Pareja y separación

Se puede trabajar arduamente para evitar la caída de una pareja, pero si los esfuerzos son infructuosos, lo más sano es admitir la separación.

“Al llegar la noche, Claudio sintió la soledad de su departamento como un hecho casi físico. Encendió un cigarrillo, lo que ya era mucho, considerando que era el primero después de 16 años de abstinencia. De pronto se le vino a la cabeza el recuerdo del último día, de la última discusión, de la gota que rebasó el vaso y abrió la puerta de la separación; porque como siempre sucede, alguien tenía que tomar la decisión de cortar esa situación que ya tenía alterados a todos”.

“Por un tiempo -se dijeron-, hasta que podamos pensar en lugar de discutir”. Y en ese punto la idea de la separación dejó de ser teoría para convertirse en realidad.

Esta historia tan común, tan dramáticamente repetida, señala un final que nadie desea, puesto que cuando dos personas se unen en pareja esperan que el amor acompañe para siempre ese proyecto; paradójicamente este ideal de amor sostenido se enfrenta a la cotidianeidad, a la secuencia de los días que se repiten idénticos y terminan por convertir en un recuerdo lejano a la pareja enamorada.

El investigador norteamericano Peele S. afirma que existe una imposibilidad estructural para sostener permanentemente las emociones sobre las que se inició el enamoramiento. Su hipótesis se apoya en que existe un cierto tipo de neurotransmisores responsables de aquello que hemos dado en llamar pasión, y que el paso del tiempo reduce su efecto hasta los valores mínimos.

Sin embargo existen parejas que son capaces de sostener, más allá de la biología, esos estados de unión apasionada por años, mientras otras muy rápidamente se alejan, aunque puedan seguir físicamente juntos.

Comúnmente se considera que las separaciones se producen en matrimonios deteriorados por décadas de malas relaciones.

Por el contrario, las estadísticas muestran que la mayor parte de las rupturas se produce entre los cuatro a seis años de convivencia.

¿Qué es lo que marca la diferencia entre unos y otros? Entre aquellos que son capaces de sostener el amor más allá de las naturales dificultades que plantea la convivencia, con respecto a los que rápidamente se resignan al quiebre del vínculo.

Cierta visión light de la pareja presupone que las cosas se van dando naturalmente a lo largo de la vida en común, basadas en la unión, la buena voluntad y las mejores intenciones; nada más lejos de la realidad, las parejas que evolucionan y maduran es porque aprendieron a detectar y trabajar sobre sus diferencias, sus límites y sus defectos. Su armonía no es el resultado de la casualidad sino del compromiso mutuo.

Para ellos la imagen de la separación es un fantasma lejano, para los otros es una posibilidad de su historia de pareja. Nadie desea este triste epílogo, pero suele suceder, ocurre como el cierre de un proyecto. Se puede luchar por evitarlo, trabajar arduamente para remontar la caída, pero si los esfuerzos han sido infructuosos, lo más sano es admitir la separación protegiéndose y protegiendo a los seres queridos.

La gente pololea, se enamora, se une en pareja: desde allí ambos se proyectan hacia el futuro, imaginando que esa unión será para siempre, sustentada en el amor compartido. Este ideal se ha mantenido vigente, a pesar de que nadie ignora que un porcentaje elevado de estas uniones no logrará llegar más allá de los cuatro o cinco años de matrimonio, punto en el cual se produce el mayor índice de separación matrimonial.

A esas parejas se impone la dura realidad afirmada por el poeta brasileño Vinicius de Moraes, quien dijo que “el amor sólo es eterno mientras dura”. La carencia de amor, de intimidad y de pasión lleva al quiebre, y con él, la vuelta a la singularidad.

Nadie quiere una separación. Se supone que ella es sinónimo de fracaso, de incapacidad o de ineptitud para llevar a cabo un proyecto de vida en común. Por eso, cuando llega, deja como secuela un duelo por la pérdida del proyecto.

La tristeza es la reacción esperable, pero también suele ser acompañada por rabia, rencor y hostilidad. La separación es tolerada de diferente modo por las personas.

Hay quienes la sienten como una oportunidad para reflexionar, para conectarse consigo mismo; un período de cambio y de conciencia sobre todos aquellos factores que incidieron en la ruptura de la pareja.

Hay otros que se hunden en una profunda desesperanza llena de frustración y fracaso, como si hubiesen perdido la única oportunidad de ser felices.

También hay quienes adoptan una veloz carrera hacia la búsqueda de un reemplazo temporario, como si éste fuese el destino natural e inexorable del individuo.

Este último grupo está representado básicamente por varones, los que generalmente adquieren una franquicia sexual, un retorno hacia formas adolescentes de diversión y sexo sin compromiso.

Se los ve recorriendo los lugares nocturnos donde contactan a una compañera circunstancial, sin exigirle demasiado, porque parece que en realidad sólo les importa la disponibilidad femenina.

La capacidad de espera que alguna vez mostraron en el inicio de las relaciones se transforma ahora en urgentes demandas sexuales. Es como si hubiese aparecido un nuevo discurso que dice algo así como: “Si somos adultos, qué vamos a estar esperando, ¿el amor?”.

Las mujeres, por su parte, aunque ahora están menos inhibidas socialmente para lanzarse a este estilo de sexo de fin de semana, por no decir de una noche, en su mayor parte desean algo menos casual, y de hecho se comportan de un modo más selectivo a la hora de elegir acompañantes.

Los canales del hallazgo son diferentes de acuerdo a las expectativas que tiene cada cual; de hecho en los nuevos espacios de conocimiento interpersonal, como los chats tipo Tinder y correos vía Internet, se especifica qué tipo de encuentro se desea: amistad, compromiso o simplemente diversión.

Por lo menos, estas categorías hacen que el interesado sepa qué desea y qué no desea. Sin embargo, las cosas no son tan claras en circunstancias más comunes; de allí que las personas se presentan en estos contactos nuevos con reticencias y defensas, porque no es fácil conocer y darse a conocer ante un extraño, saber qué quiere, cuál es su necesidad y su intención.

Para hombres y mujeres deseosos de reconstruir una oportunidad de afecto y amor, cada nuevo encuentro implica un gasto emocional importante, un depósito de ansiedad por el futuro. Por ello, cuando el otro apresura los tiempos, se crea una sensación de presión, de obligatoriedad.

No existe un código social que regule cuándo, cómo y dónde ejecutar las acciones que representan acercamiento e interés compartido. Muchas mujeres hablan de las tres citas:

En la primera, contacto y evaluación, generalmente acompañada de una invitación a comer. En la segunda, tal vez cena y baile, y en la tercera, aproximación física y ojalá sexo.

Esa parece ser la inversión máxima que algunos varones están dispuestos a realizar, y aunque el tipo aparezca agradable y ellas estén interesadas en conocerlos mejor, surgen las indecisiones, porque aun cuando acepten, no hay ninguna garantía de continuidad, y eso puede repetirse hasta el infinito, hasta que cualquiera se harte de esta secuencia repetida.

Las preguntas esenciales a responder son: ¿Qué estoy buscando? y ¿qué estoy dispuesto a arriesgar en esta búsqueda?

La claridad personal tiene la ventaja de permitir ser consecuente consigo mismo y con el otro. Mostrar certidumbre y no una inseguridad ansiosa define el territorio y acota las expectativas.

Nadie debería presentarse como un paquete envuelto para regalo, que agradece la deferencia de ser tomado en cuenta. Muy por el contrario, cada nuevo encuentro debe ser simplemente una oportunidad de comunicación, sin apresuramientos ni presiones.

De allí puede surgir la emoción, el deseo, la ternura y el amor, y si la fortuna veleidosa lo permite, una nueva pareja.

Por Roberto Rosenzvaig