Tener un@ amante

 

“Se repetía: “¡Tengo un amante!, ¡un amante!”, deleitándose en esta idea, como si sintiese renacer en ella otra pubertad. Iba, pues, a poseer por fin esos goces del amor, esa fiebre de felicidad que tanto había ansiado“.
Madame Bovary, Flaubert

 

Tener una aventura no es lo mismo que tener un o ser un amante. Dejemos de lado las fantasías de que todas las aventuras se convierten en relaciones, por el contrario creo que la mayor parte de ellas duran un breve espacio de tiempo y se disuelven como el azúcar.

La cita con que comienzo este artículo pertenece a Gustave Flaubert, escritor francés del siglo XIX, que afirmó “Je suismmeBovary” (yo soy la señora Bovary). Su visión patriarcal decimonónica le permitía creer que la realización erótica es incompatible con el matrimonio o la pareja estable y que las mujeres solo encuentran los “goces” a través del amante. No vayan a creer ustedes que era un librepensador, por el contrario, porque a la pobre protagonista le suceden las desventuras y decepciones, en una aparente y justa(?) sanción por sus faltas que el mismo autor creo, pero que no perdona.

Voy a aclarar que el tema central entonces es acerca de las relaciones que suponen una cierta continuidad y que coexisten con otra relación oficial socialmente visible.

Hace mucho tiempo que trabajo en este campo y creo haber escuchado tantos relatos sobre la vida sexual de las personas que difícilmente encuentre algo que me sorprenda o asombre. En términos generales parece que “casi” todos y todas hacemos más o menos las mismas cosas, es como si por vía genética se nos hubiese transmitido una cierta información y ciertas formas de actuación. Sin embargo esto no es verdadero, no existe tal programación, y es una pena, porque ello nos facilitaría enormemente nuestras experiencias sexuales. Nadie crece con ese bagaje de información incorporado y las habilidades, destrezas, inhibiciones, trabas, restricciones, permisos… entre otras múltiples características que componen los comportamientos sexuales dependen de cada sujeto y de las experiencias que haya vivido. De allí que lo simple se vuelve complejo.

Como todo comportamiento humano la sexualidad o mejor dicho las relaciones sexuales dependen de un aprendizaje. Apoyado sobre el hecho de que los seres humanos somos entes indisolublemente ligados al placer y a las recompensas y que todo nuestro sistema nervioso central funciona en busca de aquellos estímulos que satisfacen necesidades, con la particular característica de que estas necesidades pueden ser flexibles y cambiantes.

Aquí llegamos a un tema central de debate: Serán estas necesidades insatisfechas las que llevan a la búsqueda de otra persona capaz de satisfacerlas?

Si seguimos esta idea la pregunta adicional obvia reside en que tipo de necesidades se trata. Si estas son principalmente sexuales o además incluyen un vínculo afectivo que puede ir creciendo en la continuidad. Para responder adecuadamente al interrogante hace falta diferenciar entre quienes nunca han tenido la idea de sostener una pareja única y que por lo tanto pueden pasar de una relación a otra sin contradicciones ni culpas, donde engañan a esposas, esposos o amantes con la misma fluidez.

De los que compensan una débil relación –de la que no quieren separarse- con otra externa que de este modo actúa como sostén de la primera.

De quienes anhelan que esta pareja paralela sea al final la permanente.

Tener o ser una amante nos lleva inevitablemente al tema de la fidelidad, situación de la que quedan excluidas aquellas o aquellos que tienen parejas que aceptan consciente o inconscientemente -por diferentes razones- este escenario.

Pero como la situación anterior no es la más frecuente en nuestro país, tener un amante implica una vida paralela que se traduce en ocultamiento, engaño, evitación y disociación.

Se me ocurre que es difícil amar o respetar a alguien y engañarlo sistemáticamente y es más difícil aún creer que esa relación no se verá afectada por un deterioro progresivo.

El riesgo básico que tienen los amantes es la contradicción, porque si cada vez te sientes más atraído por alguien, más comprendido y deseas estar con esa persona cada vez más, pero tus temores o culpas te impiden seguir adelante, serás un perdedor o perdedora inevitablemente.

A veces en la vida nos sentimos en una encrucijada en la que se abren dos caminos, podemos elegir uno u otro, lo que no podemos es transitar ambos simultáneamente porque llegará un momento en que apuntarán en direcciones diferentes.

 

Por Roberto Rosenzvaig