Sexualidad normal

¿Que persona que esta leyendo este artículo se considera sexualmente normal? Creo que la mayoría respondería afirmativamente.

Hagamos la pregunta el revés, es decir, quién se considera sexualmente anormal. Muchos menos probablemente.

Aquí el tema se pone interesante porque como? y donde? se traza el límite entre ambas posiciones.

Para responder “objetivamente” se harían necesarias las comparaciones, pero no existe ningún manual ni estudio universal de usos y procedimientos, ni un listado exhaustivo que regule lo que se considera normal o anormal en la vida sexual de las personas “normales”.

Se que estoy repitiendo el término y las comillas pero lo hago intencionadamente para excluir a todos los actos que contemplen violencia, abuso, explotación, daño intencional y que no resulten de un acuerdo consciente y voluntario entre adultos.

Durante siglos lo que se consideraba normal en sexualidad quedó identificado a priori con lo natural y aceptable. Había, pues, vías anatómicas naturales para las relaciones sexuales, posiciones sexuales naturales, finalidades y parejas eróticas correctas. Y aunque dichas regulaciones pudieran operar más en el plano del ideal que en el dominio de las conductas concretas, de todas formas persistieron en el tiempo como un referencial de comparación y como un elemento de presión.

Durante siglos lo normal se asoció a lo moral, pero como la moral no es un atributo genético con el cuál nacemos, ni es eterna o inmutable y menos aún universal, al fin resulta en una enorme variabilidad que deja espacio para lo que se dio en llamar “virtudes públicas y vicios privados” (doble moral).

Lo normal quedó también atrapado por la estadística, cuando se supone que lo que practica la mayoría resulta el canon deseable al cual debieran ajustarse los deseos personales, afirmación tan absurda como poco sostenible.

Los elementos de análisis que acabo de mencionar son regulaciones producidas desde distintos lugares de saber y poder sean estos científicos, religiosos y otros similares.

Esto es relevante porque en un dominio como el erótico el esfuerzo por ajustarse a un patrón de normalidad empobrece la expresión emocional y estrangula la espontaneidad.

Nadie debiera sentirse obligado a cumplir con cierto tipo de frecuencia sexual porque la estadística así lo señala, ni restringir las caricias, posiciones o cierto tipo de estímulos porque se sitúen en el límite de lo aceptable e inspiren más vergüenza que placer sexual.

Toda regulación extrema opera como un límite en la capacidad de dar y recibir placer y la preocupación por lo normal oculta el temor a las consecuencias de expresar libremente los propios deseos o de reconocer las propias trabas.

Es cierto que nadie debería sentirse obligado a hacer lo que personalmente se rechaza por satisfacer los deseos egoístas de otro, especialmente cuando el argumento que se esgrime se basa en la supuesta normalidad del acto. Pero también es cierto que el rechazo puede justificarse con el mismo argumento.

Lo normal debiera ser tomado entonces como un marco de referencia, un espejismo que algunos se empeñan es sostener como único o verdadero.

Mi sugerencia es que no nos preocupemos de la normalidad de lo que estamos haciendo, sino del placer compartido.

Nada hay de normalidad o anormalidad intrínseca en los comportamientos sexuales cuando son producto de acuerdos entre adultos formulados libremente. Porque como dice el viejo refrán “en el pedir no hay engaño”.

 

Por Roberto Rosenzvaig