece algo superado para uno, puede generar en el otro un torrente de emociones. Hay ciertas áreas especialmente sensibles, entre ellas están las experiencias sexuales. Por lo demás, el pasado nunca se entierra, ni nada se olvida en forma absoluta, permanece en algún lugar, y puede ser actualizado. Esto es especialmente cierto en el caso de los celosos, capaces de imaginar múltiples escenas de las que solo tienen elementos sueltos, pero que pueden combinar en historias que con el paso del tiempo se hacen cada vez más consistentes.

Las fantasías negativas, como las que obsesionaban a Iván, pueden destruir lentamente un buen encuentro amoroso. El y su pareja consultaron después de tres años de matrimonio. El problema radicaba en que paulatinamente Iván se estaba enredando en comparaciones constantes entre él mismo y el ex marido de Carolina.

Aunque ella le bajara el perfil a la historia: porque como decía “no es que mi ex haya sido tan especial, por el contrario era más bien fome”, Iván insistía.

El punto de conflicto llegó cuando en plena relación sexual, el comenzó a pasarse “rollos” acerca de los recuerdos de Carolina con su ex marido, lo que le producía desconexión y ansiedad.

El perro del hortelano.

La leyenda de esta narración, por todos conocida, se centra en aquellos que no comen ni dejan comer. En este caso lo que predomina es el rencor; es probable que todos los signos presentes en esa pareja los muestre distantes, desafectivizados, sin vida sexual; sin embargo uno de los dos se obsesiona en controlar las acciones del otro, particularmente aquellas que demuestran interés por otra persona.

“Si yo no soy feliz, tu tampoco lo serás”

El ejemplo más acabado de este estilo, donde se combinan la obsesión, los celos retrospectivos y el resentimiento, lo brindaba una paciente de 31 años, casada hacía ocho.

Cuando consultaron en pareja, Valeska definió su relación como fraternal.

-Entre nosotros no pasa nada atractivo. Tenemos relaciones de tanto en tanto como por hábito.

Valeska aparecía como una mujer dominante y terca, las decisiones familiares relevantes pasaban por ella. Siempre había actuado de esa manera, inclusive con su familia de origen donde nada se hacía sin su aprobación explícita.

Para Paulo no había opciones:

-O acato lo que dice o la enfrento, pero no puedo hacerlo, así que me callo y me meto para adentro.

Que mejor definición para entender lo que representa una posición pasivo agresiva, la rabia contenida y el resentimiento también marcaban las emociones de Paulo, lo que se reflejaba en su mayor distanciamiento afectivo.

En la vida de esta pareja existió una experiencia que marcó un antes y un después en la relación. La despedida de soltero de Paulo, en la que supuestamente él había mantenido relaciones sexuales con una “bailarina erótica”. Nunca se supo como ella accedió a esta información supuestamente verdadera que por supuesto él negó siempre.

Según Valeska “algo se quebró”:-Perdí tolerancia y amor por la falta de lealtad.

Los reproches por esa traición se hicieron una constante en la vida de ambos, ella parecía alerta y preparada para detectar señales; cada vez que ambos concurrían a un evento social se generaba una escena conflictiva por la atención que-según ella- el brindaba a otras mujeres.

Ante situaciones tan cerradas, surge la pregunta: ¿Por qué continúan en esa relación tan dañina para los dos? La lógica del sentido común no ofrece respuestas, la explicación de un lazo que persiste para cobrar una ofensa que nunca será saldada se inscribe en la dinámica de un resentimiento inagotable. Cada vez que Paulo intentaba salir de la relación, ella lo acusaba por su falta de compromiso, por su ausencia de amor. La culpa y la pasividad lo paralizaban y el ciclo se reiniciaba.

Ráfaga de celos

Tiene tres elementos es una reacción inusual e inhabitual, es extrema, implica una pérdida de control y deja una sensación de ataque de locura transitoria.

Se puede entender desde el punto de vista neurofisiológico, como una información que pasa directamente desde el tálamo a los centros cerebrales responsables de la expresión emocional sin ningún tipo de censura racional.

Es una respuesta directa, automática y visceral, que lleva a la actuación explosiva y a fenómenos expresivos, como el llanto, los gritos, los insultos y hasta gestos brutales.

-Yo he tratado casi todo para adquirir algo de control sobre la forma que reacciono, pero nada resulta, no creo que pueda vivir mucho más con este dolor.

Una mujer recientemente separada, se enteró de que su marido había comenzado a salir con su mejor amiga, a partir de este momento comenzó a tener fantasías intermitentes en las que se veía armada de un enorme martillo con el destrozaba todos los enseres, muebles y vidrios del departamento de su amiga.

Aunque para la mayor parte de nosotros estas emociones negativas de dolor y angustia no atraviesan los límites hacia las acciones violentas.

Pero cualquiera que haya experimentado celos intensos está bien consciente de su tremendo poder destructivo.

Reacciones emocionales frente a la exclusión: Frecuentemente las personas responden con resentimiento, rabia, hostilidad, frialdad, aislamiento, susceptibilidad, pero sin embargo el sentimiento predominante responde al hecho de haber sido dejados de lado, excluidos, apartados de un centro de atención afectiva. Prevalece la tristeza sobre las reacciones hostiles.

Celos románticos

La palabra “romántico”, evoca de inmediato al amor apasionado, pero en la misma base de este amor se encuentra su perdición, porque se lo siente eterno e inmutable. Todo cambio al ideal original se visualiza como pérdida

El amor apasionado es fusional, único e irrepetible. Mítico.

La realidad de las relaciones, la vida cotidiana con sus múltiples desafíos implica espacios de acción diferenciados para los participantes de la pareja. En esos espacios están los otros y otras que pueden constituirse en una amenaza potencial. Aquí se anidan los celos.

Muchos describen estos celos como extremadamente dolorosos, un sentimiento loco. Alimentados por la ansiedad de la pérdida de la situación amorosa idealizada.

El amante romántico necesita creer que es único e irremplazable. Sin embargo la dolorosa realidad es que todos somos de algún modo reemplazables, porque fuimos educados en una cultura donde se juegan roles más o menos definidos. Roles que deben saber ser jugados de acuerdo a las reglas y expectativas.

Rol de novia, amante, esposa, madre, amiga. Si en el camino de la pareja alguno de los dos comienza a desistir de su rol, puede aparecer un suplente deseoso de continuar la tarea.

La imagen de ese suplente lleno de atributos de los cuales uno repentinamente carece es el más horrible fantasma de los celos románticos.

En la vida actual de las parejas tanto los celos excesivos como la ausencia de los mismos son situaciones de riesgo. En una pareja, que recuerdo claramente a pesar del paso de los años, el conflicto surgió cuando la esposa descubrió las numerosas infidelidades que el había producido en el último año. Sin buscar excusas por lo que había sucedido, el relataba que en el principio solo había practicado juegos de seducción, muchas veces en presencia de su esposa, con la secreta esperanza de que ella les pusiese límite.

Su ausencia completa de celos fue traducido por el como un evidente desinterés en lo que hacía o como un permiso tácito para seguir adelante.

Los celos nos sirven para mantener a distancia a posibles rivales a través de señales verbales, visuales o gestuales. Nos lleva a prestar atención hacia las actitudes que tiene nuestra pareja con otras personas, pero también es un mensaje que representa interés, compromiso y advertencia ante actitudes de debilidad o excesivo despliegue seductor ante otros. No siempre son rechazados, sino que producen cierto placer secreto porque nos reafirman en el amor que la otra persona siente por nosotros.

En este sentido los celos sirven para mantener la pasión.

Unos días atrás escuche que un amigo decía –Yo no soy celoso, pero si alguien se acerca a él con intenciones seductoras, me pongo a su lado y le planto un beso en la boca ¡Ese es mi territorio y no lo comparto!-

Los celos son y han sido parte de nuestra sabiduría emocional, el desafío, como para casi todo el conjunto de las respuestas emocionales reside en la modulación de las mismas.

Son extremadamente frecuentes: diferentes investigaciones concuerdan en que el 40% de los sujetos afirma haber experimentado celos injustificados en algún momento de su vida, y el 46% los vieron como inevitables cuando una persona ama de verdad a otra. Sólo un 30% se declaró inmune a los celos.

Cada pareja construye el vínculo que los une desde sus propias experiencias y sus específicas características personales, pero además desde los códigos que les demuestran la calidad del contacto, esas conexiones profundas establecen el carácter de los celos que ellos experimentan.

En el curso de una terapia suelo proponerles a los pacientes que piensen en aquella primera vez en que conocieron a su actual pareja y les pido que traten de recordar de la mejor manera que puedan las cosas que sintieron:

¿Qué es lo que más los atrajo? ¿Qué los llevó a pensar que esa persona, a diferencia de otras, podría ser su pareja? ¿Qué es lo más importante que esa pareja trajo a su vida? Seguridad, pasión, atención, respeto. Tal vez ser adorada y deseada, o quizás interrumpió un ciclo de dolorosa soledad.

Después les pido que vuelvan al presente y consideren el componente primario de sus celos, los pensamientos y sentimientos más dolorosos asociados con sus celos o los de su pareja. Les pregunto entonces si son acaso esos pensamientos y sentimientos los que los hacen sentir el miedo a ser abandonados, o acaso humillados y afectados en su autoestima.

Piensen entonces –les sugiero- si puede haber alguna conexión entre las cosas que la relación les otorgó inicialmente y los componentes primarios de sus celos.

¿Por qué es tan importante esa conexión entre el pasado y el presente para entender y trabajar el núcleo de los celos? Claramente porque los celos crecen como el negativo del amor, su lado B, y esto sucede cuando los sentimientos iniciales se debilitan y de alguna manera alguien se siente defraudado.

De la confianza al control.

Todos o casi todos ejercemos algún tipo de acción posesiva sobre nuestras parejas, algún tipo de control sobre sus acciones, sin embargo el conflicto se establece cuando el control y la posesividad apuntan a anular la vida independiente de la otra persona. De la confianza inicial, donde la independencia no ataca al vínculo sino que lo fortalece, se pasa a la vigilancia de las acciones de la otra persona.

Esta es una situación clásica que se presenta en esas parejas donde las relaciones jerárquicas son la norma de convivencia. La historia es repetida: un hombre dominante, generalmente exitoso en lo económico, junto a una mujer que voluntariamente eligió ser la base de apoyo logística de ese progreso unilateral. Todo funciona en forma aparentemente armónica, hasta que un día a esa mujer se le ocurre que está un poco aburrida de las rutinas familiares y que desea un poco de aire fresco. El marido, magnánimamente, apoya el desarrollo personal de su querida esposa, con una condición interna no revelada. Todo es posible siempre y cuando no afecte ese sistema consolidado con los años. Si ella se entusiasma demasiado y comienza a percibir escenarios y posibilidades personales antes ignoradas, lo más probable es que el disgusto primero y la sospecha después, lleven al amable caballero a convertirse en un desagradable vigilante de las acciones de su esposa. Estos celos no son sexuales, sino que se refieren a un mundo externo que se transforma en un enemigo activo del sistema anterior.

Otra situación clásica que afecta a las mujeres, sucede cuando por diferentes razones se ve afectada la continuidad placentera de las relaciones sexuales. El deseo se ausenta y la intimidad se resiente. Sin duda que este es un problema compartido, pero en lugar de mirar hacia el interior de la relación y encontrar allí las razones del distanciamiento, muchas personas se vuelven suspicaces, crece la desconfianza y se autoconvencen de que “alguien” está produciendo el desplazamiento del interés.

 Manejando los celos

Los celosos creen que sus celos protegen el amor. Pero como habría de protegerlo si lo desconocen. El amor que el celoso protege esta en su imaginación y es frágil e inconexo. Si el celoso duda, restringe su fe y en lugar de hacer crecer el vínculo paradojalmente lo corroe. Creemos en su buena fe y en sus intenciones, pero lo que verdaderamente desconoce es la fuente de su inseguridad. No se fortalece un vínculo atacándolo sino aumentando sus bases de sustentación. Si los celos representan un reconocimiento de la debilitación de la pareja, representan asimismo una oportunidad de cambio.

¿Cómo diferenciar los celos patológicos de aquellos que perturban la vida de las personas, pero son finalmente manejables?

Esta diferencia puede ser aclarada respondiendo algunas preguntas:

¿Son los celos un síntoma de un trastorno psicológico de base, por ejemplo un trastorno obsesivo compulsivo?

¿Son las creencias acerca de los posibles rivales amorosos o de la infidelidad de la pareja obviamente infundadas, irracionales o claramente diferentes de los acuerdos sociales vigentes a cerca de las posibilidades y libertades de cada uno?

¿Son las respuestas celosas fácilmente gatilladas por circunstancias menores, demasiado intensas o se producen a vista y presencia de cualquiera?

¿Son los celos un generador de deseos sexuales intensos o adrenalínicos?

¿Producen estos celos una reacción de intenso sufrimiento personal?

¿Perturban la vida cotidiana?

¿Estos accesos de celos conducen con facilidad a actitudes o gestos de descalificación o violencia?

Cuántas más preguntas sean respondidas afirmativamente, más se acercan estas personas a los celos patológicos.

En ellos y ellas el descontrol se sitúa como rasgo principal, pierden la cabeza, se obnubilan, parecen poseídos por una especie de espíritu maligno que los lleva rápidamente a olvidar los argumentos y pasar a la acción. Son capaces de arrojar, romper, desgarrar o quemar objetos, ropa, o propiedades apreciadas por el o la otra. Empujan, zamarrean, gritan. Son como un oleaje intermitente que de pronto se detiene para seguir con más intensidad. En el límite pueden herir seriamente a la otra persona, la mayor parte de los femicidios son ejecutados por hombres que habían protagonizado con anterioridad escenas de este tipo.

Afortunadamente la mayor parte de las celosas y celosos extremos no llegan a este punto y son o pueden ser beneficiados a través de la ayuda profesional.

Estrategias de cambio.

Hay dos tipos de celosos: los que los que miran las imperfecciones de la relación o de sí mismo, y encuentran allí las razones que justifican la atracción que la pareja puede tener por otros, y los que declaran una absoluta incomprensión por las razones que inclinan a la pareja hacia otros. El primer grupo parece más apto para promover cambios que modifiquen su percepción y su desconfianza, en los segundos su narcisismo actúa como una barrera que les impide entender como es posible esa situación.

Existen diferentes tipo de acciones para trabajar los celos, las primeras son de tipo general y buscan modificaciones en el sujeto o en el vínculo, para que a través de ellas mejore la calidad de la relación de pareja.

  • Reconocer el peso que los conflictos con la propia autoestima pudieran tener en la posesividad y el control que el celoso ejerce sobre la otra persona.
  • Reconocer las dinámicas y los guiones involucrados en la aparición de la escena de celos.
  • Mejoramiento de la relación primaria. El celoso, por regla general, ve negativamente o negativiza el contexto de la relación de pareja, expresa insatisfacción, se siente poco atendido, valorado o deseado.

Si se conduce a esta persona a realizar actividades valoradas por la pareja, a ser más atractiva/o físicamente, a disfrutar de actividades en conjunto. Es decir a aumentar la sensación de interés creciente por parte de su pareja, correlativamente disminuyen las tensiones negativas.

El objetivo reside en reforzar los atractivos de la relación primaria para que a través de ellos disminuya el fantasma de la opción externa.

  • Favorecer el diálogo sobre aquellas circunstancias que producen conflicto o tensiones.
  • Aumentar el compromiso y favorecer la intimidad.

 A través del reconocimiento los signos de los celos románticos, dándose cuenta de que sentimientos son adecuados e inadecuados, y a través de la reexaminación de las raíces de nuestros sentimientos, es posible aprender a controlar las manifestaciones y los padecimientos de los celos.

Un segundo tipo de intervenciones terapéuticas se realiza cuando las manifestaciones de celos se escapan de un razonable control. En este caso diseñamos un programa específico por pasos.

El objetivo del tratamiento consistirá en que el paciente sea consciente de la irracionalidad de sus pensamientos, a la vez que aprende estrategias para eliminarlos y controlar las emociones y su comportamiento.

En la base se busca que la persona deje de esgrimir justificaciones y excusas para legitimizar sus celos.

Se trabaja sobre los rituales de control.

Sobre la ansiedad suscitada por las fantasías de pérdida de la relación o el engaño.

Sobre el control de la agresividad.

Para terminar el artículo dejo algunas sugerencias:

Secretos para vivir o modificar a un celoso(a)

1° Los celos son comunes; no los considere siempre una
enfermedad.
2° Dígale que no hay nada malo en admirar a otros.
3° No tome en serio sus escenas, recriminaciones o
acusaciones.
4° Demuéstrele que los celos sólo los distancian y
dañan.
5° Los celos son irracionales; no pierda tiempo
tratando que entienda razones.
6° Enséñele que los celos son signo de inseguridad y
no amor.
7° Hágale ver que los celos son una obsesión.
8° Frente a una escena, no dé explicaciones.
9° Nunca crea en su arrepentimiento.
10° Si su pareja nunca ha sentido celos, preocúpese…
quizás está más interesado en sí mismo que en la
relación.

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