Orgasmo, anorgasmia

¿A quien le importa tener un orgasmo? Vaya pregunta. A todos parece la respuesta obvia, incluyendo a mujeres, varones, adolescentes, adultos y ancianos. Sin embargo y aunque aparezca como un deseo universal los signos que lo identifican no son tan claros para cada uno. Comencemos por definir el origen de esta palabra: orgasmo significa etimológicamente “agitación, ardor”, para los griegos tenía un significado más subjetivo y literario: “yo deseo ardientemente”. La imagen que acompaña a este artículo será seguramente recordada por muchos porque pertenece a la película “Cuando Harry conoció a Sally” donde la protagonista finge un orgasmo estentóreo en una cafetería. Lo contrario (es decir su ausencia) se denomina anorgasmia.

Científicamente según los investigadores modernos de la fisiología sexual el orgasmo puede entenderse como un breve episodio de liberación física de tensiones musculares acumuladas durante la excitación sexual que se manifiestan en contracciones rítmicas a nivel genital, aunque también comprometen al resto del cuerpo. Estas contracciones, que se producen a intervalos de diez segundos, permiten liberar la congestión sanguínea de la pelvis y son sumamente placenteras para ambos sexos porque producen sensaciones de alivio y relajación de la tensión erótica acumulada durante la relación sexual.

La poetisa griega Safo describía el orgasmo de esta manera: “El sudor corre por mi cuerpo, me estremece un escalofrío, me vuelvo más verde que la hierba, ya falta poco, me siento morir”.

Lady Chatterley, el personaje al que dio vida D.H. Lawrence, lo comparó con “las campanas al vuelo”.

El orgasmo significa entrega, descontrol, amen de cierta pérdida de conciencia que los franceses llamaban petite mort lo que traducido se entiende por pequeña muerte. Se lo llama también clímax, éxtasis, culminación.

En resumen: las sensaciones físicas y las sensaciones subjetivas de placer se unen para producir este estado que es natural y espontáneo para algunas y sólo un secreto anhelo para otras. No solo las mujeres pueden tener esta limitación, también le ocurre a los varones, pero en menor escala.

Sin embargo la capacidad orgásmica es inherente al ser humano, no se requiere ningún estado psicológico especial para lograrlo, se diría que inversamente lo que muchas mujeres hacen es reprimir esta aptitud natural.

Cuando ellas llegan a la consulta diciendo “soy frígida”, término en desuso, pero que aún se escucha por allí, llevan adherido un rótulo a su sexualidad que las descalifica ante sí mismas y ante su pareja. Esta palabra parece significar ausencia de sensaciones y placer, pero en la inmensa mayoría de los casos se trata de mujeres que disfrutan parcialmente de la experiencia pero no logran ningún tipo de clímax similar al de su pareja sexual, es decir son anorgásmicas. Los estudios estadísticos muestran que entre un siete y diez por ciento de las mujeres nunca han alcanzado la experiencia orgásmica, ni individualmente (por masturbación) ni a través de una relación sexual.

Claudia, una vivaz profesora de 25 años decía: “Al principio yo esperaba y esperaba eso que me habían contado, pero no sonaban campanitas, ni aparecía ninguna estrella. Todo era rico al principio, pero después se diluía y yo me quedaba siempre un poco triste, con gusto a poco como diría mi abuela”

Hay mujeres que se interrogan a sí mismas y a su cuerpo, para saber si alguna vez alcanzaron esa respuesta placentera. Dicen – yo no sé si tengo orgasmo o no- si no lo reconocen lo más probable es que carezcan de el, sin embargo algunas tienen respuestas tan mínimas que no las registran como tales. La verdad es que no las amplifican, porque las contracciones musculares no son placenteras en sí mismas, sino que nosotros mismos hacemos que las sean a través de nuestro cerebro emocional.

En la vereda opuesta están quienes llegan a un orgasmo placentero casi sin deseo, solo por fricción, reconozco que nunca dejen de sorprenderme estas mujeres que se sienten muy lejanas de su pareja, que comienzan los encuentros sexuales totalmente presionadas y que sin embargo alcanzan casi sin dificultades su orgasmo.

Otras mujeres, un 20 por ciento, llegan al orgasmo sólo por estimulación directa del clítoris por caricias manuales, orales o por una posición que favorezca un contacto muy estrecho entre los genitales del varón y esa zona destinada por la naturaleza a ser receptora de sensaciones. Aunque esta forma de acceder al orgasmo les puede generar dudas en cuanto a su “normalidad”; dicha confusión proviene de un viejo malentendido por el cual se entiende que el único orgasmo verdadero, natural y completo sería el obtenido por y durante la penetración vaginal. El llamado orgasmo vaginal al cual llegan cerca de un 60 por ciento de las mujeres. Sin embargo el mito que debemos disipar es aquel que afirma – sin ninguna base coherente de sustentación – que las mujeres que no lo obtienen son menos maduras sexualmente que las otras que si lo logran. Esta falsa afirmación es una herencia del psicoanálisis decimonónico. Su forma de llegar al clímax es diferente, pero no por ello menos placentera. En realidad es un debate estéril, más académico que práctico, ponerle nombre a una respuesta básicamente emocional independientemente del lugar anatómico desde donde se genere.

El problema surge cuando los varones se empeñan en que su pareja logre un orgasmo por penetración, como en una especie de desafío a sí mismos y a su capacidad de otorgar goce sexual, más que por una verdadera preocupación por su compañera a la cual acarician sin verdadero interés, casi mecánicamente. Esta falta de estímulo físico y afectivo genera barreras para la expresión del placer y puede terminar por inhibir la propia capacidad orgásmica de la mujer.

Para la mayoría de las parejas de la cultura occidental contemporánea, la penetración está precedida de juegos previos, que usualmente incluyen estimulación en el área del clítoris. Los que así lo hacen aumentan las posibilidades de orgasmo, los que no, aquellos que sienten que las caricias compartidas no son más que un prólogo obligado, fuerzan negativamente el encuentro, centrando la posibilidad de goce exclusivamente en la fricción entre pene y vagina, lo que correlativamente disminuye las posibilidades orgásmicas.

Las mujeres que carecen de orgasmo generalmente reúnen una o más de estas circunstancias:

Auto observación del comportamiento durante el acto sexual. Rol del espectador (Mirada inhibidora, represora, no se dejan llevar por las sensaciones)

Poca estimulación directa en el clítoris.

Poca o nula historia de masturbación

Imposibilidad de fantasear

Pensamientos distractores (salirse de la escena sexual y remitirse a otras  situaciones no eróticas, laborales, familiares)

Pensamientos obsesivos (no voy a poder, no es para mí)

Defensas contra la percepción de sensaciones eróticas (las inhiben y dejan de sentirlas),

Juegos sexuales y coito breves menores a 10 minutos luego de la penetración, que obviamente es responsabilidad del escaso control del varón.

Las terapias centradas en el objetivo de lograr acceder a ese esquivo orgasmo se han mostrado efectivas para aquellas mujeres, que como decía una recordada paciente de 70 años “no quiero morirme sin haber sentido esa sensación”.

Muchas mujeres se preguntan si pueden tener ambos tipos de orgasmos, o si pueden pasar de uno centrado en el clítoris a otro centrado en su vagina durante la penetración. Todo es posible, pero no se debe caer en el error de creer en que ello es imprescindible para la felicidad sexual, esta es demasiado compleja y rica para ser reducida sólo a la capacidad de tener o no orgasmos.

En el encuentro sexual lo más importante no son los logros mecánicos, sino la capacidad de darle al otro y recibir del otro aquellas cosas que los hacen sentir entendidos y aceptados, para mujeres y hombres esto determina el verdadero sentido del éxito.

Por Roberto Rosenzvaig