Parejas del pasado (l@s ex)

Los ex. Que han pasado por tu vida.

 ¿Quién no ha experimentado alguna vez las maravillosas sensaciones que acompañan al descubrimiento amoroso? Esas inolvidables emociones que se localizan en todo el cuerpo: en la garganta anudada, la respiración entrecortada, el corazón palpitante y desbocado, las ideas confusas. Desde un punto de vista racional, este conjunto de reacciones no es más que la consecuencia de una especie de tormenta cerebral, desordenada y caótica, mientras que desde un punto de vista poético es el eje de partida de lo más humano entre las cosas humanas.

Existen seres que buscan a través de su vida esos estados como paradigma del goce amoroso, y saltan de una relación a otra dejando en el camino los corazones heridos de los ingenuos que creyeron en el futuro de esa relación.

Otros se resisten a vivir esas experiencias, porque temen perder el control de sus emociones, y sentirse esclavos de la pasión, prefieren por ello relaciones mas equilibradas y seguras.

Entre estos dos grupos, existe un tercero que tal vez compongan la mayoría de los mortales, que recordará con nostalgia a aquella mujer o a ese hombre quien supo despertar este caos, esa dolorosa dulzura de sentirse embriagado sin límites.

Sobre este territorio puede insertarse un fenómeno que llamaré “El retorno de los ex”.

(Aclaro que este título no tiene ninguna relación con el deplorable programa que emite el Mega).

Este proceso comienza a desarrollarse en el seno de una relación de pareja, matrimonial o no, donde alguno de los participantes percibe algún grado creciente de insatisfacción en el terreno amoroso. Incipiente al principio, insidioso como un virus, lentamente toma cuerpo y genera un confuso escenario de emociones contradictorias. De pronto, sin saber muy bien de dónde, comienza la nostalgia, el recuerdo de escenas pasadas, de actos inconclusos, de asignaturas pendientes. El o la “ex” reaparece y se instala en el territorio de la fantasía.

Para entender psicológicamente este proceso es importante puntualizar que tendemos a recordar con mayor intensidad emocional los sucesos pasados e incompletos que los presentes y que por ello se tiende a añadir detalles que tejen un escenario ideal; la memoria en ese caso actúa tramposamente porque solo recupera los elementos pasionales de antaño, omitiendo precisamente aquellos elementos por los cuales la relación no persistió.

Hasta hace poco tiempo este anhelo podía haber quedado reservado al territorio de la fantasía o del recuerdo, sin embargo hoy existe una tentación al alcance de la mano y una pregunta fatídica: ¿No estará en facebook?

En los últimos tiempos he visto en la consulta a hombres y mujeres (generalmente casados) involucrados en relaciones amorosas con un ex que retorna del pasado y por lo general el primer contacto lo realizaron a través de facebook, de allí que pensé en una ecuación de riesgo que hay que tener en cuenta, que incluye:

Un matrimonio con problemas, nostalgias varias y el acto voluntario de ponerse en contacto con un fantasma del pasado que deja de serlo para convertirse en presente.

Luego del contacto inicial las posibilidades son varias:

Que la relación continúe en el presente, como si solo hubiese ocurrido un largo paréntesis en el vínculo, consolidándose a través del tiempo.

Que se demuestre que los aspectos idealizados eran sueños, y rápidamente llegue la desilusión.

Que la reunión sea más tierna que amorosa, recuperando la amistad y la intimidad del vínculo pasado.

Que la pasión sexual inunde la relación, convirtiéndose en amantes.

Como se ve las opciones son diferentes pero pueden mezclarse. Alguna enriquecerá el presente mientras que otras abren un escenario de cambio y confusión. A veces es sensato dejar el pasado en su lugar, sin intentar recrearlo, porque los protagonistas ya no somos los mismos. Y no hay actos mágicos que nos transformen en lo que fuimos.

Traer a la memoria actual un o una “ex” es básicamente una fantasía (todos podemos tenerlas) el problema reside en crearlas y después asumirlas como verdaderas.

 

Por Roberto Rosenzvaig