Masturbación compulsiva

Masturbación compulsiva

Masturbación compulsiva
De todas las palabras que hacen referencia a hechos o eventos sexuales, tal vez la que menos suena en un contexto conversacional es la que se refiere al acto sexual privado por excelencia. Es poco probable que un grupo dialogue con facilidad sobre sus experiencias con la masturbación. Resulta infinitamente más sencillo hacerlo sobre las relaciones sexuales.

¿Por qué tanta vuelta? Simplemente porque se trata de un acto íntimo que estamos acostumbrados a relacionar con lo oculto y, por lo tanto, con algo que no se comenta.

Haga memoria de toda la gente que conoce, de sus familiares, de sus amigos, compañeros de oficina, dependientes de tiendas, vecinos. Y ahora piense que todos ellos se han masturbado. Algunos una o pocas veces. Otros, varias veces por semana. Es así y es común que sea así, porque masturbarse es simplemente tocarse y acariciarse para obtener placer erótico. No se necesitan escenarios ni ropas especiales, menos aún compañía.

Tanta es la confusión sobre este tema, que muchas parejas se refieren a las caricias manuales sobre los genitales del compañero, afirmando que masturban al otro, cuando lo real es que estos contactos son una parte del encuentro sexual compartido, y no una actividad autoerótica. Sin embargo, independiente de lo habitual que pueda ser la masturbación para cualquiera de esas personas que usted imaginó, eso no significa que sea aceptado sin conflictos desde los puntos de vista social, cultural o moral.

Lo real es que las prácticas autoeróticas están presentes en la evolución individual de cada ser humano desde sus primeros años de vida y es uno de los ejes principales del descubrimiento sensorial. Un niño aprenderá que es muy gratificante que lo abracen, lo acunen, lo besen y le hagan cariño en la cabeza antes de dormir. También aprenderá que puede explorar su cuerpo y que le resulta placentero tocarse a sí mismo. Con el tiempo podrá reconocer qué sensaciones vienen de cada zona de su cuerpo. Sabrá, por ejemplo, que tocarse una rodilla no le provoca la misma sensación que tocarse el pene o la vagina.

Una vez que descubren esta capacidad de proporcionarse goce, lo buscarán en forma repetida, iniciando un camino que no se interrumpe, excepto por circunstancias traumáticas. Es natural que así sea y esos acercamientos son la base de la sexualidad adulta normal.

En la pubertad, entre los 11 y los 13 años, se desata una verdadera tormenta hormonal. Pero aparte de lo evidente, les llega un deseo sexual obsesivo y constante que busca estímulos para satisfacerse.

Un 86 por ciento de los varones y un 67 por ciento de las mujeres hacen de esta actividad una constante de su vida erótica, y mientras los primeros son capaces de comunicarla a sus pares sin inhibición, las mujeres la reservan como un hecho privado del cual muchas veces se avergüenzan.

Por ello este no es un fenómeno que se exprese del mismo modo en varones y mujeres; tanto en la frecuencia, el modo en que se practica, como en la permisividad o restricciones que se le otorga al acto masturbatorio.

En este artículo voy a referirme básicamente a la masturbación masculina, y a intentar analizar sus componentes específicos y particularmente su proyección en la vida adulta.

Se cree, pero no existe la certidumbre de que así sea, que la palabra deriva del Griego mezea (pene) y del latín turbare (perturbar); otra versión la deriva del latín manu stuprare, a lo que algunos convencidos especialistas traducen como una especie de violación manual o más precisamente como interactuar consigo mismo de forma deshonrosa o ilícita; y asimismo de manu turbare. Se la llamó también onanismo, nombre derivado del personaje bíblico Onan, cuya práctica sexual poco tenía que ver con la masturbación, sino con el coitus interruptus, es decir, con la acción de eyacular fuera de la vagina.  Onán, al practicar con su cuñada viuda el coitus interruptus y derramar su semilla (semen) en tierra, en lugar de sembrarla en la mujer, lo que hacía era contravenir una disposición legal de carácter hereditario, con la que se evitaba la concentración de los bienes en una de las ramas de la familia por falta de herederos en alguna de las otras. El pecado de Onán no era por tanto de orden sexual, aunque el acto si lo fuese, sino que la transgresión tenía en realidad carácter económico. Y fue el querer alzarse con los bienes de su hermano difunto, rehusando darle un heredero como mandaba la ley (de levirato), lo que condenó Yahvé y castigó con la muerte.

La palabra onanismo con la que se renombró a la masturbación, fue un invento del médico suizo Samuel Tissot (1760) quién se dedicó meticulosamente a enumerar todas las consecuencias que tenia para la salud física y moral la práctica del “vicio solitario”.

No tenemos una palabra de uso corriente o popular librada de una connotación negativa para definir el acto de autoestimularse. Gran paradoja por tratarse de un comportamiento más que común en la gran mayoría de los varones de la especie humana, por lo menos en la pubertad y la adolescencia.

Sobre esta práctica se han afirmado diferentes cosas, algunas condenatorias y otras que la justifican, entre ellas que la masturbación permite ensayar con el propio cuerpo las capacidades eróticas, que prepara para el placer, que predispone al goce, que coloca en un escenario de fantasía a aquellas o aquellos que se desea, aunque se sepa que nunca serán propias o propios. Todo esto puede ser cierto, no lo cuestiono, pero afirmo que todas esas virtudes positivas se mezclan con una sola negativa, el hecho que la masturbación representa una pura descarga de tensión sexual contenida. Se dirá que esto en sí mismo no es un problema, y esto es parcialmente cierto, porque el tema se complejiza si se entiende que la masturbación se resume en la búsqueda de la eyaculación, y cuánto más rápidamente se logra, mejor. Este condicionamiento psicológico hace que los varones deban realizar un proceso inverso cuando comienzan sus relaciones sexuales; cuando se pasa de un monólogo a un diálogo. Ya no se trata de autosatisfacerse, sino de lograr un encuentro en el que ambos obtengan satisfacción. Para muchos, este cambio no se logra fácilmente.

El segundo pasaje está en la duración, porque de la rapidez se debe pasar a la lentitud.

Para muchos varones, no sé exactamente cuántos, pero millones, esta transición es problemática; ellos fracasan en dos niveles: el que les demanda control eficiente de su eyaculación y el que les requiere empatía para conectarse con las sensaciones de la otra persona.

Solemos tener mucho más presente el problema cuando está ligado a lo que se ha denominado eyaculación precoz o prematura, pero también al de su retardo o a su ausencia.

El tercer pasaje o cambio, es el que se requiere para transitar de la descarga al orgasmo, este es puramente cualitativo, porque el orgasmo masculino representa la conciencia amplificada del placer y no solamente la eyaculación.

Si estos pasajes no se producen, la masturbación queda fijada en una ensoñación adolescente autorreferente; donde no se requiere a nadie más, es el sujeto y su mundo de fantasías, lugar en el que siempre se recibe lo que desea y en la forma que se lo desea.

En diferentes oportunidades me ha tocado recibir parejas donde el motivo de consulta principal era la falta de deseo masculina que se expresaba en una notable disminución de la frecuencia sexual, combinada paradojalmente con una práctica permanente y semioculta de la masturbación. En otros casos esta se presenta camuflada por un alto deseo sexual no satisfecho. Digo que no es genuino que la masturbación constante exprese solamente ese alto deseo, sino que se configura en una demanda específica, en un goce particular donde no existe otro a quien hay que comprender y satisfacer.

La queja era protagonizada por las mujeres que no entendían este distanciamiento, y se angustiaban pensando si se debía a un castigo por resentimiento acumulado, a una secreta identidad homosexual, o a la presencia de otra mujer. Cuando existen malas relaciones en la vida cotidiana este alejamiento es más sencillo de explicar, pero cuando las rencillas son mínimas y la calidad de vida brinda satisfacción en la mayor parte de los aspectos de la relación familiar y de pareja, encontrar las explicaciones es mucho más arduo.

Cuando tuve la oportunidad de profundizar en entrevistas individuales con estos pacientes, aparecía como información reiterada que a la falta de deseo se sumaba la auto estimulación, es decir que estas personas parecían preferir masturbarse que mantener relaciones sexuales con sus parejas.

Este hecho se mantiene oculto, pero a la larga surge y refuerza la indignación por lo que se siente como una verdadera estafa hacia ellas. Porque es mucho más difícil de entender que una genuina falta de deseo sexual.

¿Comportamiento elegido o compulsivo?

 “Nosotros diferenciamos los circuitos cerebrales asociados al placer –o el disfrute- de los asociados al deseo. A menudo ambos funcionan simultáneamente, de modo que queremos las cosas que nos gustan, pero la adicción parece fortalecer los circuitos asociados al deseo y debilitar al mismo tiempo los asociados al placer. Y el hecho de que nuestra sensación de placer o disfrute disminuya al mismo tiempo que aumenta nuestro deseo implica necesariamente que cada vez disfrutemos menos y deseemos más. Por ello que seguimos deseando, pero cada vez necesitamos más para obtener el mismo disfrute”

Esta afirmación corresponde Richard Hayworth, un científico inglés dedicado a la investigación en el campo de las neurociencias afectivas, es para mi una clave que me permite entender en general el fenómeno de las adicciones sexuales.

Revisando algunas publicaciones personales de hace algún tiempo, observé que yo afirmaba (textualmente) “ los problemas sexuales son siempre compartidos, es poco probable que alguien me consulte porque tiene problemas con la masturbación”. Debo corregir esta idea, ya que esa consulta efectivamente se está presentando y se refiere a la masturbación compulsiva.

Decía un paciente: “Cuando mi cerebro fue atrapado al interior de la pornografía, fui trasportado a un mundo diferente. Un mundo donde yo era aceptado, aprobado, amado y deseado. No era responsable de las consecuencias. Tenía mi propio tiempo y me sentía poderoso. Yo me envolvía a mi mismo en el placer de la pornografía”.

La diferencia entre un comportamiento en el que se elige y otro que se impone más allá de la voluntad o la consciencia, define la compulsión. El acto, cualquiera que este sea, y cualquiera sea su objeto, debe ser repetido para reducir o anular una tensión psíquica previamente establecida.

Esto determina varios tipos de escenarios: en uno de ellos los sujetos se masturban porque necesitan disminuir su nivel de ansiedad, lo hacen como quien toma una medicación, fuma o bebe alcohol. Colocan y reconocen la tensión en el cuerpo.

Rápidamente provocan su eyaculación en forma más o menos mecánica.  Pertenecen al grupo de los “calientes” que es el modo popular de denominar a las personas hipersexuales, capaces de alternar sexo con masturbaciones frecuentes.

Esto sucede porque la disminución de la tensión sexual es transitoria; la calma que se instala luego de una relación sexual o de un orgasmo, para la mayor parte de las personas los aleja momentáneamente del deseo; sin embargo a los adictos los estimula, por ello retoman rápidamente sus ideas o fantasías fijas. A través de ellas estas personas mantienen un nivel alto y constante de excitación.

Un segundo escenario se ejemplifica con la frase: “Todos lo hacen”. Esta frase es la más remanida de cuántas se escuchan para justificar la masturbación entre adultos. La cuestión es si es verdadera. Resignemos la posibilidad de recurrir a estadísticas, porque el dato fidedigno es imposible de obtener, por lo tanto sólo se puede recurrir a una generalización a partir de los relatos biográficos de adultos (varones y mujeres). Lo que ellos nos ofrecen es la visión de que hay que situar esta práctica dentro de diferentes momentos evolutivos. Lo que fue habitual y frecuente en determinada época, lo es mucho menos, en término de frecuencia, en otros momentos. La presencia de una pareja, con la que se comparte una sexualidad placentera, hace que naturalmente la frecuencia de la masturbación disminuya y hasta desaparezca. La práctica puede retornar ante la soledad o el aislamiento, pero eso es parte de lo esperable.

Un tercer escenario refleja los conflictos con la intimidad sexual y una sensación de incompetencia en estos varones, allí la masturbación culmina siendo un monólogo en que el protagonismo esta centrado en las fantasías que generalmente se recogen de los videos pornográficos. Fantasías de masculinidad triunfante y misoginia encubierta.

Hay comportamientos que lejos de ser satisfactorios o de ser un vehículo de autoconocimiento, atentan contra la autoestima y la seguridad. Esto ocurre tanto en el plano individual como social, ya que la persona encuentra satisfacción en la soledad, y conflicto en la compañía. Es tal la angustia que le provoca a esa persona expresar sus sentimientos, iniciar y cultivar una relación de pareja, que prefiere encerrarse en su mundo.

En este caso, el problema no es la masturbación en sí misma, sino las exigencias y angustias que provocan el contacto erótico con una pareja.

En casos como éste es común que la persona recurra al material pornográfico: libros, revistas, videos, y principalmente desde Internet (fuente inagotable de recursos para todos los paladares y deseos). Esto no tendría mayor relevancia si no fuera porque la persona en esa situación corre el riesgo de modelar su conducta sexual de acuerdo con esos cánones y hacer apetecible un estilo poco afectivo, violento y sobre todo, desapegado de las necesidades de la otra persona.

En la vereda opuesta están aquellos que nunca, o sólo alguna vez que apenas recuerdan, se han estimulado hasta el punto del orgasmo. Por distintos motivos, han evitado explorar sus genitales y hasta sienten rechazo por una experiencia de ese tipo. Reprimen una conducta natural a través de la censura moral o religiosa. Tocarse adquiere para esas personas una connotación pecaminosa generada por la idea irreal de que si lo hacen su moral sexual se pone en juego.

En la vida adulta, muchas de estas personas suelen tener dificultades en su conducta erótica en pareja. De hecho el 90 por ciento de las mujeres anorgásmicas (aquellas que no llegan al orgasmo) nunca intentaron autoestimularse, o desistieron de hacerlo luego de algunos intentos frustrados.

Como en tantos aspectos de la vida, ningún extremo es beneficioso. Los dos polos, la compulsión y la represión de la actividad autoerótica, conducen a trastornos en la vida sexual, porque ambos producen conflictos a la hora de recibir o dar placer.

 

Por Roberto Rosenzvaig

 

 

Masturbación compulsiva

Masturbación compulsiva

Por Roberto Rosenzvaig

Masturbación compulsiva– Roberto Rosenzvaig.

Mas articulos similares aMasturbación compulsivaen Sexologia

Si deseas recibir informacion sobreMasturbación compulsivaescribemos en el siguiente formulario

 

No Fields Found.