Nunca digas nunca

Nunca digas nunca

Nunca digas nunca.

Nunca digas siempre

Nunca digas jamás.

Nunca digas esta vez es la última.

 

 

Estas frases-tan corrientes- parecen contradictorias, y en realidad lo son, en la medida que expresan la natural incongruencia que solemos tener en nuestro lenguaje y en nuestras comunicaciones, especialmente cuando estos están atravesados por emociones intensas.

 

Todos o casi todos, hemos usado alguna vez estos términos catastróficos, apocalípticos, que quieren ser terminales pero suelen ser pasajeros. Se dicen al calor de larabia, el enojo y la violencia y generalmente se olvidan cuando llega la calma. Sin embargo en el instante en que alguna vez los pronunciamos “jamás” cuestionamos su completa irracionalidad,“nunca” dudamos que expresaban la verdad.

 

Tema doblemente complejo, porque cuando nos serenamos comprendemos que es imposible justificar lógicamente estas afirmaciones absolutas, lo cual no quiere decir que en la siguiente discusión queden eliminadas, sino que muy probablemente vuelvan a ser usadas. En segundo lugar porque aquello que llamamos verdad es solo un envoltorio con contenidos inciertos que cada cual completa de acuerdo con su visión del mundo.

El poder del nunca y del siempre es que borra del campo de conciencia toda información que se contradiga con la absoluta certidumbre de que estamos defendiendo la verdad. Perdemos la memoria o mejor dicho bloqueamos de aquella lo que de surgir a la conciencia restaría congruencia a la justa indignación de sentirse, por ejemplo, una víctima, para lo cual se seleccionan todas las pruebas positivas y se eliminan las que demostrarían lo contrario.

 

Existen pocas experiencias tan develadoras de esto que estoy señalando, como la de contemplar una discusión de una pareja en la que cada cual se empeña en reseñar los hechos y la responsabilidad del otro en los hechos que han generado un conflicto. Cuando lo hacen creen que están siendo objetivos o por lo menos parece que tienen la intención de serlo, sin embargo lo que hacen es ofrecer una versión subjetiva y narrativa de ese evento, de allí que parece que cada uno cuenta una historia diferente, con casi total convicción de que el otro está distorsionando la verdadera historia.

Es imposible situarse en la posición de observador y protagonista de una escena en forma simultánea.

Lo que hacemos cuando intentamos reconstruir un evento es recurrir a la memoria y aquí esta la trampa, porque creer en la memoria o en la capacidad de recordar las cosas “como fueron” omite que las cosas son del modo en que las estamos percibiendo y de ese modo se compone nuestro recuerdo. Esta afirmación parece casi elemental para personas un poco lúcidas, pero doy fe que en la mayor parte de las discusiones de una pareja el centro del debate se establece en la visión que cada uno tiene de lo que está sucediendo y de lo que sucedió en el pasado inmediato. El Talmud hebreo dice que no vemos las cosas como son, sino que vemos las cosas como somos ¡ pura sabiduría!, pero ¿será alcanzable esta comprensión? Para lograrlo tendríamos que renunciar a cualquier intento de establecer la verdad, tanto como los estados absolutos representados por los nunca y siempre. Asimismo deberemos renunciar a los intentos manipuladores que incluyen afirmaciones que remiten a un colectivo imaginario donde “nadie” o “todos” piensan o actúan de un determinado modo.

 

La propuesta es compleja, porque por lo general nos dejamos llevar por respuestas automáticas. Pensamos argumentos mientras la otra persona ofrece los propios y al hacerlo dejamos de escuchar para volvernos completamente auto referentes. Las expresiones nunca y siempre reflejan esa incapacidad de conexión con la historia que ambos han vivido y con la dificultad para entender las interpretaciones que cada uno hace de ella. En la medida que se repiten eliminan la posibilidad de comprender que existe una historia construida por ambos de la cual se eligen secuencias o fragmentos para demostrar al otro la propia verdad.

Nunca digas nunca

La auto referencia requiere de un monólogo que se opone al diálogo. Y sin diálogo no hay pareja, solo dos individuos empeñados en un combate verbal cíclico. Lo llamo cíclico porque el estilo de comunicación se repite sin cambios con independencia del tema que se está tratando.

La comunicación es el soporte basal para las relaciones personales, es lo que permite el contacto profundo entre las necesidades, los afectos y las demandas. Sobre ella es posible construir el ser en pareja a través de la vida en común. Pocos dudarían de la relevancia de este aspecto para un proyecto perdurable, sin embargo, también son pocos los que se preocupan de mantener los canales de comunicación abiertos y flexibles. Esta es una de las razones por las que se constituye en un escenario de conflicto.

Cuando una pareja ha discutido confrontacionalmente durante un cierto tiempo ya no creen sinceramente que pueden hacerlo de otro modo, se vuelven desconfiados, así que las emociones negativas están instaladas desde el principio de la discusión. En ese escenario se diría que las palabras desaparecen y sólo se registra la intención detrás de lo que se está escuchando,

Lo paradojal es que la gente cree que están hablando de los hechos, cuando en realidad están hablando de su propia tensión emocional. En esas circunstancias cada palabra, frase o sentencia es vivida como un ataque o una defensa.

Las parejas tienen desacuerdos, desencuentros, discusiones, confrontaciones de distinto nivel y también conflictos. Todas estas instancias pueden resolverse, pero para ello se requiere de una condición fundamental, la flexibilidad, que en el territorio del lenguaje permite evitar los enunciados absolutos y rígidos, para elegir –por el contrario- aquellos que expresan variabilidad, porque parece evidente que no es lo mismo decir “siempre” (refiriendose a una conducta) que “a veces” o “nunca” en vez de “muy poco”. No es lo mismo decir “todo el mundo” que “algunas personas” o “nadie” en lugar de “pocos”.

Generalizamos y usamos las generalizaciones como artilugios de ataque o defensa para sostener nuestra interpretación de la realidad, y eso es lo relevante. No son afirmaciones inocentes, ni ejercicios linguisticos abstractos, son afirmaciones cargadas de intención que vehiculizan emociones.

En las terapias de pareja es relativamente sencillo mostrar como estas afirmaciones absolutas traban cualquier intento de comprensión y como culminan en enfrentamientos donde cada uno se vuelve sordo a las demandas del otro. Se puede ofrecer a las parejas herramientas nuevas y ayudarlas a superar los conflictos, sin embargo no todos tienen la posibilidad o el interés de acudir a terapia. Para esas personas esta principalmente escrita esta colaboración, para que comprendan que nuestras historias compartidas, sean felices o dramáticas, “siempre” se actualizan en una discusión presente como narraciones, como interpretaciones de cada uno hace de los eventos. Cada uno cree en su verdad y la defiende y ninguno comprende que esto es una pérdida de tiempo y de energía.

Nunca digas nunca – Roberto Rosenzvaig.

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