Peleas de pareja

Problemas de pareja. El último round

Los invito por un momento a situarse como espectadores sentados cómodamente en las butacas de un teatro.

Cuando se descorre el telón, sobre la escena se encuentran dos personas; un hombre, de unos 45 años, y una mujer de 40, ambos sentados frente a frente en sendos sillones. Por su posición y actitudes se ven cansados, con signos evidentes de tensión en su cuerpo y particularmente en sus rostros. no hablan, pero su silencio recuerda el ambiente pesado que precede a las tormentas.

Llevan ocho años juntos y esta es la última confrontación de un ciclo de confrontaciones que ni siquiera recuerdan cómo y cuándo comenzaron. tampoco saben, o quizás sí, pero no lo admiten –porque se avergonzarían de ello– que siempre o casi siempre discuten por las mismas cosas, esgrimen argumentos similares, transitan por los mismos sentimientos amargos: ira, resentimiento, impotencia, miedo.

Si El Dante hubiese conocido este ejemplo de pareja actual, probablemente los hubiese incluido en alguno de los círculos del infierno que tan vívidamente describió, donde los condenados estaban obligados a repetir una y otra vez las acciones que los habían llevado a ese lugar, mientras los diablos asistentes les infringían todo tipo de tormentos.

¿Creen ustedes que exagero? Que la escena no es infernal, dirán, sino una situación por la cual muchas parejas transitan en algún momento de su coexistencia. sin embargo, quisiera argumentar en mi favor que son muchas más las parejas que se quedan pegadas en estas interacciones negativas, que las que salen de ellas rápidamente. la razón por lo que esto ocurre reside en la fijeza de la acción confrontacional.

Con José Antonio y Andrea experimenté lo que significa un conflicto fijado. había tenido con ellos algunas sesiones que se suspendieron porque a él le ofrecieron un trabajo fuera de chile. Dos años después me llamaron para pedirme urgentemente nuevas sesiones. Estaban –según ella– peor que nunca; en realidad, estaban exactamente igual: las mismas frases, las mismas acusaciones, los mismos rencores. nada había cambiado. sólo que estaban mucho más cansados.

Cuando uno comienza a ver a su pareja como a un adversario, se comporta como un luchador y esgrime las armas de que dispone: defensa y ataque, avance y retirada. Para algunos –que se inspiran en las palabras de un gran maestro de ajedrez– no hay mejor defensa que un buen ataque, luego, cuando sobreviene el agotamiento –porque nadie puede mantener por demasiado tiempo esa tensión– los dos se relajan.

¡Qué bien! dirán los espectadores, terminó la tormenta. no obstante, nada terminó; es un round más y la desconexión afectiva posterior puede prolongarse por días; un silencio emocional que demuestra el rencor, aunque se puedan intercambiar comentarios neutros relacionados con los hechos cotidianos. cada uno se ha refugiado en su rincón de tregua esperando inconscientemente el próximo asalto.

La secuencia

Los miembros de esta pareja han establecido una rutina de confrontación que se puede comparar con el efecto que produce una piedra al ser arrojada a un estanque de agua en calma. al principio la reacción del agua es local y si es lo suficientemente estable es absorbida sin dificultad; pero, al repetirse la secuencia el impacto es mayor y la reacción es más amplia y abarcadora. Estos incidentes repetidos están marcando la inseguridad de la relación y la creciente susceptibilidad ante cualquier disparador que inicie una nueva secuencia.

Las confrontaciones reiteradas tienen un efecto desgastador porque se hace progresivamente más difícil acceder a algún tipo de acuerdo central. Esto sucede porque las parejas ya no discuten sobre un tema en particular, sino acerca de cómo discuten y de quién discute, cada debate es una suma de todos los debates tenidos en el pasado.

La clave para reconocer este estado está en darse cuenta de que hay una secuencia emocional repetida con independencia de los temas concretos. Estas emociones como la ira, el rencor, el miedo, la furia, se expresan a través de recriminaciones tales como:

“¡no entiendes!”
“¡no te importa lo que siento!”
“¡no me escuchas!”
En algún momento de esta confrontación se produce un malestar emocional intenso que impulsa al más agotado a la retirada a un refugio defensivo. Es decir, se establece una distancia afectiva con el otro.

A partir de allí cualquier cosa que se diga o haga será vivida como una acusación, un intento de dominio o de descalificación. sin embargo, esta retirada no suele tranquilizar a la otra persona, sino que puede impulsarla a redoblar sus argumentos o acusaciones en forma cada vez más enfática, buscando “hacer entender” o “convencer” de su propio modo de ver la situación, como evidentemente no obtiene respuesta alguna, se siente a su vez agredido, con lo cual se equiparan emocionalmente. ambos se inundan de rencor.

Hay dos razones básicas por las cuales se produce ese distanciamiento. la primera es el sentirse rechazado (no querido); la segunda, sentirse abandonado. Por ello la rabia se transforma en resentimiento. Cuando los motivos originales de los conflictos son distorsionados o negados, se produce un desplazamiento hacia temas que parecen periféricos o menores, pero que adquieren una relevancia insospechada. una toalla abandonada, mojada y solitaria en el piso del baño se transforma en una metáfora del desprecio por los derechos del otro. Pero la base no está evidentemente en la toalla sino en que eso se traduce por:

“Me importa una ‘raja’ tu confort.”
“me carga tu preocupación por el orden.” 
Eso equivale a rechazo. las confrontaciones entonces se sitúan como la punta del iceberg de un conflicto más profundo. En ese sentido las emociones del presente se vinculan con los sentimientos dolorosos del pasado. con todas aquellas situaciones en que alguno se sintió herido.

El psicólogo estadounidense John Gottman ha registrado estas escenas en un laboratorio de comportamiento. a través de grabaciones en vídeo él puede mostrar el punto en el que un enfrenta- miento conyugal se convierte en pura defensividad, hostilidad e insultos. Este estado coincide con la aceleración del pulso; a medida que las pulsaciones aumentan, la capacidad de interactuar con cierta armonía desaparece. Es una correlación directa y llamativa: tan nítida que Gottman les aconseja a las parejas en conflicto que se tomen el pulso en medio de la disputa.

Para ambos sexos, haber pasado las cien pulsaciones es razón suficiente para terminar la escena. una persona cuyo corazón late a una velocidad de cien pulsaciones por minuto, debido a la furia y no a un ejercicio aeróbico, no es capaz de comprender ni de responder inteligentemente a lo que su compañero o compañera está tratando de decirle. En ese nivel sólo se registra ansiedad, angustia, malestar corporal. Podemos llamar a este estado “desbordamiento”. la metáfora es evidente porque cuando algo se desborda se pierden los límites y estos son reemplazados por el descontrol. Tenemos umbrales diferentes que facilitan o inhiben el desbordamiento, algunos toleran sin inmutarse diferentes tipos de confrontación, mientras que otros tienden a reaccionar intempestivamente ante la menor crítica. El punto principal es que a medida que el conflicto se hace crónico el desbordamiento se hace más frecuente, con lo cual se profundiza la sensación de deterioro de la relación.

Y cuando las opciones “racionales” se agotan a veces no queda nada más que el grito, el aullido, el llanto, o la violencia emocional, es decir la expresión de emociones primitivas arraigadas desde la infancia en nuestro cerebro emocional.

El conflicto crónico a su vez enferma a quienes participan de él, porque se produce un estado de estrés sostenido, con efectos tales como ansiedad permanente, depresión, desórdenes alimentarios, trastornos del sueño, perturbación de las relaciones familiares y laborales.

Las personas se enferman con mayor facilidad porque aumenta el nivel de las hormonas responsables de la inhibición del sistema inmune (adrenalina, noradrenalina y acth). las investigaciones señalan que las mujeres son más susceptibles a enfermar que los varones frente a los estados de desbordamiento emocional repetidos.

Yo dije,

yo no lo dije.

Yo no quise decir eso

Tú dijiste


Me dijiste

No escuchas

Estás sorda.

Parece una poesía, pero no lo es, simplemente coloqué algunas expresiones habituales en una secuencia antojadiza que señala el monólogo y la sordera final. Porque no vale la pena seguir allí para sufrir, mejor retirarse, si no a otro espacio físico, por lo menos a un espacio interior no contaminado.

Esto se llama desconexión.

Otras parejas son capaces de debatir más civilizada y “democráticamente” sus desacuerdos, aunque muchas veces se los ve inmersos en un ciclo interminable de enojos y reconciliaciones.

Uno de los más sorprendentes escenarios en la terapia se produce cuando llegan a la consulta personas cuyo único vínculo parece ser el conflicto y el afán de demostrar al otro lo equivocado que está, aunque para ello se haya usado el mismo argumento durante los últimos diez años. continúan los enfrentamientos porque esa acción es su único nexo, sin ella serían extraños y entonces comprenderían que no les queda más que la separación.

Una amiga contaba la siguiente historia:

¿Usted alguna vez deseó matar a su marido?
–matar lo que se dice matar nunca, pero tirarlo por la ventana muchas veces.

Por Roberto Rosenzvaig