Conflictos y crisis en la pareja

Los seres humanos pasamos la mayor parte de nuestras vidas en compañía de otros, en relaciones que pueden ser distantes o cercanas en términos de intimidad.

Esta voluntad gregaria determina una búsqueda central en nuestras vidas que se dirige al encuentro de alguien que acompañe de modo temporal -y tal vez permanente- nuestra existencia.

En este proceso somos incitados a buscar el amor y la pasión; luego nos autoconvencemos que ese es nuestro destino y con esa certidumbre nos lanzamos entusiastamente a la persecución de un objetivo ideal: una pareja con la cual podamos iniciar y sostener esos sentimientos. Tan seguros estamos de que eso es posible que aunque fallen los primeros y juveniles intentos, no desistimos, y volvemos a probar, de algún modo es como si recorriéramos un largo camino con una pieza de un puzzle en la mano, buscando la otra figura que encastre.

En cada nuevo intento se arriesga un poco la piel y el corazón; porque sabemos que los fracasos duelen y la ansiedad carcome.

Cuando por fin se encuentra la relación soñada y las cosas comienzan a dar resultado, crece la esperanza, el amor y el deseo de que la relación perdure. Esto se traduce en una gran inversión emocional en esa pareja y –de acuerdo a un tradicional principio económico- cuanto mayor es la inversión menor es el deseo de perder lo obtenido.

El éxito o fracaso de una pareja no es previsible, porque depende de factores personales y vinculares que no son constantes en el tiempo, pero –con independencia del resultado final- este camino irá acompañado de divergencias y conflictos en grado variable. Esto sucede porque la pareja no es un sistema homogéneo y armónico, sino todo lo contrario, ella es más parecida a una montaña rusa que a un viaje apacible por un lago en calma.

Este artículo se centra precisamente en los inevitables problemas, conflictos y crisis que previsiblemente afectarán a una pareja y en las estrategias para superarlos. Está destinado a quienes requieren de herramientas reflexivas y de acción, porque aunque la mayor parte de las personas parecen capaces de reconocer aquellas áreas de confrontación o desacuerdo que producen tensiones y conflictos, esto no significa que sean simultáneamente capaces de evitarlos o trabajarlos eficazmente. Ellos parecen presos de una serie repetida de secuencias e interacciones poco flexibles que los conducen al desgaste.

Los efectos de las tensiones constantes sobre la calidad de la relación son más o menos severos, pero nunca inocuos, por el contrario, sabemos que dejan huellas que se profundizan y que lo más deteriorante es claramente la reiteración incesante de los conflictos que nunca se resuelven.

Las personas que viven o han vivido un escenario de conflictos circulares estiman que de acuerdo a su experiencia existe un orden de importancia en los mismos, y aún cuando no es posible homogeneizarlos completamente -porque lo que es grave para algunos puede ser intrascendente para otros- los principales conflictos se expresan en las siguientes áreas:

Comunicación.

Sexualidad.

Fidelidad o infidelidad.

Estilos y proyectos de vida.

Autonomía y posesividad. (Dentro de este dominio los celos como expresión de posesión)

Intimidad

Cuando el conflicto se transforma en crisis

Si los problemas parecen inevitables en una relación de pareja, no todos llegarán a transformarse en conflicto y crisis. Esto dependerá del tipo y calidad de los recursos para solucionarlos que cada pareja posea.

Los problemas se presentan en la vida de la pareja como desafíos a la capacidad de actuar en forma conjunta frente a un obstáculo. Un conflicto en cambio establece posiciones contrastantes o maneras diferentes de entender el sentido de lo que está sucediendo, quien es responsable y que debe hacerse para superar la situación.

Creo que los conflictos, cuando son entendidos y encarados, se transforman en una oportunidad, no son disfuncionales sino todo lo contrario, porque permiten revisar las bases y el estado actual de la pareja para renovar el vínculo. Si en cambio se los ignora ello conduce a un escenario donde las tensiones superan la capacidad de resolución, esto es lo que generalmente se conoce como crisis.

Esta expresión se usa repetidamente; crisis individual, social, moral, de la familia, crisis económica, crisis política. La crisis, puesta en este contexto, presagia y anuncia hechos dramáticos; pero sin embargo es posible dar otro sentido a la palabra crisis entendiéndola como “un momento decisivo en un asunto de importancia”, entonces parece adecuado aplicar esa idea cuando una situación alcanza un punto álgido y difícil que puede poner a prueba a las personas y los sistemas, pero esta instancia no tiene porque ser asociada en forma automática a un hecho básicamente negativo y mucho menos terminal. La crisis puede plantearse como un modo en que un sistema intenta la salida de una situación ambigua o confusa para desembocar en otra más transparente y mejor ordenada. Su origen surge del griego krisis, que significa decisión y deriva de Krino “yo decido, separo, juzgo”.

El concepto de crisis en psicología, siguiendo esta línea, no solo hace referencia al conflicto, sino también a un conjunto de eventos que dependen de factores múltiples. Muestra un estado de cosas que se han conjugado y buscan un nuevo horizonte.

Hay diferente tipo de crisis, algunas previsibles y otras no. Por ello es que estamos mejor preparados para enfrentar las que más comúnmente afectan nuestra vida y la de las personas con las que convivimos y mucho menos listos para procesar aquellas que devienen de circunstancias accidentales o traumáticas.

En forma general Pittman facilita una categorización útil sobre el origen de las crisis:

  1. Acontecimientos externos. En esta categoría están los percances mayores, desde una muerte súbita en la familia hasta la cesantía.
  2. Crisis estructurales. Estas crisis suceden en parejas que han establecido una relación conflictiva marcada por la inestabilidad y en la que los problemas se transforman en disparadores de la confrontación.
  3. Crisis de desarrollo. Las transiciones psicosociales suceden en distintos momentos de la vida cuando se desarrollan nuevos roles y eso empuja a la negociación, ello tiene particular importancia porque desafía a la construcción de nuevas reglas y límites.

Las crisis evolutivas, por ejemplo, que marcan la transición de un momento a otro de la vida personal; como la que señala la pubertad, o la adolescencia, o el sobresalto emocional cuando llega la hora de cumplir los cuarenta, el nacimiento de los hijos, las separaciones o las pérdidas y de tantos otros eventos que indican instantes demarcatorios en la vida de las personas.

Hay una máxima sociológica que señala que a mayor rigidez de los sistemas menor es su tolerancia a una crisis, debido a ello hay parejas que se rompen con relativa facilidad, mientras que otras tienen la flexibilidad necesaria para aceptar y absorber los cambios que requiere la salida de una crisis, porque en definitiva el desorden no es mucho más que la búsqueda de un nuevo ordenamiento que permita vivir de modo más estable. El problema reside en aprender a tolerar las manifestaciones negativas y trabajar para las soluciones.

Es un proceso en el que se ponen en juego todas las herramientas que el sujeto y la pareja disponen para enfrentar una contradicción, sin embargo la conciencia de que estas herramientas ya no son eficaces no es automática, por lo que se produce un escenario caracterizado por la tensión, la ambigüedad y la confusión, que debe ser entendido y aceptado, para dar paso posteriormente a una reorganización y la adopción de nuevas estrategias.

El ideograma Chino crisis significa peligro, pero también oportunidad.

En términos de pareja es un período en el que los conflictos y dificultades se hacen explícitos: esto puede ocurrir después de años de ignorar las dificultades por uno o ambos o puede ser un momento crítico de cambio en el que se modifican abruptamente las reglas de la relación, se definen nuevos roles y se impone un nuevo modelo de relación.

Por ello que la crisis es un signo de peligro, pero también una oportunidad encubierta, porque se produce una conmoción en lo que toda pareja busca en forma consciente, que es la estabilidad.

Lo que sabemos desde la biología nos indica que los sistemas vivos tienden más al cambio que a la estabilidad, porque este objetivo se hace casi imposible en un medio exterior que se modifica aceleradamente. A pesar de ello los seres humanos vemos en la estabilidad la garantía de éxito y progreso; se busca la estabilidad personal, de la pareja, de la familia, de la sociedad. Frente al cambio, especialmente cuando este se hace imprescindible, surge el temor hacia a lo inesperado, lo inseguro. Y eso lleva a adherirse a recursos que ya son insuficientes.

La crisis pone en tela de juicio los recursos, los métodos, las acciones. Para algunas personas o parejas esta situación de inestabilidad es francamente insoportable y hasta abrumadora por lo que pueden elegir la ruptura de la relación como modo de evitar la prolongación de la agonía.

La crisis también puede ser buscada para develar lo que se mantuvo inconscientemente reprimido durante años, es decir que alguno de los dos agudiza los conflictos, con un sentido y una finalidad, que es terminar con una situación ambigua.

Otros lucharán hasta encontrar un nuevo equilibrio, aunque sea transitorio.

Mucho se ha debatido – en el ámbito de las investigaciones de la pareja – sobre el carácter secuencial o cíclico de los procesos. Hay matrimonios que parecen estar permanentemente saliendo y entrando de situaciones límites que los llevan a sentir la crisis como un estado de vida. Van y vienen en interminables peleas, descalificaciones, amenazas de separación; pero en verdad nunca se atreven a transitar el conflicto con profundidad porque temen vivir sin el otro. Esta situación no es privativa de las parejas con convivencia, porque también puede afectar a los novios enredados en discusiones y reconciliaciones cíclicas, que dicho sea de paso, establecen un pésimo pronóstico a sus relaciones maritales futuras.

Cada momento en el ciclo evolutivo que recorre una pareja puede constituirse en un hito significativo en su historia. Cada momento también ha de presentar conflictos, y estos son los gatillos que pueden desembocar en una crisis. Las crisis principales que ambos tienen que estar preparados para afrontar son:

Las crisis con ” las formas de ser “, con los modos de relacionarse, con el modo de estar juntos (control, posesión, independencia). Esta crisis se produce en los primeros momentos de la unión y en los tiempos inmediatamente posteriores, donde la convivencia va revelando quién es quién en profundidad. Esta develación no siempre es agradable.

-Me pides que sea alguien que no soy,

-Me pides todo el tiempo que cambie.

-Yo me siento estafada, el no era quien es hoy.

Las crisis que marcan la relación con la familia de origen, expresada a través de solidaridades, de rabias o de rencores. Se desafía la estructura del cordón umbilical y la disyuntiva de lo que funcionará en forma privada o compartida acerca de los hechos íntimos de la vida de la pareja.

Las crisis que devienen del hecho de vivir juntos, donde se ponen en juego los estilos de vida y los modos de organizar la vida cotidiana. Quién hará que, cuando y como, que harán juntos.

La construcción del estar juntos en una relación íntima presenta la aspiración personal de cuan separados o unidos quiere estar cada uno.

Las crisis que se producen con relación a las demandas afectivas, de cuidado y protección.

Las crisis en cuanto a la provisión del dinero y su uso.

Las crisis de confianza y credibilidad como las que marcan los celos o un episodio de infidelidad.

Las crisis de crecimiento personal, donde surgen intereses individuales, que no han sido contemplados en el inicio de la pareja, y que obliga a reformular los espacios y tiempos personales.

Las crisis sexuales que se producen en relación con los cambios en el deseo sexual y el nivel de satisfacción erótica.

La crisis esperada, pero no suficientemente evaluada que deviene del nacimiento del hijo y su crianza. Luego del nacimiento ya nada será igual por un tiempo prolongado. Ni los escenarios, ni los tiempos disponibles. Su majestad el bebe redirecciona casi todos los esfuerzos hacia su crianza y demandas.

Las crisis inesperadas como las que devienen de la pérdida de trabajo y la cesantía prolongada, de un accidente severo, de la pérdida traumática de un familiar.

Las crisis con el estilo de resolver los conflictos.

Cada episodio indica un desafío a la capacidad de estar juntos y hacer perdurable un proyecto de pareja. Hay una regla de oro que indica que la felicidad no se logra por la ausencia de conflictos, sino por la habilidad para superarlos. ¡Cuidado con aquellos que creen que el otro les debe la felicidad como un derecho inalienable!

Por ello no hay que temer a una crisis, ni tampoco enmascararla, sino vivirla como la manifestación de una situación que busca un cambio en el que hay que trabajar de común acuerdo.

Muchas veces se supone, incorrectamente, que las parejas felices son las que menos crisis han tenido que sobrellevar, la verdad es exactamente lo opuesto, porque este tipo de parejas se caracterizan por que han sabido enfrentar las crisis en forma conjunta, y a partir de ese proceso han sentido su relación mucho más fortalecida, porque han podido contar con el otro en situaciones límites.

Cada día se presentan eventos por los cuales puede surgir una diferencia en las formas de ver, sentir o evaluar una situación. Hechos simples o más complejos: el uso del tiempo, por ejemplo. Supongamos por un momento que tú llegas a tu casa agotado (o sintiéndote agotado), tal vez lo único que deseas es tomarte un espacio de tranquilidad, para ver las noticias del día o leer el diario, pero resulta que para tu mujer eso no fomenta –de modo alguno- una saludable convivencia, ella desearía cierta colaboración activa de tu parte o por lo menos una pequeña charla a cerca de las cosas que les pasaron en el día. Ese es un problema, porque ambos evalúan positivamente la comunicación y el encuentro y se sienten bien cuando hacen cosas juntos, pero no logran negociar una cierta convergencia de sus intereses. Es un problema, ambos lo perciben como tal y están dispuestos a intentar algunos cambios que faciliten las cosas, por lo que el problema dejará de ser tal.

En cambio, si frente a la misma circunstancia, él piensa que lo único que ella busca es presionarlo para que se haga finalmente lo que quiere; su reacción será la distancia y un cierto resquemor. El cree que ella no lo entiende, ni valida sus necesidades. Está convencido de que trabaja mucho y se merece una cierta consideración. Ella en cambio interpreta que su resistencia a ser más participativo, comunicativo y colaborador esconde por debajo su egoísmo y desinterés, por lo que se frustra, se enoja, también se distancia y en definitiva siente que la relación está perdiendo conexión. Lo ve a él como el principal responsable de lo que está sucediendo.

Ambos están en el territorio del conflicto, porque se oponen y se reclaman mutuamente cambios a los que ninguno de los dos está dispuesto a acceder, porque sienten al otro como culpable y consideran el cambio propio como una debilidad. Los dos están transformando un problema sobre el cual podrían haber establecido acuerdos, en un conflicto abonado por la intransigencia. Se cierran y no son capaces de ver las soluciones, solo los obstáculos.

Están perdidos porque no recuerdan que al principio de su relación sentían como natural la búsqueda del confort y el bienestar del otro, están aislados porque reemplazaron inconscientemente el lugar de la generosidad por el lugar del privilegio.

Una vez establecido el conflicto este puede tomar distintas expresiones: puede estereotiparse, es decir, que se reitera sin mayores cambios en la misma circunstancia primaria, pero también puede expandirse y contaminar otros espacios de interacción. Cuanto mayor sea su área de influencia más cerca estará la pareja de una crisis. De aquí que sólo la conciencia del riesgo al cual se está exponiendo puede revertir el camino equivocado.

Ofrezco otro ejemplo en el que sitúo a una pareja que ha perdido el interés amoroso, porque han descuidado los necesarios rituales para mantenerlo constante, eso es un problema serio, para el cual la combinación de imaginación y acción ofrecen un remedio eficaz. Se verá entonces a esa pareja alerta y preocupada por buscar espacios de intimidad, realizar actividades entretenidas y cambiar rutinas por actos creativos. Cada uno admite el grado de responsabilidad en el distanciamiento y suman sus esfuerzos para no perder la calidad de la relación.

Si ellos, en cambio, en lugar de autoresponsabilizarse, ven en los comportamientos del otro las razones del distanciamiento, si creen que el descuido es parte del alejamiento, si descalifican como repetidos o torpes o insistentes las acciones de acercamiento del otro, si reemplazan la palabra amorosa por la queja, se han instalado en el conflicto. Un día cualquiera se sorprenden distantes y resignados, uno más que el otro o tal vez ambos.

La división se ahonda ¿Y entonces qué? ¿Hacia adonde se dirigen? Surgen las amenazas de ruptura, los reclamos y las odiosidades múltiples. Todo ello va enrareciendo cada vez más el clima afectivo. De pronto descubren que están en la cornisa a un paso del quiebre –en plena crisis terminal- que no desean.

Todos los sistemas de alerta, opacados por la obcecación y la rigidez, vuelen a funcionar. Para algunos ya será tarde, porque hay relaciones que no vale la pena salvar, para otros será el principio del reencuentro. Para que eso sea posible la primera acción de ambos será la de congelar las acciones, silenciar los reclamos y las quejas. Callarse para poder pensar, pensar antes de actuar.

Asumir la recuperación de la pareja como tarea individual en la que uno mismo se compromete sin pedir, ni evaluar si el otro está haciendo lo mismo.

Demandar la propia reflexión y estimular al otro a compartir la pregunta esencial:

¿Qué queremos que pase con nosotros?

¿Cuándo perdimos el camino?

Pregunta que apunta a reconocer el origen del ciclo negativo y las emociones negativas que se han ido produciendo.

No se trata, en modo alguno, de retornar mágicamente a un pasado idealizado, una especie de paraíso perdido inexistente, sino tomarlo como inspiración, porque lo que se produjo o no se hizo en el pasado es inmodificable, pero si es posible entender los hechos pasados sobre una línea vital, en que la pareja determina cuáles fueron los bloqueos que afectaron sus sentimientos y restringieron su amor.

Es probable que entonces descubran que el amor es una elección y una acción, no un sustantivo sino un verbo y si se descuida tristemente se pierde.

Escenarios de conflicto en las relaciones de pareja

Robert Sterberg, un conocido psicólogo, sugirió algunos problemas en las relaciones amorosas, que los terapeutas de pareja reconocemos como temas centrales de las parejas en crisis. De su texto tomo en este caso algunos subtítulos, aunque el desarrollo de las ideas es de mi autoría.

Nos peleamos mucho.

Si bien las confrontaciones en una pareja son parte de la convivencia, el problema surge ante la reiteración de las mismas. Cuanto menos relevantes son los motivos del conflicto, más serios son en términos de crisis, porque si no se pueden solucionar los detalles mínimos, que pensar acerca de los verdaderamente relevantes. Cuando “las tonterías” desencadenan enfrentamientos que nunca se resuelven se produce un notable deterioro de la calidad de vida.

La incapacidad de tomar acuerdos o negociar es el eje central de las peleas, ninguno de los dos quiere ceder espacios o perder privilegios, con lo cual es obvio que la fantasía de ganar esconde la realidad de que ambos se convierten en perdedores.

Mi pareja no me comprende o yo no comprendo a mi pareja.

La comprensión incluye dos elementos centrales; la empatía y la capacidad de escucha, cuando ambos se ausentan crece la sensación de convivir con un extraño, alguien que está siempre en otro planeta cuando se le habla de hechos que se desean compartir. Comprender quiere decir entender, pero aquí no se trata de un problema intelectual, y menos auditivo, sino de distancia emocional.

Cuando alguien declara no entender al otro, esto significa ni más ni menos que dejó de entenderlo, porque no cabe duda que alguna vez pudo hacerlo, entonces los mundos perceptuales ahora no están conectados y el lenguaje de cada uno representa visiones del mundo diferentes. Cada cual se vuelve autoreferente y entiende los hechos desde su propia perspectiva. Se centra en sí mismo y toma cada vez más distancia de lo que podría representar para su pareja.

A medida que el conflicto aumenta la perspectiva se torna más estrecha.

 Mi pareja y yo no tenemos una buena comunicación.

Este punto está en relación directa con el anterior, y es uno de los elementos centrales que las parejas mencionan cuando se refieren a los factores que producen la separación. La comunicación (conversaciones) es el eje que permite compartir las experiencias vitales, favorables y desfavorables, y uno de los pilares de la intimidad. Cuando se pierde o se deteriora es sinónimo de lejanía. Las parejas que no son felices en su matrimonio son rígidas e inflexibles en su patrón de comunicación; expresan negativismo, es decir comienzan casi todas sus frases con una descalificación o censura de lo que dice el otro. La palabra no acaricia sino que hostiliza.

 Mi pareja y yo no nos deseamos. O yo no deseo a mi pareja.

El deseo sexual es un barómetro eficiente para diagnosticar la distancia entre ambos. Está siempre presente como un testimonio de la falta de interés creciente. O del rechazo que ya no se puede disimular. Le puede suceder a cualquiera de los dos, y es un mensaje claro de un conflicto creciente.

 No encuentro satisfacción sexual con mi pareja.

 Claramente vinculado con el punto anterior, la satisfacción sexual es la resultante de prácticas eróticas adecuadas en conjunto con la cercanía afectiva. Cualquier escisión tiene consecuencias claras sobre la calidad de la unión.

 Me siento atraída/o hacia otras personas. O mi pareja parece sentirse atraído hacia otras personas.

El problema con este tópico no reside en que sea de por sí negativa la atracción transitoria hacia otras personas, en realidad es un hecho sumamente corriente, como lo son las fantasías eróticas; el conflicto se produce cuando esta atracción es notablemente mayor o reemplaza a la que se siente por la propia pareja. Si al principio de una relación la mirada externa puede valorizar los atractivos físicos o de conducta del compañero, en esta instancia en que todo parece limitado, carente de energía o de pasión, aparecen fantasías de substitución de la relación original por otra más excitante, interesante o adrenalínica.

Tenemos cada vez menos cosas en común.

Esto sucede porque las personas cambian en sus gustos, ideas y proyectos. En ese proceso no hay un acompañamiento mutuo; estas parejas separan sus mundos de interés y acción y no logran hacerlos coincidir en punto alguno. Sólo se sienten vinculados a través de los hijos y los problemas económicos.

 Mi pareja es demasiado exigente y posesiva conmigo.

 La exigencia y la rigidez restringen la autonomía y la capacidad de afecto. Esta situación coloca a uno de los dos, o a ambos en una actitud de supervisión activa permanente. Es frecuente ver a estas parejas involucradas en un esquema de defensa y ataque, aunque la exigencia suele disfrazarse de interés, en realidad aparece como control y descalificación.

Mi pareja no entiende mis necesidades, ni me apoya.

El tema de las necesidades se ubica en una delicada balanza donde uno de los dos puede pensar en que entrega lo máximo de sí y recibe lo mínimo que anhela. Las demostraciones de afecto, ternura, interés desaparecen para ser reemplazadas por demandas.

En el centro de este escenario se sitúa el conflicto con la capacidad de acoger y ser acogido.

Él o ella no me dedica suficiente tiempo.

 En el comienzo de una pareja suele establecerse una línea de prioridades que ambos comparten, esta apunta al fortalecimiento del vínculo amoroso y la intimidad. Todos sentimos alegría cuando la persona elegida nos muestra interés y piensa en nuestras necesidades, ello nos lleva a actuar de forma complementaria aumentando el placer de compartir. En cambio cuando las prioridades se desplazan hacia otras opciones, como los amigos, los hijos o el trabajo; se genera una restricción en las oportunidades de estar juntos y se limita asimismo la calidad de la convivencia.

 Estoy aburrido de mi relación.

El aburrimiento o la “lata” sucede cuando la emoción desaparece en las relaciones; esta sensación se produce ante la percepción de que todo se repite de modo más o menos uniforme, y que alguno de los dos se hartó de proponer cambios. Te quiero pero no te amo es una declaración síntesis de esta posición.

En este punto específico voy a extenderme más porque de algún modo sintetiza todos los tópicos anteriores.

En la vida de una pareja hay momentos gratos y otros amargos: en cada uno de esos instantes se dicen cosas que pretenden sintetizar en palabras las emociones involucradas.

Se pronuncian frases, algunas intranscendentes y otras que suelen dejar huellas que pueden hacer muy difícil su olvido, tanto en un sentido positivo como negativo. Las más perdurables son aquellas que se relacionan con los sentimientos. Uno siempre recuerda las declaraciones de amor que expresaban la intensidad del momento, y las recuerda tanto como aquellas otras hirientes o condenatorias que señalan el desamor.

Algunas expresiones, aunque sean hirientes o descalificadoras, pueden ser olvidadas o perdonadas, porque se entiende que han sido pronunciadas en forma irreflexiva, sin embargo otras expresan un estado de cosas largamente reprimido. Son, en un cierto sentido, lapidarias.

-Te quiero, pero no te amo-. Es una de esas expresiones límites en la vida afectiva de una pareja, porque quiere sintetizar el estado del vínculo. Cuando uno dice esta frase, está  poniendo en tela de juicio el sentido y la continuidad de la relación.

¿Qué se quiere decir con ello? ¿Que representa para una persona el cambio del amor a una sensación de cariño desapasionado?

Los investigadores de la psicología de los vínculos de pareja afirman que las personas se unen por pasión, pero que perduran juntos en el tiempo por la firmeza y calidad de los lazos afectivos. Si esto es cierto, entonces es precisamente el cariño el que hace más sólidos y perdurables los vínculos. Lamentablemente esto no opera del mismo modo para todos; hay muchas personas que tienen una necesidad imperiosa de sentir una pasión amorosa similar a la que caracterizó los comienzos de la pareja, y no se adaptan a los cambios que una relación prolongada produce en esas emociones.

Lo complejo de este problema es que no se trata de parejas con malas relaciones cotidianas; las más de las veces se llevan bien, se respetan, comparten confidencias, son buenos criadores de sus hijos, y se los ve a menudo tomados de la mano, exhibiendo ante los demás la calidad de su relación, son vistos por los otros como las parejas perfectas y envidiadas. Sin embargo es en el territorio de la intimidad donde se muestra el conflicto, porque los años los han transformado en muy buenos amigos, pero a cambio han perdido la calidad pasional en su vínculo. Esto no se refiere en exclusiva a la vida sexual, sino a todas las acciones que muestran entusiasmo amoroso, son -en un cierto sentido- demasiado previsibles el uno para el otro, han perdido la capacidad de sorpresa.

Este proceso de entumecimiento emocional lleva a que cualquiera de los dos, y en ocasiones ambos simultáneamente, comiencen a percibir una fuerte sensación de carencia, que se expresa en distintos aspectos de la vida cotidiana. Uno de los más notorios se produce en torno a las relaciones sexuales, que se hacen esporádicas y rutinarias, con dificultades crecientes en la concentración, es como si de pronto los pensamientos se fugaran de la escena, y solo quedaran dos cuerpos en movimiento.

Las parejas que advierten lo peligroso de esta situación buscan decir o hacer cosas diferentes que los devuelvan a emociones que conocieron en el pasado, otros simplemente se deslizan hacia un conformismo con ese estado de cosas, con el riesgo de que aparezca en el horizonte individual otra persona que active el volcán dormido.

La pregunta más difícil de responder que formulan estas parejas cuando llegan a terapia, es: ¿Se puede recuperar el amor? ¿Podremos reencantarnos?

Nadie puede responder esa pregunta, porque no se trata de un simple reordenamiento de acciones, es mucho más complejo y profundo, ya que apunta a desnudar ocultas expectativas, deseos frustrados, afrontando uno de los desafíos más serios que se presentan en la historia de un vínculo, como lo es revitalizar una relación que ha modificado su calidad original, volcándose del amor al cariño. Para que esta transición no sea una pérdida se tiene que poder mantener o recuperar los lazos pasionales.

Reencender la llama, reencantarse, renovar la seducción. Uno ha escuchado tantas veces estas expresiones que tiende a creerlas solo parcialmente.

Son como declaraciones de intenciones, positivas en el fondo, pero difíciles de lograr, porque los miembros de esa pareja tienen poca credibilidad en sus propias capacidades y tienden a frustrarse rápidamente si las cosas no resultan.

Yo me declaro un poco escéptico en cuanto a la posibilidad real de eso que se llama reencantamiento, porque implica generalmente la idea de hacer resurgir las emociones desde un pasado en el cual la atracción entre ambos fue intensa. Eso puede ser absolutamente cierto, pero pertenece a otro tiempo y a personas que han cambiado. No son las mismas que vivieron aquellas experiencias, ni pueden serlo.

No se puede retornar al pasado, se lo puede recordar y tomar de allí los elementos que fueron positivos. De algún modo la propuesta consiste en recrear las condiciones que facilitaron el encuentro y la conexión, renovar la relación, con la clara conciencia de que lo que se busca no es la pasión arrebatadora, sino una conexión íntima renovada y original.

Por Roberto Rosenzvaig