Impotencia

Llamada también disfunción eréctil.

El diccionario define la impotencia como la falta de fuerza, poder o competencia para realizar una cosa, hacer que suceda o ponerle resistencia.

Hace unos meses, después de una mesa redonda sobre el impacto psicológico que tienen las disfunciones eréctiles en el varón, una colega me preguntó, entre curiosa e irónica: ¿Pero qué les pasa a los hombres? ¿Cada vez les cuesta más tener buenas erecciones?

Pregunta certera y artera porque se dirigía hacia el mismo centro de lo que significa el pene y su buen funcionamiento para el varón de hoy.

Pero sería un error creer que esta preocupación es sólo contemporánea, por el contrario, nos consta que desde la medicina de la antigua Grecia surgen las pócimas y los emplastos para curar lo que denominaban “parálisis del miembro viril”. Hacia 1400 se tenía por seguro que una impotencia rebelde era señal de una influencia maléfica, sólo superable mediante el rezo y la penitencia.

A través del tiempo ha sido constante esta preocupación y concomitantemente los esfuerzos de la ciencia médica por encontrar soluciones eficaces para el problema.

Desde que la industria farmacéutica creó las nuevas drogas orales para tratar los trastornos erectivos se ha abierto un universo de varones dispuestos a consumirlas. Hasta ayer sólo el Viagra era la panacea para revivir las erecciones rebeldes, hoy otros han seguido la huella ofreciendo mejores y más eficaces respuestas farmacológicas, con menores efectos secundarios. Lo que efectivamente se produjo fue un aumento explosivo y expansivo de las consultas y del uso espontáneo de este tipo de medicamentos. De allí que es válido y oportuno preguntar: ¿De dónde salieron tantos varones, de edades, niveles culturales y económicos diferentes, con problemas erectivos? Tal vez siempre existieron o, por el contrario, comenzaron a existir sólo a partir del conocimiento de que ahora hay algo eficaz que los ayuda.

De allí que estas personas que comienzan dudando de que la erección que poseen sea suficiente, terminan con una disfunción eréctil. Tema altamente complejo porque depende de una definición completamente individual y de una comparación subjetiva con un ideal glorioso de magníficas erecciones pasadas. Sin embargo, las estadísticas nos revelan que cada vez son más numerosos los varones de edades inferiores a los 40 años que consumen estos fármacos. Lo que abre un espacio directamente relacionado con su uso recreacional. En este caso se trata de un grupo numeroso de personas que simplemente desean optimizar su erección, despreocuparse de súbitas flaquezas.

El mercado local ofrece múltiples opciones, desde el sildenafilo original (Viagra) hasta varios sustitutos con precios notablemente inferiores, cuyos nombres comerciales apuntan al objetivo deseado, así se presentan: Lifter (elevar o levantar), Helpin ( ayudar), Alfin, Erosfil, Seler. Pero el que se gana el premio a la originalidad con su marca es un producto del Laboratorio Chile, que se llama Ripol, ignoro si el publicista generó esta abreviatura conscientemente, pero invito al lector a completar los puntos suspensivos: ri.. pol.. ¿Acertó?

La erección no ha sido ni es un tema puramente fisiológico o psicológico, es principalmente un tema cultural, y en este sentido los estereotipos de género operan en dos sentidos opuestos, en un caso suponiendo que “un gran pene erecto” es la mejor garantía de efectividad sexual. Pero también actúan cuando se cree que la erección no es relevante para el varón en términos de autoestima y confianza.

Los hombres crecen y son educados en el amor a su pene, y su seguridad masculina se satisface cuando logran producir y sostener las erecciones deseadas.

Es políticamente correcto afirmar que la penetración es un momento de la relación sexual y que no debería ser asimilada a la totalidad de la relación erótica. Dicho de este modo suena inobjetable, siempre y cuando la erección se presente en el momento debido y necesario. El problema se produce ante la ausencia, la falta o la debilidad que para los hombres significa que ella desaparece cuando más la necesitan.

Discutamos otro mito: se afirma que una buena erección no es para ellas imprescindible, que son capaces de disfrutar de todo lo que un encuentro ofrece y no sólo de la penetración. Correcto, pero tramposo, porque no se establece allí la diferencia entre la excepción y la persistencia de un problema frente al cual la actitud de ellas no será tan tolerante.

En este punto quiero retomar la pregunta provocadora que generó estas reflexiones: ¿Será cierto que a los varones nos cuesta cada vez más tener buenas erecciones? probablemente, porque lo que nos pasa es que estamos cada vez más pendientes de ellas y de nuestro rendimiento sexual. Lo que hoy sucede es una compleja interacción entre la tecnología capaz de generar una droga que produce una erección casi instantánea y coincidente con las caricias previas a la relación sexual, y las expectativas individuales.

Si mañana surgieran otros medicamentos destinados al deseo o al orgasmo (fantasía dorada-pero no alcanzada- de la industria farmacéutica) también podrían ocasionar el mismo tipo de demanda, o mayor, tal vez porque siempre existirá en las personas el anhelo de sentir y gozar de acuerdo a un modelo de plenitud y rendimiento.

Para la mayor parte de los varones la edad es típicamente el foco del problema o la razón para preocuparse de una disfunción eréctil. Esta situación es congruente con la visión médica que ve la edad como uno de los principales factores de riesgo en la calidad de la erección. No por la edad en sí misma, sino por otros problemas que afectan a la salud física y psíquica en general después de los 50 años. Situaciones como el sobrepeso o la obesidad, el tabaquismo, hipertensión, problemas cardiovasculares, diabetes etc. y también estrés o depresión que afectan la capacidad de obtener y mantener una erección firme. Los mismos medicamentos que se usan para tratar estos cuadros colaboran negativamente como inhibidores de la erección.

Recientemente, en un período no mayor de 15 años, la consulta se ha modificado y el 20% de los pacientes son menores de 30 años. Está claro que este grupo difícilmente esté afectado por las condiciones orgánicas mencionadas antes. Por lo cual parece relevante determinar las razones de estas dolencias precoces. En primer lugar la DE aparece envuelta en signos de inseguridad y ansiedad vinculados con la autoexigencia y con la necesidad de presentarse ante sus parejas como amantes calificados, no hay varones de esa edad que imaginen una relación sexual sin erección o con una erección débil. Ella se sitúa en el centro de su performance. Por otro lado las expectativas sexuales femeninas, cada vez más definidas, en cuanto a lo que consideran una buena relación sexual, muestran mujeres activas que difícilmente acepten sin algún tipo de conflicto la repetición del síntoma que generalmente produce un quiebre en la calidad erótica de la relación.

En segundo lugar están los estilos de vida y los hábitos de consumo de este grupo etáreo. El “carrete” cuando incluye exceso de alcohol (habitual en Chile desde la adolescencia) y otras drogas blandas y duras se torna en una situación de riesgo porque en cualquier momento puede generar un fracaso temporario, que para muchos se sitúa como el principio de una naciente idea obsesiva que demanda el éxito compensatorio, evidentemente cuanto más temor despierte la necesidad de producir y sostener una erección mayor será la posibilidad de no lograrla. En este camino aparece la tabla salvadora bajo la forma de los medicamentos “erectogénicos”. Estos compuesto no fabricará un superhombre sexual, pero les permite lograr erecciones manteniendo los niveles de consumo de las substancias mencionadas. El erectogénico no ofrece garantía absoluta de éxito continuo, ya que un 15% de los usuarios no logra la firmeza deseada. El tema no es menor, cuando no se trata de un acto único, sino repetido. Y aquí llega el interrogante principal que algunas personas se formulan luego de un período de uso ¿Seré o me haré dependiente? ¿A qué dependencia se refieren? Sin dudas que a una de tipo psicológico, temen quedar enganchados y ser incapaces de mantener una relación sexual sin pastilla.

Estos son los pacientes que llegan a terapia, entre los 25 y 30 años, lo hacen porque desean una solución y porque han percibido la relación entre su inseguridad y la DE.

El camino terapéutico para ellos se basa en 3 tareas claves.

La primera se dirige a reconocer su autoexigencia y su demanda de éxito como factor condicionante del problema. ¿Que es lo que necesita demostrar y por qué?

La segunda resulta de establecer la relación entre esa poderosa emoción llamada miedo y sus problemas con la erección. El miedo en este caso se ancla en el cuerpo pero no se produce porque si, ya que el miedo nunca es abstracto sino que se une a lo temido. El paciente tiene que comprender que es lo que teme como paso principal para dejar de temer.

En tercer lugar deberá aprender técnicas para reconocer y controlar la ansiedad evidente –aunque muchas veces no es registrada por él como tal- con la que enfrenta la escena sexual y verá la diferencia entre su comportamiento erótico ligado a la ansiedad y centrado en la erección con este otro donde se sentirá más libre y espontáneo.

La sumatoria de las tres tareas tiene como objetivo superar el problema y dejar atrás una muleta peligrosa (la pastilla) , no por sus efectos biológicos, sino principalmente porque efectivamente genera una dependencia comportamental con el fármaco.

Los erectogénicos, son poderosos y útiles recursos para quienes los necesitan en función de su edad y/o limitantes orgánicos, pero riesgosos aliados de quienes quieren comprar a perpetuidad a través de ellos su seguridad y confianza sexual.

Por Roberto Rosenzvaig