Tratamiento de las adicciones sexuales

Modelo de cambio

Creo que el adicto sexual tiene camino de salida cuando es capaz de reconocer que sus compulsiones son incompatibles con su desarrollo personal y puede formular un proyecto para sí mismo, congruente y constante. El desafío es que logre integrar sus comportamientos disociados, principalmente aquellos aspectos que le han llevado a repetir la acción a pesar de sus culpas y promesas.

El trabajo con adictos está lleno de frustraciones, porque sabemos que una parte significativa de los consultantes abandonará el tratamiento. Sin embargo buscamos todos los recursos para ayudarlos, no solo con el objetivo final de que se permitan liberarse de su adicción, sino también para minimizar los daños que esta le produce. Todas las historias que figuran en este libro dan cuenta del difícil proceso de cambio, con el que algunos se comprometen, mientras que otros solo buscan ganar tiempo y reducir la presión. Discriminar entre ambos es un conocimiento que llega con la experiencia y los errores.

En mi marco de trabajo destaco a la espiritualidad como relevante en la sanación. La espiritualidad –como yo la entiendo-no es una abstracción, sino que se revela y ejerce en actos espirituales, aquellos que conducen ser mejor persona, y parece claro que los comportamientos que sostienen la adicción los distancian de esa perspectiva.

El modelo para el cambio que uso en la actualidad está basado en seis etapas, que suponen un proceso continuo donde las personas comienzan a modificar sus comportamientos adictivos y se revelan capaces de sostener los cambios.

Estas etapas son: pre reflexividad, reflexividad, determinación de la acción, recaída y mantenimiento. [1]

Entiendo la reflexividad como la capacidad de un sujeto de tomarse a sí mismo como objeto de conciencia, y de modificar sus comportamientos de acuerdo a las nuevas decisiones adoptadas. Creo que este principio es la clave de cualquier modificación profunda del comportamiento. Sócrates fue radical cuando afirmó “La vida sin reflexión es una vida que no merece ser vivida”.

El modelo no contempla una corriente continua de cambio sin interferencias, por el contrario, las personas en tratamiento pueden experimentar una repetición cíclica de estos estadios antes de establecer una transformación duradera.

Dentro de este ciclo se contempla la recaída como un suceso normal en el proceso de cambio, esta comprensión libre de negatividad, apunta a sostener la motivación del paciente, para que pueda moverse lentamente de etapa en etapa y no sienta como catastrófica ni inevitable la recaída.

Si se compara este abordaje con algunos métodos mas tradicionales que enfatizan la educación del paciente a través de indicaciones directivas como “haz esto ahora” “no hagas nunca esto otro” “no lo hagas todavía”, se verá que aquí se centra más en el reconocimiento de la ambivalencia explícita con el cambio y en el desarrollo del reconocimiento de los límites y las debilidades cognitivas y emocionales.

La ambivalencia entre el deseo de sanación y la búsqueda de satisfacción inmediata, desafía la motivación y la persistencia del cambio, y si este se logra surgirá desde la transformación interior del sujeto, pero no de las imposiciones externas

El primer objetivo entonces, es mover al paciente a un estado más reflexivo sobre sí mismo, sobre su situación y sobre el peso de sus acciones hacia otros. Hacer crecer sus dudas sobre la legitimidad y el sentido de sus actos, sobre el riesgo y los problemas de sus comportamientos sexuales.

En otras palabras, en estos primeros momentos, la terapia se focaliza en aumentar la contradicción presente en sus conductas sexuales compulsivas, como un balance de costo-beneficio, de ganancias y de pérdidas.

Un error en el tratamiento de cualquier adicto, es presuponer que está dispuesto a considerar las abiertas contradicciones entre sus aspiraciones, ideales y concepciones morales con respecto a sus prácticas sexuales. Por el contrario el usará la disociación y la negación como estrategia para sostener sus comportamientos ligados al placer sexual. El riesgo de estas personas está en su mundo interno, porque se alimenta de sus propias fantasías y recuerdos, y cuando expresan el deseo de abandonar el comportamiento adictivo, creen el poder de la voluntad, pero esta fracasa porque es una alternativa de corto plazo, una promesa enunciada más hacia el mundo externo que a su propio ser.

Una estrategia terapéutica solo es efectiva cuando conduce al paciente a comprender y validar sus razones internas para el cambio, de este modo estará capacitado para elegir y comprometerse.

Cada entrevista es una unidad y se trabaja como tal, con una síntesis de la reunión precedente (realizada por el paciente) y se termina con una conclusión del terapeuta que se incorpora al diario de la terapia. Esta dinámica brinda confianza y seguridad, porque se ubica en una trama estructurada e impide las maniobras distractivas o defensivas. Establece además la percepción de los cambios, no como hechos aislados, sino en una continuidad.

El paciente aprende a diferenciar las voces internas que por un lado expresan su deseo de cambiar, opuestas a aquellas que incitan su deseo. Estas últimas representan su lado B, la voz que no debe aceptar, sino por el contrario confrontar.

Aquí el paciente puede discutir abiertamente su ambivalencia hacia el cambio con el terapeuta, deja de comportarse como si el problema se hubiese extinguido o en vías de extinción, para comprender la profundidad del conflicto y lo arduo del proceso, porque en este momento de la terapia no se busca la interrupción de una determinada conducta –que puede parecer válida en este momento- sino el fortalecimiento de su tolerancia ante la inevitable presencia del deseo de repetir los comportamientos de búsqueda y la posible y frecuente materialización en la recaída. Esta no debe, ni puede ser el final de su intento de recuperación, sino una señal de su debilidad frente a la tiranía del deseo, pero también una oportunidad para reforzar su motivación e impulsarlo hacia una acción más cuidadosa.

Para ello debe hacerse cargo de sí mismo y de sus emociones.

Esta es la puerta de entrada para comprender los determinantes de la acción, el vínculo entre las emociones y los comportamientos. Si el adicto sexual desdeña las emociones, aún cuando su discurso pueda valorarlas, es porque los actos en los que se involucra son distantes y despersonalizados. Esta posición narcisista lo lleva a consumir relaciones sexuales con una estrategia de satisfacción inmediata, que lenta, pero continuamente disminuye. Este es su verdadero conflicto, el espejismo de una satisfacción que se convierte en cada vez más lejana. En ese espacio, y no en otro, se genera la culpa y la angustia.

Hace más de dos años tuve la oportunidad de ver una película impactante: Shame (vergüenza), que es la historia de un adicto sexual. Lo relevante del film, además de sus valores estéticos o actorales, es el guión, que muestra con fidelidad la disociación absoluta entre el sexo y el amor hacia otra persona. El protagonista refleja en sus actos y su discurso aquellos hechos que he venido planteando hasta aquí.

Se muestra como la adicción tiene un impacto profundo sobre la vida emocional de la persona que la padece. Los sentimientos están puestos “en sordina”, es decir encubiertos o disminuidos. El adicto se distancia de las relaciones intimas y de las personas que dice amar, su vida no está dirigida por la empatía o la consideración, sino por su búsqueda de satisfacción auto centrada, que produce un deterioro inevitable en sus relaciones amorosas. Esto esta ligado a una ausencia de cuidado por sí mismo, porque tampoco puede cuidarse de participar de relaciones que lo dañan y dañan los vínculos.

Siempre he creído que a la base de la conducta compulsiva existe una aceptación, una cierta forma de elección porque los sujetos se convierten en adictos al estado emocional que se produce.

La contraposición de discursos coloca al adicto frente a posiciones incongruentes, porque si alguien dice que jamás dañaría a su esposa o a su familia y simultáneamente lleva a cabo acciones sexuales que efectivamente ponen en riesgo la salud física y psicológica de su pareja, es evidente la paradoja, pero lamentablemente parece que los adictos no escuchan su propio discurso o manifiestan un pensamiento distorsionado.

Trabajar sobre la conciencia de las emociones propias es necesario para cualquiera de nosotros, pero fundamental para aquellos que las ignoran o minimizan. El modo en que lo hago con los pacientes es indirecto, en principio a través de las sensaciones corporales, para luego vincularlas con los sentimientos.

Los adictos se mueven ondulantemente sobre grados cambiantes de ansiedad expresados en tensión muscular, hiperactividad, bloqueos en la fluidez del pensamiento, alteración de la respiración. Sin embargo no comprenden que su cuerpo está expresando sus conflictos emocionales y que los signos representan sus defensas contra los afectos. Por eso es que los incito a vincular permanentemente sus señales corporales con las emociones subyacentes, pero para que les sirva este debe ser un trabajo constante y concentrado

Las emociones suceden, eso es inevitable, pero no siempre ocurren en la conciencia. La primera acción para acceder a ellas será la de motivar el esfuerzo del paciente para desarrollar la capacidad de reconocimiento de lo que se esta sintiendo y cuándo.

Un ejercicio útil para saber más acerca de nosotros mismos es practicar aquello que en el budismo se llama conciencia acrecentada.

La idea es la de ampliar el foco de atención, salir de esquemas fijos para adoptar una actitud más perceptiva del mundo que nos rodea, principalmente de las interacciones en las que nos vemos involucrados y de nuestras respuestas frente a ellas. Muchas veces actuamos con piloto automático sin percibir qué nos pasa, hasta que sorpresivamente algo nos irrita, nos molesta, nos duele; es como si esas emociones hubiesen aparecido de la nada, pero, por el contrario, ellas tienen un soporte concreto en las acciones que llevamos a cabo y de las que no somos conscientes.

Si entendemos que estamos viviendo de acuerdo a pautas que la cultura en que vivimos ha establecido para que las cumplamos, comprenderemos que estas se apoyan en monólogos internos que se imponen sin autocensura. Ese es nuestro guión básico al que difícilmente cuestionamos porque opera –en términos informáticos–por defecto (by default).

Salir de ese estado de conciencia restringida es como abrir un camino de luz, pero ello representa un desafío porque los defaults son las formas más seguras de actuar de un sistema para eliminar los riesgos.

La conciencia ampliada surge cuando se advierten los monólogos internos repetidos que ocupan la concentración. En términos psicológicos significa abandonar las prácticas “por defecto” para pasar a las conductas elegidas conscientemente.

La capacidad de responsabilizarnos por los actos que ejecutamos nos lleva al crecimiento, aún cuando esos actos sean vistos como negativos.

Se estructura entonces un plan donde el paciente señalará que pensamientos o comportamientos sexuales ya no son más aceptables y aquellos otros que representan un riesgo para su persona o su salud. Los objetivos deben ser realistas, objetivos y mensurables, en el sentido de que deben poder ser evaluados y registrados para poder seguir su evolución. Deben ir de menor a mayor, porque la supresión total de los comportamientos sexuales que lo han traído a terapia es una utopía en el corto plazo. El paciente debe definir su propia línea de base, es decir aquellas ideas, comportamientos o vínculos que deben ser voluntaria y conscientemente descartados cuando aparezcan en forma espontánea, porque son los gatillos que conducen a la acción y a la pérdida de control.

Los límites de lo que se considerarán pensamientos y comportamientos aceptados o rechazados, deben ser flexibles en un principio e irse aproximando de menor a mayor.

Si el paciente resuelve y declara que no buscará ni mirará pornografía, ni se masturbará nunca más, ni mantendrá relaciones sexuales con otra persona más que con su pareja o esposa, excluyendo de su vida toda “tentación” sabemos que las probabilidades se ponen en su contra y en contra de la continuidad de la terapia, porque es poco posible modificar de un plumazo un modo de actuar que se ha desarrollado por años. Aquí se podría aplicar la conocida frase de Oscar Wilde: “Puedo resistirlo todo menos la tentación”.

Los cambios se producen a semejanza de una piedra que es lanzada en un estanque de agua en calma, al principio son mínimos, pero a medida que las ondas se expanden adquieren un volumen considerable.

El plan también debe considerar que actividades alternativas el paciente puede desarrollar para fortalecer su camino de cambio.

Ejercicio, lecturas, oración, honestidad con los otros, meditación, yoga, son utilizados en esta terapia de acuerdo a la sensibilidad e inclinación de cada persona porque la condición principal para cualquier cambio está en la conciencia de que somos capaces de elegir.

Por Roberto Rosenzvaig

 

[1] J.O Prochaska., & C.C DiClemente. Transtheoretical therapy: Toward a more integrative model of change. Psychotherapy: Theory, Research, and Practice,