Estrés sexual

Efectos del estrés sobre la vida sexual.

Una persona X (autodefinido como tímido), un día determinado, tiene una cita con alguien que le interesa mucho. Se prepara con tiempo, elige la mejor tenida, se perfuma. Visualiza el escenario de encuentro. Sale hacia la cita, pero de acuerdo a las maléficas y conocidas leyes de Murphy, algo empieza a funcionar mal. Demasiado tránsito, semáforos que nunca cambian de luz, un accidente inesperado que lentifica aún más la circulación. En definitiva: retraso. La tranquilidad inicial da lugar a una ligera ansiedad, se mira una y otra vez el reloj, y con cierta angustia se comprueba que se esta haciendo tarde, muy tarde. Al llegar al lugar del encuentro se constata que M., la otra persona, está un tanto irritada por una espera a la que no está habituada. Con una sonrisa encantadora X explica las razones del retardo, que son aceptadas con amabilidad, pero con cierta distancia. A partir de allí X empieza a perder terreno, nunca logra ponerse cómodo, y M empieza a aburrirse, X nota esto, y redobla sus esfuerzos por parecer simpático, inteligente, seguro, exitoso, sensual. Cuando en realidad nota su boca seca y cierta sudoración molesta en las palmas de sus manos. Su empeño seductor choca contra las miradas distraídas de M. y finalmente la cita terminará en vagas intenciones de reencuentro, que probablemente nunca se llevarán a cabo.

El desarrollo de este proceso comienza en el momento en que se produce una dificultad, un tropiezo, que genera una situación de inseguridad. No cabe duda que todos hemos pasado por un momento similar en nuestras vidas: ese no es el problema, sino la sensación resultante de fracaso, de inhabilidad. Nuestro personaje, X, salió del encuentro con su autoestima por el suelo. Pero para él puede ser una excelente oportunidad para entender el proceso por el cual se insegurizó, y por el cual comenzó a mostrar un personaje exagerado y poco creíble. Para X el encuentro fue cada vez más un examen de sí mismo y de sus capacidades, e inconscientemente puso a M en condición de evaluadora. Él se sentía autoexigido, ansioso y en riesgo, peleaba contra lo que sentía un rechazo, sin entender que cuánto más exageraba sus conductas, menos cercanía obtenía. La ansiedad se expresaba además en una ligera sudoración de las palmas de las manos, que le demostraba lo nervioso que estaba. Esta retroalimentación negativa es precisamente una señal íntima de peligro, complementada por un pensamiento complementario “no se que hacer”, “ella no está ni ahí conmigo”. Y así funciona una escalada constante hasta que la persona se siente completamente fuera de lugar o simplemente asustada.

En la situación que describí se presentan dos elementos que combinados tienen un efecto devastador: Autoexigencia y ansiedad.

El señor X de la historia pasó sin escalas de la intranquilidad a un ataque agudo de ansiedad, en este proceso se combinaron cuatro elementos: el ambiente, las emociones, los pensamientos negativos y las respuestas físicas.

Comúnmente las personas atribuyen al ambiente, a los sucesos externos o a la acción específica de otras personas la responsabilidad de sus padecimientos emocionales.

Se percibe al mundo exterior y a los otros como responsables directos de las desventuras, y se actúa defensivamente frente a lo que se siente como un ambiente hostil. Los/las otras aparecen como agresivos o intrusivos o persecutorios o distantes.

Ya decía Shakespeare “las cosas no son buenas ni malas, solo la mente hace que lo sea”, esta intuición psicológica del gran escritor revela el modo en que las experiencias individuales y las creencias dan forma a lo que se percibe. La respuesta de cada sujeto no sigue una pauta previsible y general, sino que pasa por el filtro de la capacidad de los individuos para reaccionar ante cada situación.

Hay varios modos para intentar romper el circuito de temor, que tal vez X pueda llevar a cabo en su próximo encuentro, con M (si es que ella le diera otra oportunidad) o con cualquier otra persona.

En la vida cotidiana, abundan los ejemplos donde la autoexigencia y la ansiedad combinadas inhiben, bloquean o definitivamente impiden a las personas conectarse con las situaciones de placer. Pero si no se toma a la ansiedad como una causa sino como una consecuencia de los factores emocionales que la desencadenan y que muchas veces no son percibidos, es posible articular herramientas para disminuir su impacto.

Cada vez que un paciente relata los sucesos que rodean a su experiencia sexual surgen hechos específicos que dependen de la particular historia de vida de cada uno, y también otros que se sitúan en un plano general y compartido. Dentro de estos últimos se pueden ubicar dos factores relevantes que afectan el normal desempeño de la vida sexual: la exigencia y la ansiedad.

De uno modo u otro, todos hemos experimentado alguna vez los signos que representan un estado de ansiedad: hormigueos en el estómago, palpitaciones, sudoración. Las circunstancias que pueden producir estas manifestaciones son múltiples: desde un encuentro amoroso, una entrevista de trabajo, un altercado, una relación sexual; en fin, todas aquellas circunstancias que provocan o producen un estado de alerta, y que predisponen al sujeto para la defensa o la acción. En este sentido la ansiedad es útil porque ayuda a enfrentarse a las situaciones complejas de la vida cotidiana.

Sin embargo, esta reacción esporádica puede convertirse en un invitado permanente que se presenta en forma crónica o intermitente, bajo la forma de ataques que paralizan al sujeto y le impiden reaccionar en forma adecuada.

La ansiedad puede definirse como un malestar psicológico que se produce de modos diferentes a lo largo de la vida de un individuo. Se la puede ubicar en un continuo que va desde una ligera perturbación ocasional, hasta una grave patología que altera la capacidad de funcionamiento armónico de la persona en distintas áreas de su existencia.

Su modo de expresión puede ser global o específico. Los factores básicos sobre la que se sustenta se relacionan con emociones tales como el miedo, la tristeza, la rabia, la frustración, el rechazo, las expectativas excesivas que los sujetos se forjan acerca de sí mismos y de su vida. La inseguridad expresada en una alerta constante sobre la propia persona (aprehensión), sobre el propio cuerpo y sus funciones (trastornos psicosomáticos), y sobre las ideas (obsesiones).

Las personas aprenden a convivir con la ansiedad, y en general la mantienen dentro de límites controlables, sin embargo para otros se convierte en un monstruo omnipresente, que determina un desequilibrio constante al cual los individuos se adaptan como forma de existencia, y se expresa en un estilo de vida colectivo. Basta observar las interacciones cotidianas características de una gran ciudad, para percibir como las personas se mueven en un cortocircuito emocional; este hecho se expresa en la impaciencia, la intolerancia, la agresión desmedida, en un estado de alerta constante que se hace notorio en la forma de conducir un automóvil, o en una fila de supermercado que se transforma en un caldero de emociones negativas contenidas y estalla ante cualquier conducta del otro que es traducida como falta de respeto, o lisa y llana agresión.

Es obvio y difícil permanecer ecuánime en un contexto de ansiedad generalizada, aunque esta adopte formas encubiertas.

Se podría hablar, aunque parezca excesivo, de una sociedad ansiogénica que admite el conflicto como estilo de relación, aún cuando –en un típico doble discurso- se lo condene públicamente.

Las inquietudes sobre distintos aspectos de la vida cotidiana se hacen omnipresentes; preocupación obsesiva por la salud, el trabajo, los hijos, el dinero, los ansiosos crónicos parecen anticipar siempre un desastre, y aunque comprenden que su estado de ansiedad es excesivo, no pueden desprenderse de ello, y lo expresan en síntomas tales como tensión muscular, temblores, dificultades para conciliar el sueño, dolores de cabeza, irritabilidad, trastornos en la vida afectiva y sexual. La ansiedad se constituye en la base de casi todos los problemas sexuales; es el factor común que vincula a una eyaculación precoz, un trastorno erectivo o una anorgasmia. Varones y mujeres se muestran incapaces de entregarse a las sensaciones eróticas, porque sus pensamientos los alejan de las percepciones corporales, para llevarlos a una situación de espectador de sus propios límites o sus propios fracasos.

Podemos definir este estrés como la reacción del organismo cuando las demandas y exigencias superan los recursos y las barreras defensivas, esta claro que esta reacción puede producirse en cualquier ámbito, pero en el dominio sexual se hace transparente.

Hay que entender el estrés como un trastorno, un desequilibrio básico y no como un momento único y transitorio.

«cada vez hay más pruebas que demuestran que las experiencias estresantes afectan directamente al sistema nervioso». Los estudios realizados sobre enfermedades infecciosas como la gripe, el resfriado y el herpes, proporcionan una evidencia médica particularmente relevante a este respecto. Continuamente nos hallamos expuestos a la acción de estos virus, pero nuestro sistema inmunológico suele mantenerlos a raya, excepto en aquellos momentos en los que el estrés emocional mina nuestras defensas. Ciertos experimentos han demostrado que el estrés y la ansiedad debilitan la fortaleza del sistema inmunológico.

Se han desarrollado distintos programas de reducción de estrés basados en estrategias de afrontamiento que permiten comprenderlo y superar la tendencia básica desadaptativa.

Una persona puede aprender a regular por distintos medios el territorio de sus emociones; a cambiar los patrones de pensamiento que desde la exigencia le producen ansiedad. Otros pueden aprender a reconocer los signos de tensión y desarrollar modos de informar al cuerpo cuando debe relajarse. Y por último están aquellos que deberán modificar los escenarios que conducen a una reacción de alarma, para reemplazarlos por otros donde se sientan más seguros y confiados.

Es decir que nadie debiera considerar a la ansiedad y sus consecuencias como huéspedes permanentes sino como molestos allegados.

 

Por Roberto Rosenzvaig