Pareja y separación. Segunda parte

La separación -aunque no se desea-  parece inevitable para algunas parejas.

Inevitable…para quien? porque es evidente que no existe ninguna lista de items bajo cuyo dominio se tome una decisión “racional” o guiada por el sentido común. Aunque las situaciones de conflicto se repitan, muchas parejas parecen acostumbrarse a esa normalidad ficticia. Es como convivir con el smog o el polen de los plátanos orientales, nadie lo desea, pero nos resignamos a su presencia descartando una solución definitiva como  cambiarnos de ciudad. Un observador externo cuya residencia se sitúa en una ciudad no contaminada no entendería porque persistimos en quejarnos sin tomar medidas que corrijan ese estado de cosas. Lo obvio y evidente -en cuanto a los problemas de las parejas- es relativamente sencillo de entender cuando no se está involucrado en las situaciones, pero mucho menos para los protagonistas.

-Tienes o tienen que separarse. Es un juicio que ellos han escuchado repetitivamente en boca de amigos y amigas, familiares y otros con los que se han compartido sus penas.

Sin embargo, contra todos los pronósticos y contra toda aparente sensatez, ellos siguen adelante a través de los años.

Primera pregunta entonces frente a este escenario: ¿No quieren o no pueden separarse? Los que no quieren aducen razones convincentes, por ejemplo las de tipo religioso o espiritual. El argumento que se escucha es “si nos casamos para siempre, tenemos que seguir adelante”. Como comentario marginal, quiero aclarar que siempre es un lapso cronológicamente imposible de prever para dos personas, un anhelo tal vez, un deseo, pero nunca una certidumbre. Como dijo el actor y humorista Groucho Marx “Siempre.No será demasiado tiempo?

Otros colocan a la familia como objetivo principal, su compromiso con los hijos los lleva a “sacrificarse” por la continuidad de una pareja disfuncional. Sin embargo: ¿Alcanzará este compromiso para garantizar un clima afectivo, de respeto y cuidado, que muestre ante los hijos un modelo a repetir? No parece tan simple, lo más probable es que el modelo sea negativo y el clima emocional disruptivo.

Por supuesto que existen los que no quieren perder un lugar social y económicamente estable, que cambiaría radicalmente con una separación.

Otros no quieren, porque no están dispuestos a admitir un fracaso ante la mirada de los otros.

Los hay también que minimizan y evitan el acto consciente de reconocimiento del deterioro de la pareja. Se resignan a ese estado de cosas y tratan de adaptarse con el menor costo emocional posible.

Algunas personas no se separan porque padecen de un temor infinito a la soledad. O a la frustración de vivir la separación como un fracaso individual.

Otros porque no hay podido o querido lograr una cierta autonomía económica que les permita independizarse sin mermas en su vida cotidiana.

El tema de la autonomía no se refiere, obviamente, en exclusiva a lo económico, hay otra autonomía más importante, que es la que compete al dominio personal. Lo contrario a la autonomía es la dependencia, y específicamente la dependencia emocional. Este no es un concepto totalmente claro y se usa en forma muy general, en términos de orientación lo podemos definir como un patrón crónico de demandas afectivas frustradas, que buscan ansiosamente satisfacerse a través de relaciones interpersonales estrechas. Lo marca el temor a la pérdida de la persona amada, búsqueda de proximidad y protestas por la distancia o la falta de cuidados intencionales. Las personas que padecen una dependencia de este tipo son capaces de tolerar eventos graves, como el maltrato emocional, las adicciones, la infidelidad y otros que pondría alejar a cualquier pareja y conducirla a la ruptura.

Sea cual fuere la razón última de la resistencia a separarse, tenemos que entender que esta actitud puede revertirse positivamente si la pareja utiliza su energía, no solo para adaptarse, sino para intentar modificar los factores que hacen ardua la coexistencia.

En caso contrario, ambos son cómplices de una infelicidad que los marcará a lo largo del período en que permanezcan juntos, y que muy probablemente se hará extensiva a quienes los rodean cercanamente.

Si esa pareja acude a una terapia con la expectativa de que sea el psicólogo quien emita una opinión concluyente indicando una separación, confunden terapia con juicio. No es ese el papel de un terapeuta. Y aún cuando algunos se arroguen ese papel la mayor parte de las ocasiones esa intervención es inútil. Las personas no se separan porque otros le digan que eso es lo mejor, sino porque no se soportan mutuamente y ya no ven caminos de salida.

El escalón final se produce cuando ambos caen en la trampa de la ambigüedad, que representa estar sin estar, como espectros de lo que una vez fueron. Si quedan detenidos allí, es momento de tomar decisiones y encontrar la energía para separarse.