Terapia Sexual

Terapia Sexual

La palabra sexología fue usada por primera vez hacia fines del siglo XIX, de acuerdo con los descubrimientos antropológicos, científicos, sociales de la época.

El problema central en ese tiempo se radicó en las llamadas perversiones y en la psicopatología de las consideradas desviaciones sexuales.

En la sexología contemporánea, en cambio, el foco se desplazó hacia la presencia o ausencia de deseo, satisfacción sexual y orgasmo.  Estableciendo la disfunción sexual como denominador común para todas las alteraciones que afectaran este ciclo (supuestamente) normal.

Una vez establecido y aceptado este modelo se desarrollaron terapias específicas, llamadas sexuales, para corregir las alteraciones del comportamiento erótico de acuerdo con un modelo médico instaurado desde las investigaciones de Master & Johnson en la década del 60.

Con el paso del tiempo y el desarrollo de nuevas teorías y prácticas psicológicas que se centran en el individuo y sus relaciones, se pasó de las alternativas simples y mecánicas a otras más complejas, donde se comprenden e integran las relaciones afectivas y emocionales que son el sustrato básico de la vida erótica de los sujetos.

La terapia sexual de hoy se define como un conjunto de prácticas terapéuticas que se caracterizan por trabajar sobre un motivo de consulta concreto, focalizado y en un breve período de tiempo.

Se basa en estrategias tales como: La facilitación de la comunicación íntima, la reducción de ansiedad a través de técnicas específicas que se enseñan a los pacientes, el enriquecimiento de los contactos eróticos y la resolución de los síntomas que dificultan el proceso de dar y recibir placer, tanto como cuando afectan al sujeto como a la pareja.

En ese camino es relevante que el paciente revise y comprenda cuáles son los modelos que ha aprendido a lo largo de su vida y que lleva consigo en forma consciente o inconsciente. Los modelos no son únicos ni generales, dependen de la formación que cada persona ha tenido en su desarrollo: de la familia, la educación y las experiencias por las que ha pasado. Pueden ser rígidos o flexibles, cuanto más rígidos mayor será la auto demanda sobre el cumplimiento y también mayor la exigencia sobre sí mismo y el rendimiento.

Hay que entender que cualquiera que sea el síntoma sexual que presenta el individuo este se inserta dentro de pautas de interacción con otras personas, no es un acto solitario, sino que influye en la relación en su conjunto y a su vez es afectado por ella. Esta afirmación es válida para cualquier pareja con independencia de la orientación sexual que tenga.

Si algún avance significativo han tenido las ciencias humanas en la última década lo ha sido en el campo de las neurociencias, lo que nos permite entender cada vez más las bases cerebrales sobre las que se sustenta complejidad evidente de los problemas

El hecho de que realicemos una terapia pragmática, en el sentido de que se buscan resultados objetivos visibles a través de los cambios positivos que va experimentando el paciente, no significa que se pierda el sentido emocional de ese cambio. Eso nos diferencia básicamente de quienes centran todo su accionar en una base farmacológica endeble, la llamo endeble porque aún no existe ningún medicamento que sane (en el sentido de cura) una disfunción sexual cuando ésta carece de una causalidad definidamente orgánica, que es lo que sucede en la mayor parte de los casos. La sexología, entendida de esta manera es una acción directa sobre el problema, donde el sentido del síntoma para el paciente desaparece. Puede funcionar o no, porque ningún medicamento es invariablemente exitoso.

Llegar a una terapia nunca es una decisión menor o intrascendente, por lo general se hace porque las personas están inmersas en un conflicto individual o relacional que no logran superar por sí mismos.

La inversión en dinero, tiempo y energías es alta para desperdiciarla. Y un fracaso terapéutico es decepcionante porque quita la motivación y disminuye la creencia en que el cambio es posible

Todo paciente, cuando acude a un especialista, tiene la expectativa de que este le brindará lo mejor de su conocimiento y experticidad para ayudarlo, pero en ocasiones sucede lo contrario y se ejerce lo que llamamos iatrogenia, que es el daño causado por un procedimiento médico y también psicológico inadecuado.

Los problemas sexuales requieren, para ser resueltos con eficiencia, de un acabado conocimiento de los factores intervinientes, para evitar que el esfuerzo y expectativa de los pacientes pueden conducir a una temprana frustración.

Una buena terapia se diferencia de otra mediocre en base a distintos factores. Pero la base está en quién y cómo la realiza.

No es este el lugar para debatir sobre teorías y prácticas psicológicas, cada una de ellas establece una visión sobre el sentido de los síntomas y los mecanismos para su resolución. Cada profesional capacitado es capaz de ayudar con su experticia a quienes lo consultan y confían en ellos.

Cada vez que un paciente –solo o en compañía- demanda de asistencia profesional, deposita en ella una cuota alta de expectativas, que si son frustradas por un mal manejo clínico, establece una pérdida de confianza en sí mismo y en los recursos de los expertos.

Todas las terapias tienen indicadores de éxitos y fracasos, y ellos dependen tanto de la experiencia y la responsabilidad de los clínicos, como de la motivación y persistencia de los pacientes. Si se suman estos dos atributos positivos el éxito, representado por la solución del problema, será factible.

Por Roberto Rosenzvaig

 

 

 

Sexualidad normal

Sexualidad normal

¿Que persona que esta leyendo este artículo se considera sexualmente normal? Creo que la mayoría respondería afirmativamente.

Hagamos la pregunta el revés, es decir, quién se considera sexualmente anormal. Muchos menos probablemente.

Aquí el tema se pone interesante porque como? y donde? se traza el límite entre ambas posiciones.

Para responder “objetivamente” se harían necesarias las comparaciones, pero no existe ningún manual ni estudio universal de usos y procedimientos, ni un listado exhaustivo que regule lo que se considera normal o anormal en la vida sexual de las personas “normales”.

Se que estoy repitiendo el término y las comillas pero lo hago intencionadamente para excluir a todos los actos que contemplen violencia, abuso, explotación, daño intencional y que no resulten de un acuerdo consciente y voluntario entre adultos.

Durante siglos lo que se consideraba normal en sexualidad quedó identificado a priori con lo natural y aceptable. Había, pues, vías anatómicas naturales para las relaciones sexuales, posiciones sexuales naturales, finalidades y parejas eróticas correctas. Y aunque dichas regulaciones pudieran operar más en el plano del ideal que en el dominio de las conductas concretas, de todas formas persistieron en el tiempo como un referencial de comparación y como un elemento de presión.

Durante siglos lo normal se asoció a lo moral, pero como la moral no es un atributo genético con el cuál nacemos, ni es eterna o inmutable y menos aún universal, al fin resulta en una enorme variabilidad que deja espacio para lo que se dio en llamar “virtudes públicas y vicios privados” (doble moral).

Lo normal quedó también atrapado por la estadística, cuando se supone que lo que practica la mayoría resulta el canon deseable al cual debieran ajustarse los deseos personales, afirmación tan absurda como poco sostenible.

Los elementos de análisis que acabo de mencionar son regulaciones producidas desde distintos lugares de saber y poder sean estos científicos, religiosos y otros similares.

Esto es relevante porque en un dominio como el erótico el esfuerzo por ajustarse a un patrón de normalidad empobrece la expresión emocional y estrangula la espontaneidad.

Nadie debiera sentirse obligado a cumplir con cierto tipo de frecuencia sexual porque la estadística así lo señala, ni restringir las caricias, posiciones o cierto tipo de estímulos porque se sitúen en el límite de lo aceptable e inspiren más vergüenza que placer sexual.

Toda regulación extrema opera como un límite en la capacidad de dar y recibir placer y la preocupación por lo normal oculta el temor a las consecuencias de expresar libremente los propios deseos o de reconocer las propias trabas.

Es cierto que nadie debería sentirse obligado a hacer lo que personalmente se rechaza por satisfacer los deseos egoístas de otro, especialmente cuando el argumento que se esgrime se basa en la supuesta normalidad del acto. Pero también es cierto que el rechazo puede justificarse con el mismo argumento.

Lo normal debiera ser tomado entonces como un marco de referencia, un espejismo que algunos se empeñan es sostener como único o verdadero.

Mi sugerencia es que no nos preocupemos de la normalidad de lo que estamos haciendo, sino del placer compartido.

Nada hay de normalidad o anormalidad intrínseca en los comportamientos sexuales cuando son producto de acuerdos entre adultos formulados libremente. Porque como dice el viejo refrán “en el pedir no hay engaño”.

 

Por Roberto Rosenzvaig

 

 

Adicción sexual.

Adicción sexual.

Este artículo ( el primero de 3) es un breve resumen de algunos aspectos tratados en mi último libro: “Demasiado Sexo” quienes se interesen en profundizar el tema pueden hacerlo a través de su lectura.

En el Libro verde de los adictos sexuales anónimos se dice:

“Antes de acercarnos a adictos anónimos ninguno de nosotros sabía que nuestro problema tenía un nombre. Todos sabíamos que no podíamos controlar nuestra conducta sexual. Para nosotros el sexo era una forma de consumir nuestras vidas. Aunque los hechos de nuestras historias fuesen diferentes, nuestro problema era el mismo. Éramos adictos a los comportamientos sexuales, a pesar de las consecuencias”.

El sexo importa, preocupa, estimula, deprime, aumenta la ansiedad o la disminuye, genera culpa o alegría, placer o displacer, amor o agresión; es decir que no se vincula con ningún comportamiento específico ni con una emoción determinada. No es un recorte separado de la personalidad, de la cultura o de las relaciones de género. Por el contrario, el acto sexual está totalmente acotado por estas características y por las circunstancias en que se desenvuelva. La biología y la cultura le dan un entramado único.

La biología nos ha programado como especie hacia la reproducción, y para eso inventó el intercambio sexual como forma eficiente de producir la fecundación, dotándonos de centros de recompensas cerebrales, hormonas y neurotransmisores. Hasta allí todo perfecto (salvo un cierto exceso de testosterona en los machos de la especie) pero luego nos abandonó a nuestro propio desarrollo y quedamos huérfanos de códigos genéticos que señalaran que otros comportamientos, emociones y actividades se incluyen en la relación sexual. De allí que hace unos 2.000 años se viene debatiendo y regulando sobre quién, cuando y como hace que, con quien o quienes. Y evidentemente aún no hay acuerdo. Cada sociedad en cada época histórica, desde el paleolítico hasta la fecha ha construido una trama en el cual se desenvuelven las relaciones eróticas.

La mayor parte de las personas que conocemos desean mantener relaciones sexuales satisfactorias y las buscarán a lo largo de su vida de acuerdo a la orientación de su deseo.

Otros y otras se apartan de la norma general, hacia los extremos de un continuo que por un lado se representa en el desinterés erótico que algunos han llamado “anorexia sexual” y en el otro por quienes hacen de la sexualidad un dominio central de su existencia.

Yo no se, ni quiero creer que existe un deseo sexual normal medible y cuantificable y que todo lo que se aparte de ese centro resulte sospechoso, amoral o directamente patológico, esta mirada está sustentada desde perspectivas religiosas, morales o pseudocientíficas; más bien pienso todo lo contrario. Sin embargo, tanto la ausencia o disminución significativa del deseo sexual como su exacerbación, tiene consecuencias sobre la vida de las personas y de sus parejas.

En un libro anterior “Amor y desamor en la pareja” desarrollé extensamente el tema del bajo deseo sexual. En cambio en este nuevo trabajo quiero profundizar en el otro extremo del continuo.

Gabriel García Márquez dice que el secreto de la felicidad es hacer aquello con lo que uno disfruta. Cada quien puede entender el “aquello” que menciona la frase de acuerdo a sus particulares gustos y anhelos, pero el problema de un adicto es que sus comportamientos no se rigen por el disfrute, sino por la ansiedad y la compulsión. No es un hedonista (aunque lo pueda creer) sino tal vez todo lo contrario.

La palabra adicción proviene del latín “addictus”, de ad (hacia) y “dictus” (decir) o sea para decir, o declarar. Su significado original era estar obligado, dedicado o entregado a alguien, en Roma un “addictus” era el deudor que por falta de pago terminaba siendo adjudicado o entregado como esclavo a su acreedor.

Este impactante origen etimológico se mantiene como idea en el significado central del termino adicto, pero sin embargo hoy el concepto se ha desdibujado al expandirse hacia algunos comportamientos que resultan más frecuentes o reiterados que otros, ejemplo: si tomamos más café que nuestros compañeros de trabajo seremos café adictos, si vemos más televisión TV adictos y así hasta el infinito, de modo tal que habría que ser cuidadosos para no usar el término en forma general sino ajustado a aquellos comportamientos que cumplen con las condiciones de una adicción.

Si se ha hecho cada vez más común -y esto no es producto de una casualidad- que en la mayor parte de las familias haya uno o varios miembros que toman alcohol en exceso, que comen demasiado, que fuman, son devotos de la cafeína, de la televisión o están eternamente enganchados a Facebook, twitter, enviando o recibiendo mensajes a través de los varios grupos de whatsApp. De los cuales parecen no poder desprenderse.

Que ingieren antidepresivos o sedantes nerviosos como si fuesen caramelos, que son trabajólicos, que compran ansiosamente sin un criterio de necesidad, y todo esto sucede porque las personas se han habituado a convivir con la ansiedad y la compulsión, y a admitirlas –no como un trastorno del comportamiento- sino como parte de un estilo de vida- que incluye un efecto de normalización y banalización de la ansiedad, como si esta fuese inevitable.

Por eso se pierde de vista cuando la ansiedad se convierte en hegemónica, dominando las acciones que hasta ayer podían ser racionales, porque la conducta compulsiva, nutrida por la ansiedad, trasciende a la reflexión y a la conciencia. Esta es la diferencia entre el impulso y la compulsión, el primero es manejable (hasta ciertos límites) y no opera como una necesidad absoluta; la segunda coloca al individuo en un conflicto extremo entre la realización del acto y la angustia por su frustración.

Se ha discutido y diferenciado entre las necesidades básicas, con pretensión de universalidad, y aquellas otras creadas y sostenidas por una sociedad en particular.

Nuestra sociedad se caracteriza por la generación de nuevas necesidades que se suman a las básicas, que no son de producción espontánea, ni emergen de una masa crítica, sino que son creadas constantemente a través de una oferta interminable de productos y servicios-incluidos los sexuales- que incitan al surgimiento de nuevos consumidores llenos de expectativas de satisfacción.

Hay diferentes factores que sostienen este proceso ascendente, entre otros, la cada vez más sencilla accesibilidad y disponibilidad de los productos, la instantaneidad al momento de obtenerlos y la globalización de ofertas.

La estructura de producción y consumo de la que depende y sobre la que se sostiene la economía de mercado ha producido y fomenta el desarrollo de una serie de conductas compulsivas y no reflexivas al momento de adquirir un bien o un servicio. El impulso de posesión no pasa por la conciencia de necesidad sino que remite a un acto muchas veces irracional, por el cual el sujeto obtiene una gratificación instantánea. El individuo se transforma en lo que tiene, y lo que tiene lo identifica en su posición en la sociedad.

El objeto de deseo al cual se liga la conducta compulsiva produce una tensión psíquica que solo se libera con la realización del acto, sea cual fuere, desde una compra hasta una relación sexual, el que una vez cumplido suele-pero no siempre- generar rechazo o culpa, hasta que se olvida este sentimiento y se reanuda el ciclo.

El campo de los comportamientos adictivos es muy amplio, pero mi objeto de interés se acota hacia las llamadas adicciones sexuales, aunque no como fenómeno único, sino en conexión con todas las nuevas adicciones que ha generado y seguirá generando el mundo contemporáneo. Mi propósito es avanzar en la comprensión de los sujetos que hacen de sus búsquedas sexuales un eje central de la vida, aún cuando les ocasione dolor, pérdidas de toda índole, además de empobrecimiento afectivo y espiritual.

Mi experiencia se basa en los adictos sexuales que conocí y con los que he trabajado, por ello pueden estar ausentes los casos de exhibicionistas, voyeristas, acosadores, etc. No porque los ignore, sino porque cualquier referencia a ellos sería más teórica que experiencial. Además estas personas difícilmente llegan a una consulta, solo cuando se ven forzados, por problemas legales o familiares.

Otra omisión relevante aquí son las mujeres con adicciones sexuales, no porque no existan, sino porque son muchas menos que los varones, y por eso mismo solo he tenido la oportunidad de ver en terapia a tres pacientes, a todas luces un número insuficiente para hacer cualquier tipo de análisis, comparado con los 58 casos en que se basa mi experiencia terapéutica con varones, tanto heterosexuales como homosexuales.

La tercera parte de este artículo, que presento separadamente, se destina a justificar mi elección de un tipo especial de formato terapéutico para ayudar a los adictos a controlar y o superar su adicción sexual.

Por Roberto Rosenzvaig

 

 

Terapia de parejas del mismo sexo

Terapia de parejas del mismo sexo

En numerosas ocasiones recibí correos o consultas telefónicas donde una voz masculina o femenina preguntaba si yo hacía terapias con parejas del mismo sexo.

-Por supuesto que sí. Respondía invariablemente.

Luego, en algún momento me pregunté: Por que un terapeuta de pareja rechazaría hacer terapias este tipo ?

Voy a omitir la hipótesis del factor homofóbico, porque sería demasiado evidente, creo que hay terapeutas que no se sienten cómodos con pacientes gay, pero supongo que ese es su problema.

El tema es si estas terapias son diferentes de otras o si requieren algún tipo de habilidad terapéutica especial.

Las parejas del mismo sexo que tienen una relación de convivencia y que intentan prolongarla en el tiempo, pueden tener conflictos o atravesar crisis del mismo modo que una pareja heterosexual.

El ideal de vida en pareja no es una exclusividad heterosexual y cada vez hay más gays o lesbianas que deciden vivir esta experiencia, al hacerlo enfrentan dificultades similares a las de cualquier otra pareja.

Sin embargo ni las bases de los conflictos, ni las terapias para la pareja son idénticas.

Hay muchas razones por las cuales estas terapias difieren de las de las parejas heterosexuales.

En principio las dinámicas al interior de la relación son diferentes y más flexibles porque no hay modelos y roles sexuales tradicionales que seguir o sobre los que generar conflictos.

Por ejemplo: Los miembros de las parejas de gays o lesbianas no suelen asignar roles para las tareas de la casa, como si uno de ellos fuese el “esposo” y el otro “la mujer”. Aunque la división de tareas no sea equivalente, negocian mucho mejor la distribución de las mismas de acuerdo a los distintos intereses, habilidades y el tiempo disponible de cada uno.

Las parejas de gays y lesbianas tienen que adaptarse a la ambivalencia de una sociedad que en términos de discurso político acepta la homosexualidad, pero se crispa ante las demostraciones concretas de esas uniones, de allí la falta de espacios sociales abiertos donde puedan mostrarse como parejas, restringidos además por un medio social que todavía presenta marcadas señales de homofobia, esto hace que sea más común la interacción en grupos de pares o en lugares definidos como “gay friendly” donde se admitan los gestos de amor u otros sitios donde puedan desplegar su intimidad.

Un aspecto relevante, relacionado con ello, es que muchas parejas del mismo sexo reservan el secreto de su convivencia ante sus familias, sus conocidos, colegas o compañeros de trabajo, por el temor fundado a ser rechazados o discriminados.

He atendido distintas parejas cuyos integrantes desempeñaban distintos tipos de trabajo. Los menos expuest@s son los y las que tienen trabajos independientes. Pero aquellos que se desempeñan en corporaciones o instituciones (empresas, clínicas, etc que mantienen una estructura tradicional) no se muestran dispuestos a mostrar su vida privada ante sus pares. En cierto modo se adaptaban al axioma difundido en una época no muy lejana dentro del ejército de EUA: don’t show, don’t ask, don’t talk ( no muestres, no preguntes, no hables).

Mostrarse o invisibilizarse puede ser un tema de conflicto en la pareja, porque no necesariamente ambos coinciden en una de las dos opciones. Es frecuente que uno de los dos se muestre menos dispuesto a revelarse abiertamente.

La decisión de permanecer en “el closed” o salir de el, son opciones que pueden cambiar de acuerdo a las circunstancias y a la evolución individual, pero ningún terapeuta debiera deslegitimizar una para ensalzar la otra. Ni condicionar la existencia de la pareja a igualar el grado de exposición deseado. El problema está en el compromiso, no en la demostración pública del vínculo.

El temor presente en estas parejas es que el ocultamiento refleje la falta de compromiso y adicionalmente genere inseguridad tanto sobre la firmeza del vínculo como de la opción sexual.

Fenómenos tales como los celos, la posesividad (mayor en parejas lésbicas), la agresión, la lucha de fuerzas, las diferencias en torno al deseo sexual y a las prácticas sexuales, las dificultades en la comunicación o en la expresión de cariño, finanzas, estilo de vida, parecen ser similares en todas las parejas con independencia de su orientación sexual. Lo que parece diferente es el modo en que el conflicto es manejado. Las parejas de gays y lesbianas están más orientadas a la resolución consciente y comprometida de los conflictos que las parejas heterosexuales. Aunque sus tasas de separación son altas. lo notable no es esto, sino como son capaces de dar estabilidad a la relación, sin la presencia de hijos o barreras religiosas, familiares y sociales que puedan dificultar una separación.

Muchas de las crisis en parejas gay se presentan en las demandas de exclusividad sexual, que los estudios muestran como baja, en comparación con las parejas lésbicas. En sí mismo que una pareja sea exclusiva o abierta en términos sexuales, no determina la calidad de esa pareja, sino los conflictos que aparecen cuando alguno reclama exclusividad mientras que el otro elige la multiplicidad.

Si tomamos un modelo que muestre los elementos estructurales sobre los que se apoya una relación de pareja, este debería ser útil tanto para una pareja heterosexual como homosexual. El modelo triangular que incluye pasión, intimidad y compromiso es válido en la medida que muestra elementos generalmente presentes en una pareja que se identifique como tal y también lo que sucede cuando estos se debilitan o ausentan.

Si una pareja no ha logrado superar sus conflictos autónomamente pueden recurrir a una asistencia externa, sea en forma de orientación o psicoterapia.

Sin embargo la elección de un terapeuta no es sencilla, porque debe encontrarse a quien garantice que la terapia este libre de prejuicios o preconceptos y comprenda las características especiales de estas parejas. El sesgo negativo resulta de creer que los problemas que se presentan se deben a los conflictos en torno a la homosexualidad, pasada o presente.

En resumen, considero que con las salvedades anunciadas, las parejas compuestas por personas del mismo sexo se benefician de una terapia, sin que su orientación sexual establezca una diferencia profunda en los métodos y las técnicas utilizadas. No son pacientes “especiales”, ni requieren terapias “especializadas” sino las dirigidas a individuos que desean que su pareja funcione y les brinde felicidad.

Por Roberto Rosenzvaig

Te quiero, pero no te amo

Te quiero, pero no te amo

Te quiero pero no te amo.

 A ti… ¿ te dijeron alguna vez estas fatídicas palabras? Si las oíste de la boca de la persona que amabas o amas, recordarás el impacto emocional que se produjo cuando las escuchaste, y eso sucede porque por lo general ellas representan una declaración que incluye una velada amenaza de ruptura de la relación, o por lo menos, un diagnóstico claro de insatisfacción.

 En la vida de una pareja hay momentos gratos y otros amargos: en cada uno de esos instantes se dicen cosas que pretenden sintetizar en palabras las emociones involucradas.

Se pronuncian frases, algunas intranscendentes y otras que suelen dejar huellas que pueden hacer muy difícil su olvido.

Las más perdurables son aquellas que se relacionan con los sentimientos, y que contienen emociones positivas como las que expresan amor y otras negativas para la relación como las que se vinculan con el resentimiento, la intolerancia o la agresión. Muchas personas dicen palabras hirientes, condenatorias, casi como al pasar (inconscientes), o al calor de un debate interno de la familia. Otras veces se las pronuncia masticando con placer “perverso” el resultado que habrán de causar en quienes las escuchan. Después de emitidas no hay vuelta atrás, porque el efecto que producen es intenso, y aunque algunos puedan arrepentirse “lo dicho, dicho está”. Es posible que no se perciba una consecuencia inmediata, pero el mensaje quedará flotando en el ambiente de la relación.

Algunas expresiones, aunque sean hirientes o descalificadoras, pueden ser olvidadas o perdonadas, porque se entiende que han sido pronunciadas en forma irreflexiva, sin embargo otras expresan un estado de cosas largamente reprimido. Son, en un cierto sentido, lapidarias.

-Te quiero, pero no te amo-. Es una de esas expresiones límites en la vida afectiva de una pareja, porque quiere sintetizar el estado emocional del vínculo. Cuando se dice esta frase, se está  poniendo en tela de juicio el sentido y la continuidad de la relación.

¿Que se quiere decir con ello? ¿Que representa para una persona el cambio del amor a una sensación de ternura desapasionada?

La verdad es que la mayor parte de las personas no se preocupan en establecer categorías, ni piensan si quieren mucho o si sienten un amor apasionado, para ellos hay cosas más importantes en su proyecto de pareja que les brindan satisfacción y plenitud. En cambio, otros sienten que el desplazamiento del amor hacia el cariño o la ternura representa una pérdida que generalmente se traduce en la disminución del deseo erótico.

Frente a este escenario pueden adoptarse distintas actitudes, una de ellas es la adaptación, que se fundamenta en la valoración de todas las cosas buenas que tiene esa pareja y en la aceptación del desapasionamiento. Esto parece posible en las parejas que llevan años de convivencia, pero altamente improbable en los jóvenes. De hecho parte importante de las consultas de pareja actuales tiene relación con este conflicto.

Los investigadores de la psicología de los vínculos de pareja afirman que las personas se atraen inicialmente con pasión, pero que perduran juntos en el tiempo por la firmeza y calidad de los lazos afectivos. Si esto es cierto, entonces es precisamente el cariño el que hace más sólidos y perdurables los vínculos. Lamentablemente esto no opera del mismo modo para todos; hay muchas personas que tienen una necesidad imperiosa de sentir una pasión amorosa similar a la que caracterizó los comienzos de la pareja, y no se adaptan a los cambios que una relación prolongada produce en esas emociones.

Lo complejo de este problema es que no se trata de parejas con malas relaciones cotidianas; las más de las veces se llevan bien, se respetan, comparten confidencias, son buenos criadores de sus hijos, y se los ve a menudo tomados de la mano, exhibiendo ante los demás la buena calidad de su relación, Sin embargo es en el territorio de la intimidad donde se muestra el conflicto, porque los años los han transformado en muy buenos amigos, pero a cambio han perdido la calidad pasional o romántica en su vínculo. Esto no se refiere en exclusiva a la vida sexual, sino a todas las acciones que muestran entusiasmo amoroso, son -en un cierto sentido- demasiado previsibles el uno para el otro.

Este proceso de entumecimento afectivo lleva a que cualquiera de los dos, y en ocasiones ambos simultáneamente, comiencen a percibir una fuerte sensación de carencia, que se expresa en distintos aspectos de la vida cotidiana. Uno de los más notorios se produce en torno a las relaciones sexuales, que se hacen esporádicas y rutinarias, con dificultades crecientes en la concentración, es como si de pronto los pensamientos se fugaran de la escena, y solo quedaran dos cuerpos en movimiento.

Aquí quiero profundizar a través de una frase dicha coincidentemente por varias pacientes “lo amo, lo adoro, pero no lo deseo”.

Me interesa tratar de comprender si esta afirmación es verdaderamente posible. ¿Se puede amar y no desear? ¿Puede un varón adherirse también a esa posición? Léase entonces     “ nos amamos, nos adoramos, pero no nos deseamos”. Para mi hay algo disonante, algo que no me parece congruente. Creo que esas parejas expresan en voz alta un anhelo más que una certidumbre. Temen confrontarse con el significado de la ausencia de un deseo erótico activo, que es mucho más abarcativo que la baja frecuencia de relaciones sexuales y no puede reducirse a ellas, porque lo más frecuente no es la ausencia completa de relaciones sino que estas parejas continúan manteniendo relaciones ocasionales, casi por calendario, forzándose a cumplir un ritual que no los obligue a asumir el sentido de su distanciamiento erótico.

La defensa es clara, se evita el conflicto, se lo soslaya.

Esta actitud, para ser sostenible, debe requerir un acuerdo silencioso de ambos. Si cualquiera de los dos reclama insistentemente por este distanciamiento la situación rota hacia otra dirección más confrontativa.

Vuelvo entonces hacia la frase anterior y la reformulo “lo amo, lo adoro…pero no se que me pasa. Pienso en el sexo y en lugar de excitarme me apago”

Articulando estas expresiones voy a quitar algo para dejar el resto y veamos como suena.

…pero no se que me pasa. Pienso en el sexo y en lugar de excitarme me apago”. Ahora si empieza a tener sentido la declaración inicial que definitivamente tiene el propósito de amortiguar el peso de lo que sigue, porque si tu amas a tu pareja el deseo no se evapora como un liquido sometido a una temperatura elevada, es una consecuencia de actos conscientes y no conscientes, que inevitablemente corroen el amor (sea cual fuera el significado que cada uno quiera darle a esta emoción).

El amor y el deseo en una pareja (salvo que se desexualice al amor ) corren paralelos, no son expresiones separadas. Si se ama pero no se desea o si se desea y no se ama, algo está en cortocircuito y representa un distanciamiento que no se asume como tal.

Las parejas que advierten lo peligroso de esta situación buscan decir o hacer cosas diferentes que los devuelvan a emociones que conocieron en el pasado, otros simplemente se deslizan hacia un conformismo con ese estado de cosas, con el riesgo de que aparezca en el horizonte individual otra persona que active el volcán dormido.

La pregunta más difícil de responder que formulan estas parejas cuando llegan a terapia, es: ¿Se puede recuperar el amor? U otra pregunta todavía más difícil, por la idealización que conlleva ¿Podremos reencantarnos?

Nadie puede responder ese interrogante, porque no se trata de un simple reordenamiento de acciones, es mucho más complejo y profundo, ya que apunta a desnudar ocultas expectativas, deseos frustrados, afrontando uno de los desafíos más serios que se presentan en la historia de un vínculo, como lo es revitalizar una relación que ha modificado su calidad original, volcándose del amor al cariño.

Creo que existe un trampa básica, sostenida en la idealización de esos estados iniciales a los que la pareja se empeña en retornar. Ese retorno no parece posible y lo más probable es que ambos se frustren en ese intento. Por el contrario hay que entender el cambio como una transición, no como una pérdida, sino como un nuevo estado en el que la ternura acompaña al placer, porque de ningún modo son incompatibles.

De las cenizas se puede revivir el fuego, y a veces la posibilidad del fin de la relación actúa como un poderoso incentivo que reactiva el interés y las emociones dormidas, entonces la frase inicial que cité “te quiero pero no te amo” no representa necesariamente una despedida, sino una propuesta. Dependerá de ambos convertirla en un nuevo comienzo o como dice una amiga muy querida:

En un segundo tiempo.

 

Por Roberto Rosenzvaig

 

 

 

 

Vaginismo.

Vaginismo.

Existen dos consultas frecuentes y típicas relacionadas con la dificultad persistente que suelen padecer muchas mujeres ante el intento de penetración o durante el acto sexual. La primera se denomina vaginismo y la segunda dispareunia.

Los dos cuadros tienen un denominador común físico y psicológico: la presencia de dolor en la relación sexual. Sin embargo ambas expresiones clínicas difieren en su manifestación, porque mientras el vaginismo se expresa a través de la contractura (espasmo) involuntaria e inconsciente de la musculatura perineal y por ende de la vagina. La dispareunia se expresa a través de la molestia o dolor ante o después de la penetración. En este artículo voy a tomar ambos trastornos en forma conjunta, señalando sus similitudes y diferencias.

El vaginismo se define como el espasmo involuntario de los músculos que rodean la entrada vaginal – específicamente del esfínter de la vagina y del elevador anal- que se estimula con los intentos de penetración vaginal. La oclusión del introito vaginal hace –en su grado máximo-imposible la penetración y por ende, el acto sexual. Todo el cuerpo de la mujer afectada responde anudándose, no es solo su vagina, porque esta no es un recorte anatómico, sino que expresa la resistencia emocional a un acto deseado y temido simultáneamente, y que involucra a una pareja también cargada de expectativas. No hay que entender que la contracción muscular es la causa del vaginismo y de la dispareunia, sino su consecuencia, porque el factor básico es emocional y está centrado en una de las más poderosas expresiones humanas: el miedo. Esta distinción no es menor porque parece claro que no es lo mismo tratar el dolor (a través de cualquier técnica que utilicemos) que el miedo(a través de una terapia centrada en las emociones).

Se ha subestimado la prevalencia del vaginismo y la dispareunia, tanto es así que en algunos sitios supuestamente especializados en trastornos sexuales se ofrece una cifra menos al 6%, cuando hoy día se cree que afecta entre el 15% y 25% de las mujeres menores de 30 años. Para entender esta cifra es relevante destacar que la consulta por dispareunia ha aumentado considerablemente, no solo en Chile sino en distintos países en los últimos 10 años; una explicación posible es que las mujeres ya no consideran que solo deban admitir el sexo, sino también y principalmente disfrutarlo.

Los pocos estudios representativos sobre los antecedentes de las pacientes con vaginismo revelan que un número representativo de ellas fue objeto de algún tipo de abuso sexual durante su infancia, que recibieron una educación religiosa estricta, o que se les transmitió una visión de las relaciones sexuales obscura, separada del amor, pecaminosa.

Sin embargo no todas las mujeres abusadas o contaminadas por una educación represiva y sancionadora presentan este tipo de cuadros, porque lo que se combina aquí es la experiencia negativa con un tipo de personalidad de rasgos infantiles y dependientes.

Las dispareunias, en cambio, no ofrecen datos significativos, tanto en cuanto a las experiencias previas, como a un tipo específico de personalidad, excepto una gran intolerancia al dolor físico.

El vaginismo es generalmente primario, es decir que se ha presentado desde el inicio de los intentos por mantener relaciones sexuales y ha impedido la penetración. En cambio son muchos los casos de mujeres que han mantenido relaciones sexuales completas y placenteras, y que posteriormente desarrollan un cuadro de dolor. Se ha visto en este tipo de pacientes algún tipo de suceso (infección local como la candidiasis) que desencadenó una respuesta de dolor que luego persistió, a pesar de haberse sanado en términos biológicos.

Las mujeres que presentan vaginismo o dispareunia no solo temen al dolor resultante de la penetración, sino al dolor en general. Se horrorizan frente a la toma de una muestra de sangre, se conmocionan si deben asistir al dentista. Sufren por anticipado y efectivamente muestran un umbral muy bajo de tolerancia al dolor.

Un adecuado diagnóstico se establece a partir de la noción de disfunción primaria o secundaria: la primera es aquella en la cual la persona nunca ha podido tener relaciones sexuales, a pesar de haberlo intentado con una o varias parejas. Aquí el circuito del dolor se basa en una barrera alimentada por la anticipación ansiosa, y por el recuerdo vívido del padecimiento real o imaginario. Estas mujeres no suelen tener problemas de orden físico, a diferencia del vaginismo secundario que se presenta en aquellas pacientes que han mantenido relaciones sexuales placenteras y que luego desarrollaron un dolor molesto y creciente que impide o limita las relaciones sexuales, en estos casos generalmente es posible identificar una razón médica que soporta la disfunción, como una endometriosis o una secuela posterior a una infección vaginal. Cualquier patología de los órganos pélvicos puede producir un reflejo natural de protección contra el dolor.

Muchas jamás han consultado a un(a) ginecólogo(a), o lo han hecho en una sola ocasión. Aún cuando este examen se hace imprescindible para determinar o descartar los factores orgánicos del trastorno, hay que ser sumamente cuidadosos para minimizar el factor traumático de este primer contacto con el médico. La paciente requiere que el ámbito y el/la profesional sean confiables, serenos y tranquilizadores. De otro modo se corre el riesgo de aumentar el temor en lugar de reducirlo.

Es absolutamente relevante determinar como el dolor interfiere con el placer y particularmente con el deseo.

Se requiere diferenciar que tipo de dolor siente la paciente: Localización del dolor, intensidad del mismo y cualidad del dolor, porque no es lo mismo una sensación de ardor, otra quemante, a aquella que se define como una molestia. Como se provoca el dolor y cuando desaparece. Cuánto se prolonga después de la relación.

Las mujeres que aceptan la relación sexual aún sufriendo de dolor en grados variados lo hacen por diferentes razones: la más frecuente es cuando responden a la presión de una pareja que parece incapaz de sintonizarse con el padecimiento. Los varones suelen creer que esta es una “maña” asimilable al dolor de cabeza y como tal controlable, o descalificándolo como invento para evitar las relaciones sexuales. Otras intentan complacer a su pareja para evitar riesgos como la infidelidad. Y están también las que creen que el dolor puede desaparecer mágicamente.

De todos modos la razón por la cual las pacientes o las parejas acuden a terapia es para eliminar las barreras y mantener una relación sexual “normal”; esta palabra acarrea consigo un verdadero mapa del mundo sexual, porque contiene todas las ideas, actitudes y expectativas que las personas han desarrollado sobre el vínculo sexual. En relación con este punto debo aclarar que los criterios clínicos que se han utilizado se limitan a considerar la penetración o la ausencia de dolor como señal de éxito terapéutico; en mi opinión este es solo el comienzo, porque una relación sexual debe ser acompañada de placer y ese debe ser el objetivo final.

He trabajado con muchas mujeres con trastornos dolorosos, desde adolescentes hasta personas de más de 40 años.

Dejo aquí algunas consultas que expresan la angustia que produce esta disfunción tanto en la mujer como en su pareja.

1.- “Junto con saludar, paso a explicar el problema que tenemos con mi esposa”.

En octubre del año 2014 nos casamos con mi esposa….en la cual previamente tratamos de tener una intimidad normal la cual no hemos podido….nunca he podido penetrar a mi esposa!!! El tema que mi esposa cuando chica fue abusada por su abuelo….lo cual a ido a medico y le han dicho que tiene algo llamado “vaginismo”….lo cual ella siente que van a penetrar….e inconscientemente el musculo de la vagina no deja penetrar.

Hemos tratado de ver ayuda con un profesional…pero solo han sacado dinero…

Hay terapias o algo en que nos pueda ayudar a solucionar este problema que tenemos con mi señora?

Quedo atentísimo a sus comentarios.

2.- En Marzo 2015 cumplo 10 años casada y sin poder consumar por un vaginismo que no sabia que tenia .

La verdad estoy desesperada intente algunos tratamientos en el policlínico , pero la parte psicológica es mas fuerte y necesito ayuda urgente , mi esposo ha sido muy paciente y amoroso todo este tiempo , y me gustaría concertar una cita con usted y si equipo , me informe en la pagina  y creo que ustedes pueden ayudarme .

Muchas Gracias.

3.- Hola Roberto,

He leído harto de ti en tu pagina web y me parece que eres la persona indicada para ayudar con el problema que estamos teniendo yo y mi señora.

Por lo que leí de tus artículos  ya se que tiene algo que podría ser vaginismo que a la vez contribuye a la baja del libido. Sin embargo no podemos descubrir que es lo que esta causando esto y nos tiene muy aproblemados.

Pololeamos 6 años y ahora vamos a cumplir un año de casados y la cosa va paulatinamente peor.

4.- Hola Roberto tengo 23 años. Quisiera que por favor me ayudes, estoy desesperada con mucho malestar preocupada pues ultimamente desde hace unos 6 meses no puedo tener relaciones normalmente, tengo dolor y después de haber leido sobre vestivulitis vulvar creo identificarme bastante con los sintomas! Pero también quisiera saber si es dispareunia o vaginismo y a que se debe y que debo hacer.

Desde los 19 años tengo relaciones, esta es mi cuarta pareja sexual mi novio actual con el que llevo 1 año, y al comienzo eran increible mis relaciones pero desde que un par de veces tuve candidiasis recibi un tratamiento de 6 meses por parte de mi ginecologo empezo el dolor, ahora se ha complicado mas por que no solo que me duele al penetrar sino que siento una presion en la pelvis, y tengo pequeños sangrados irritaciony molestia en la parte del vestibulo vaginal. Hace 3 meses fue donde le ginecologo y vio que tenia verrugas me quemo lo cual si fue bien doloroso y molestoso, y desde ahi no meha visto pero sigo condolor nohe mejorado y el penso que talvez esto de las verrugas era la causa del cambio de mi ph y falta de lubriacion que producia el dolor, pero ahroa no se que hacer. Te agradezco mucho si puedes ayudarme.
Un abrazo

5.- Hola:

Escribo desde Chiloé, llevo 5 meses casada y tengo vaginismo, lo que me ha ocasionado múltiples problemas en mi vida matrimonial, la verdad es que me siento desesperada porque a pesar de buscar ayudar aún no obtengo algún avance en la solución de mi problema. La distancia hace difícil el acceso a profesionales especialista en el tema, durante las vacaciones de invierno (que normalmente acá son de 3 semanas ), quisiera consultar su centro. Quisiera saber el valor de la consulta, con cuanto tiempo de anticipación debo solicitar la hora y aproximadamente cuanto tiempo lleva una terapia para vaginismo.
Agradeciendo su respuesta me despido

6.- Mi nombre es Pilar, tengo 30 años y le escribo para pedir una opinión, si me puede ayudar.

Estoy buscando tratamiento psicológico, porque tengo un problema de disfunción sexual llamada vaginismo y no tengo pareja.Como usted sabe es algo que la lleva a uno por un camino de angustia,  ansiedad y mucha soledad.
Mi pregunta es si al elegir un terapeuta tiene que ser alguien que trate mi problema en relación a la consumación del acto sexual ya con una pareja, o mas bien trabajar mis conflictos emocionales, ya que esto se debe a una educación sexual represiva y una relación conflictiva con mi madre. Llegué a  esta conclusión después de muchos años de haber tenido 4 años de psicoterapia y haber pasado por depresiones, crisis de pánico y ahora último crisis conversiva.
Mi otra pregunta es si necesariamente conviene que sea un sexólogo o puede ser un psicólogo.

La terapia actual de esta disfunción –por lo menos como yo la entiendo- parte de entender que la contracción muscular no es la causa del vaginismo, sino su consecuencia, porque el factor básico es emocional y está centrado en una de las más poderosas expresiones humanas: el miedo. Esta distinción no es menor porque parece claro que no es lo mismo tratar el dolor (a través de cualquier técnica que utilicemos) que el miedo(a través de una terapia centrada en las emociones), por ello es que parece relevante conocer el perfil psicológico de estas mujeres.

Presentan un alto nivel de ansiedad, mostrándose reactivas, aprensivas e impacientes ante los sucesos internos o externos que les acontecen.

Frecuentemente tienen dificultades para controlar sus emociones o reacciones.

Pueden aparecer como personas sensibles, tímidas, temerosas y cohibidas.

Teniendo en cuenta todos estos elementos, se diría que cualquier terapia psicológica podría ser eficaz sobre el síntoma, sin embargo no es así, porque el desafío reside en vincular terapéuticamente y en forma focal, la respuesta no consciente e involuntaria de defensa frente al dolor con estas características psicológicas, es decir contextualizar el problema para después ofrecer a la paciente los recursos para solucionarlo. Hoy no creo en los recursos de la sexología setentera, estilo Masters y Johnson, basada en dilatadores y maniobras mecánicas, básicamente porque el objetivo final no es solo la supresión del dolor, sino la obtención del placer.

Por Roberto Rosenzvaig

Sexólogo clínico

Sexólogo clínico

La sexología es una disciplina que apunta a diagnosticar y tratar los problemas individuales o relacionales vinculados con las experiencias y la vida sexual de las personas.

Los especialistas que se dedican a este dominio provienen de dos formaciones académicas diferentes sobre los cuales es necesario establecer una distinción entre aquellos que tienen una formación básicamente médica, de los que provienen del campo psicológico.

Los médicos que se dedican a esta área por lo general son urólogos que como parte de su especialidad se han interesado en los cuadros clínicos que afectan el normal desenvolvimiento de la función sexual, tales como las disfunciones eréctiles de base orgánica. Adicionalmente son consultados por trastornos sexuales de base comportamental, que como la eyaculación precoz, afectan a un alto porcentaje de varones.

Su modo de entender y tratar las disfunciones sexuales, responde a un modelo médico, el cual se aplica con unos pocos consejos tranquilizadores, más una terapéutica centrada en la efectividad de los medicamentos. Si estos no resultan o si el paciente no desea depender de un medicamento para funcionar sexualmente, sus posibilidades de acción se agotan.

La sexología, entendida de esta manera es una acción directa sobre el problema, donde el origen, causas o sentido del síntoma para el paciente no se tienen en cuenta. Este abordaje puede funcionar o no, porque ningún medicamento es invariablemente exitoso y aunque lo sea, establece una dependencia psicológica del mismo.

Este campo de acción se limita por lo general a los varones, porque las mujeres cuando tienen una dificultad en su vida sexual, recurren a su médico más confiable que es su ginecólogo o eventualmente a las matronas.

Los psicólogos y psicólogas que se dedican a trabajar en este área, no necesariamente han hecho una formación académica ni clínica específica.

Los que si la han hecho, dentro o fuera de Chile, tienen una comprensión mas global de las disfunciones sexuales, porque han sido entrenados para conocer tanto los componentes biológicos como los emocionales del problema. Han sido capacitados además en los múltiples recursos que se han desarrollado en el campo sexológico en los últimos años. Podemos referirnos a ellos como sexólogo clínico, ya que han desarrollado sus conocimientos y habilidades enfocados a la resolución del problema.

Los problemas sexuales requieren, para ser resueltos con eficiencia, de un acabado conocimiento de los factores intervinientes, para evitar que el esfuerzo y expectativa de los pacientes pueden conducir a una temprana frustración.

Mi posición específica es que al elegir un profesional los pacientes deberían saber quien es, donde se ha formado, que nivel de experiencia posee en el problema. Se que no se elige a un terapeuta por su curriculum o sus honorarios, sino por la confianza que este produce, pero creo también que hay que minimizar el riesgo de confiar en quienes desconocen o creen que los problemas sexuales son de simple resolución.

Durante años he recibido pacientes tratados y otros maltratados. He trabajado en común con psiquiatras, psicólogas y psicólogos, urólogos y ginecólogos (as).

Por mi especialidad específica resulta frecuente que las personas a las que asisto ya hayan pasado por una o varias consultas anteriores, por ello es que he visto las consecuencias de buenas y malas terapias.

Una buena terapia se diferencia de otra mediocre en base a distintos factores. Pero la base está en quién y cómo la realiza.

No es este el lugar para debatir sobre teorías y prácticas psicológicas, cada una de ellas establece una visión sobre el sentido de los síntomas y los mecanismos para su resolución. Cada profesional capacitado es capaz de ayudar con su experticia a quienes lo consultan y confían en ellos.

Sin embargo los temas sexuales a veces parecen campo de nadie o de todos, hay quienes se autodesignan a sí mismo como especialistas a partir de la lectura de un par de libros o porque creen que el tema es tan menor que es sencillo resolverlo con alguna orientación oportuna vinculada al sentido común, más algunas tareas específicas.

Otros confían ciegamente en la prescripción de medicamentos, como cuando se indican antidepresivos para el tratamiento de la eyaculación prematura u otros para producir erecciones, sin tener en cuenta las características específicas del paciente, el tipo de relación de pareja que tiene, o sus problemas psicológicos de base.

Hoy en día la demanda de asistencia ante las dificultades sexuales requiere-para responder eficazmente- de estrategias complejas que tengan en cuenta el conjunto de los factores que están incidiendo en el trastorno. No se trata de aplicar un modelo repetido y esperar que le sirva a todos, por el contrario, creo que cada consultante tiene un bagaje de experiencias diferentes, que expresa diferentes emociones, que sufre el problema individual o compartido de distinta manera, y que por ello requiere de una comprensión especial por parte del terapeuta.

Cada vez que un paciente –solo o en compañía- demanda de asistencia profesional, deposita en ella una cuota alta de expectativas, que si son frustradas por un mal manejo clínico, establece una pérdida de confianza en sí mismo y en los recursos de los expertos.

Todas las terapias tienen indicadores de éxitos y fracasos, y ellos dependen tanto de la experiencia y la responsabilidad de los clínicos, como de la motivación y persistencia de los pacientes. Si se suman estos dos atributos positivos el éxito, representado por la solución del problema, será factible.

Por Roberto Rosenzvaig

 

Masturbación compulsiva

Masturbación compulsiva

Masturbación compulsiva

Masturbación compulsiva
De todas las palabras que hacen referencia a hechos o eventos sexuales, tal vez la que menos suena en un contexto conversacional es la que se refiere al acto sexual privado por excelencia. Es poco probable que un grupo dialogue con facilidad sobre sus experiencias con la masturbación. Resulta infinitamente más sencillo hacerlo sobre las relaciones sexuales.

¿Por qué tanta vuelta? Simplemente porque se trata de un acto íntimo que estamos acostumbrados a relacionar con lo oculto y, por lo tanto, con algo que no se comenta.

Haga memoria de toda la gente que conoce, de sus familiares, de sus amigos, compañeros de oficina, dependientes de tiendas, vecinos. Y ahora piense que todos ellos se han masturbado. Algunos una o pocas veces. Otros, varias veces por semana. Es así y es común que sea así, porque masturbarse es simplemente tocarse y acariciarse para obtener placer erótico. No se necesitan escenarios ni ropas especiales, menos aún compañía.

Tanta es la confusión sobre este tema, que muchas parejas se refieren a las caricias manuales sobre los genitales del compañero, afirmando que masturban al otro, cuando lo real es que estos contactos son una parte del encuentro sexual compartido, y no una actividad autoerótica. Sin embargo, independiente de lo habitual que pueda ser la masturbación para cualquiera de esas personas que usted imaginó, eso no significa que sea aceptado sin conflictos desde los puntos de vista social, cultural o moral.

Lo real es que las prácticas autoeróticas están presentes en la evolución individual de cada ser humano desde sus primeros años de vida y es uno de los ejes principales del descubrimiento sensorial. Un niño aprenderá que es muy gratificante que lo abracen, lo acunen, lo besen y le hagan cariño en la cabeza antes de dormir. También aprenderá que puede explorar su cuerpo y que le resulta placentero tocarse a sí mismo. Con el tiempo podrá reconocer qué sensaciones vienen de cada zona de su cuerpo. Sabrá, por ejemplo, que tocarse una rodilla no le provoca la misma sensación que tocarse el pene o la vagina.

Una vez que descubren esta capacidad de proporcionarse goce, lo buscarán en forma repetida, iniciando un camino que no se interrumpe, excepto por circunstancias traumáticas. Es natural que así sea y esos acercamientos son la base de la sexualidad adulta normal.

En la pubertad, entre los 11 y los 13 años, se desata una verdadera tormenta hormonal. Pero aparte de lo evidente, les llega un deseo sexual obsesivo y constante que busca estímulos para satisfacerse.

Un 86 por ciento de los varones y un 67 por ciento de las mujeres hacen de esta actividad una constante de su vida erótica, y mientras los primeros son capaces de comunicarla a sus pares sin inhibición, las mujeres la reservan como un hecho privado del cual muchas veces se avergüenzan.

Por ello este no es un fenómeno que se exprese del mismo modo en varones y mujeres; tanto en la frecuencia, el modo en que se practica, como en la permisividad o restricciones que se le otorga al acto masturbatorio.

En este artículo voy a referirme básicamente a la masturbación masculina, y a intentar analizar sus componentes específicos y particularmente su proyección en la vida adulta.

Se cree, pero no existe la certidumbre de que así sea, que la palabra deriva del Griego mezea (pene) y del latín turbare (perturbar); otra versión la deriva del latín manu stuprare, a lo que algunos convencidos especialistas traducen como una especie de violación manual o más precisamente como interactuar consigo mismo de forma deshonrosa o ilícita; y asimismo de manu turbare. Se la llamó también onanismo, nombre derivado del personaje bíblico Onan, cuya práctica sexual poco tenía que ver con la masturbación, sino con el coitus interruptus, es decir, con la acción de eyacular fuera de la vagina.  Onán, al practicar con su cuñada viuda el coitus interruptus y derramar su semilla (semen) en tierra, en lugar de sembrarla en la mujer, lo que hacía era contravenir una disposición legal de carácter hereditario, con la que se evitaba la concentración de los bienes en una de las ramas de la familia por falta de herederos en alguna de las otras. El pecado de Onán no era por tanto de orden sexual, aunque el acto si lo fuese, sino que la transgresión tenía en realidad carácter económico. Y fue el querer alzarse con los bienes de su hermano difunto, rehusando darle un heredero como mandaba la ley (de levirato), lo que condenó Yahvé y castigó con la muerte.

La palabra onanismo con la que se renombró a la masturbación, fue un invento del médico suizo Samuel Tissot (1760) quién se dedicó meticulosamente a enumerar todas las consecuencias que tenia para la salud física y moral la práctica del “vicio solitario”.

No tenemos una palabra de uso corriente o popular librada de una connotación negativa para definir el acto de autoestimularse. Gran paradoja por tratarse de un comportamiento más que común en la gran mayoría de los varones de la especie humana, por lo menos en la pubertad y la adolescencia.

Sobre esta práctica se han afirmado diferentes cosas, algunas condenatorias y otras que la justifican, entre ellas que la masturbación permite ensayar con el propio cuerpo las capacidades eróticas, que prepara para el placer, que predispone al goce, que coloca en un escenario de fantasía a aquellas o aquellos que se desea, aunque se sepa que nunca serán propias o propios. Todo esto puede ser cierto, no lo cuestiono, pero afirmo que todas esas virtudes positivas se mezclan con una sola negativa, el hecho que la masturbación representa una pura descarga de tensión sexual contenida. Se dirá que esto en sí mismo no es un problema, y esto es parcialmente cierto, porque el tema se complejiza si se entiende que la masturbación se resume en la búsqueda de la eyaculación, y cuánto más rápidamente se logra, mejor. Este condicionamiento psicológico hace que los varones deban realizar un proceso inverso cuando comienzan sus relaciones sexuales; cuando se pasa de un monólogo a un diálogo. Ya no se trata de autosatisfacerse, sino de lograr un encuentro en el que ambos obtengan satisfacción. Para muchos, este cambio no se logra fácilmente.

El segundo pasaje está en la duración, porque de la rapidez se debe pasar a la lentitud.

Para muchos varones, no sé exactamente cuántos, pero millones, esta transición es problemática; ellos fracasan en dos niveles: el que les demanda control eficiente de su eyaculación y el que les requiere empatía para conectarse con las sensaciones de la otra persona.

Solemos tener mucho más presente el problema cuando está ligado a lo que se ha denominado eyaculación precoz o prematura, pero también al de su retardo o a su ausencia.

El tercer pasaje o cambio, es el que se requiere para transitar de la descarga al orgasmo, este es puramente cualitativo, porque el orgasmo masculino representa la conciencia amplificada del placer y no solamente la eyaculación.

Si estos pasajes no se producen, la masturbación queda fijada en una ensoñación adolescente autorreferente; donde no se requiere a nadie más, es el sujeto y su mundo de fantasías, lugar en el que siempre se recibe lo que desea y en la forma que se lo desea.

En diferentes oportunidades me ha tocado recibir parejas donde el motivo de consulta principal era la falta de deseo masculina que se expresaba en una notable disminución de la frecuencia sexual, combinada paradojalmente con una práctica permanente y semioculta de la masturbación. En otros casos esta se presenta camuflada por un alto deseo sexual no satisfecho. Digo que no es genuino que la masturbación constante exprese solamente ese alto deseo, sino que se configura en una demanda específica, en un goce particular donde no existe otro a quien hay que comprender y satisfacer.

La queja era protagonizada por las mujeres que no entendían este distanciamiento, y se angustiaban pensando si se debía a un castigo por resentimiento acumulado, a una secreta identidad homosexual, o a la presencia de otra mujer. Cuando existen malas relaciones en la vida cotidiana este alejamiento es más sencillo de explicar, pero cuando las rencillas son mínimas y la calidad de vida brinda satisfacción en la mayor parte de los aspectos de la relación familiar y de pareja, encontrar las explicaciones es mucho más arduo.

Cuando tuve la oportunidad de profundizar en entrevistas individuales con estos pacientes, aparecía como información reiterada que a la falta de deseo se sumaba la auto estimulación, es decir que estas personas parecían preferir masturbarse que mantener relaciones sexuales con sus parejas.

Este hecho se mantiene oculto, pero a la larga surge y refuerza la indignación por lo que se siente como una verdadera estafa hacia ellas. Porque es mucho más difícil de entender que una genuina falta de deseo sexual.

¿Comportamiento elegido o compulsivo?

 “Nosotros diferenciamos los circuitos cerebrales asociados al placer –o el disfrute- de los asociados al deseo. A menudo ambos funcionan simultáneamente, de modo que queremos las cosas que nos gustan, pero la adicción parece fortalecer los circuitos asociados al deseo y debilitar al mismo tiempo los asociados al placer. Y el hecho de que nuestra sensación de placer o disfrute disminuya al mismo tiempo que aumenta nuestro deseo implica necesariamente que cada vez disfrutemos menos y deseemos más. Por ello que seguimos deseando, pero cada vez necesitamos más para obtener el mismo disfrute”

Esta afirmación corresponde Richard Hayworth, un científico inglés dedicado a la investigación en el campo de las neurociencias afectivas, es para mi una clave que me permite entender en general el fenómeno de las adicciones sexuales.

Revisando algunas publicaciones personales de hace algún tiempo, observé que yo afirmaba (textualmente) “ los problemas sexuales son siempre compartidos, es poco probable que alguien me consulte porque tiene problemas con la masturbación”. Debo corregir esta idea, ya que esa consulta efectivamente se está presentando y se refiere a la masturbación compulsiva.

Decía un paciente: “Cuando mi cerebro fue atrapado al interior de la pornografía, fui trasportado a un mundo diferente. Un mundo donde yo era aceptado, aprobado, amado y deseado. No era responsable de las consecuencias. Tenía mi propio tiempo y me sentía poderoso. Yo me envolvía a mi mismo en el placer de la pornografía”.

La diferencia entre un comportamiento en el que se elige y otro que se impone más allá de la voluntad o la consciencia, define la compulsión. El acto, cualquiera que este sea, y cualquiera sea su objeto, debe ser repetido para reducir o anular una tensión psíquica previamente establecida.

Esto determina varios tipos de escenarios: en uno de ellos los sujetos se masturban porque necesitan disminuir su nivel de ansiedad, lo hacen como quien toma una medicación, fuma o bebe alcohol. Colocan y reconocen la tensión en el cuerpo.

Rápidamente provocan su eyaculación en forma más o menos mecánica.  Pertenecen al grupo de los “calientes” que es el modo popular de denominar a las personas hipersexuales, capaces de alternar sexo con masturbaciones frecuentes.

Esto sucede porque la disminución de la tensión sexual es transitoria; la calma que se instala luego de una relación sexual o de un orgasmo, para la mayor parte de las personas los aleja momentáneamente del deseo; sin embargo a los adictos los estimula, por ello retoman rápidamente sus ideas o fantasías fijas. A través de ellas estas personas mantienen un nivel alto y constante de excitación.

Un segundo escenario se ejemplifica con la frase: “Todos lo hacen”. Esta frase es la más remanida de cuántas se escuchan para justificar la masturbación entre adultos. La cuestión es si es verdadera. Resignemos la posibilidad de recurrir a estadísticas, porque el dato fidedigno es imposible de obtener, por lo tanto sólo se puede recurrir a una generalización a partir de los relatos biográficos de adultos (varones y mujeres). Lo que ellos nos ofrecen es la visión de que hay que situar esta práctica dentro de diferentes momentos evolutivos. Lo que fue habitual y frecuente en determinada época, lo es mucho menos, en término de frecuencia, en otros momentos. La presencia de una pareja, con la que se comparte una sexualidad placentera, hace que naturalmente la frecuencia de la masturbación disminuya y hasta desaparezca. La práctica puede retornar ante la soledad o el aislamiento, pero eso es parte de lo esperable.

Un tercer escenario refleja los conflictos con la intimidad sexual y una sensación de incompetencia en estos varones, allí la masturbación culmina siendo un monólogo en que el protagonismo esta centrado en las fantasías que generalmente se recogen de los videos pornográficos. Fantasías de masculinidad triunfante y misoginia encubierta.

Hay comportamientos que lejos de ser satisfactorios o de ser un vehículo de autoconocimiento, atentan contra la autoestima y la seguridad. Esto ocurre tanto en el plano individual como social, ya que la persona encuentra satisfacción en la soledad, y conflicto en la compañía. Es tal la angustia que le provoca a esa persona expresar sus sentimientos, iniciar y cultivar una relación de pareja, que prefiere encerrarse en su mundo.

En este caso, el problema no es la masturbación en sí misma, sino las exigencias y angustias que provocan el contacto erótico con una pareja.

En casos como éste es común que la persona recurra al material pornográfico: libros, revistas, videos, y principalmente desde Internet (fuente inagotable de recursos para todos los paladares y deseos). Esto no tendría mayor relevancia si no fuera porque la persona en esa situación corre el riesgo de modelar su conducta sexual de acuerdo con esos cánones y hacer apetecible un estilo poco afectivo, violento y sobre todo, desapegado de las necesidades de la otra persona.

En la vereda opuesta están aquellos que nunca, o sólo alguna vez que apenas recuerdan, se han estimulado hasta el punto del orgasmo. Por distintos motivos, han evitado explorar sus genitales y hasta sienten rechazo por una experiencia de ese tipo. Reprimen una conducta natural a través de la censura moral o religiosa. Tocarse adquiere para esas personas una connotación pecaminosa generada por la idea irreal de que si lo hacen su moral sexual se pone en juego.

En la vida adulta, muchas de estas personas suelen tener dificultades en su conducta erótica en pareja. De hecho el 90 por ciento de las mujeres anorgásmicas (aquellas que no llegan al orgasmo) nunca intentaron autoestimularse, o desistieron de hacerlo luego de algunos intentos frustrados.

Como en tantos aspectos de la vida, ningún extremo es beneficioso. Los dos polos, la compulsión y la represión de la actividad autoerótica, conducen a trastornos en la vida sexual, porque ambos producen conflictos a la hora de recibir o dar placer.

 

Por Roberto Rosenzvaig

 

 

Masturbación compulsiva

Masturbación compulsiva

Por Roberto Rosenzvaig

Masturbación compulsiva– Roberto Rosenzvaig.

Mas articulos similares aMasturbación compulsivaen Sexologia

Si deseas recibir informacion sobreMasturbación compulsivaescribemos en el siguiente formulario

 

No Fields Found.
Nunca digas nunca

Nunca digas nunca

Nunca digas nunca

Nunca digas nunca.

Nunca digas siempre

Nunca digas jamás.

Nunca digas esta vez es la última.

 

 

Estas frases-tan corrientes- parecen contradictorias, y en realidad lo son, en la medida que expresan la natural incongruencia que solemos tener en nuestro lenguaje y en nuestras comunicaciones, especialmente cuando estos están atravesados por emociones intensas.

 

Todos o casi todos, hemos usado alguna vez estos términos catastróficos, apocalípticos, que quieren ser terminales pero suelen ser pasajeros. Se dicen al calor de larabia, el enojo y la violencia y generalmente se olvidan cuando llega la calma. Sin embargo en el instante en que alguna vez los pronunciamos “jamás” cuestionamos su completa irracionalidad,“nunca” dudamos que expresaban la verdad.

 

Tema doblemente complejo, porque cuando nos serenamos comprendemos que es imposible justificar lógicamente estas afirmaciones absolutas, lo cual no quiere decir que en la siguiente discusión queden eliminadas, sino que muy probablemente vuelvan a ser usadas. En segundo lugar porque aquello que llamamos verdad es solo un envoltorio con contenidos inciertos que cada cual completa de acuerdo con su visión del mundo.

El poder del nunca y del siempre es que borra del campo de conciencia toda información que se contradiga con la absoluta certidumbre de que estamos defendiendo la verdad. Perdemos la memoria o mejor dicho bloqueamos de aquella lo que de surgir a la conciencia restaría congruencia a la justa indignación de sentirse, por ejemplo, una víctima, para lo cual se seleccionan todas las pruebas positivas y se eliminan las que demostrarían lo contrario.

 

Existen pocas experiencias tan develadoras de esto que estoy señalando, como la de contemplar una discusión de una pareja en la que cada cual se empeña en reseñar los hechos y la responsabilidad del otro en los hechos que han generado un conflicto. Cuando lo hacen creen que están siendo objetivos o por lo menos parece que tienen la intención de serlo, sin embargo lo que hacen es ofrecer una versión subjetiva y narrativa de ese evento, de allí que parece que cada uno cuenta una historia diferente, con casi total convicción de que el otro está distorsionando la verdadera historia.

Es imposible situarse en la posición de observador y protagonista de una escena en forma simultánea.

Lo que hacemos cuando intentamos reconstruir un evento es recurrir a la memoria y aquí esta la trampa, porque creer en la memoria o en la capacidad de recordar las cosas “como fueron” omite que las cosas son del modo en que las estamos percibiendo y de ese modo se compone nuestro recuerdo. Esta afirmación parece casi elemental para personas un poco lúcidas, pero doy fe que en la mayor parte de las discusiones de una pareja el centro del debate se establece en la visión que cada uno tiene de lo que está sucediendo y de lo que sucedió en el pasado inmediato. El Talmud hebreo dice que no vemos las cosas como son, sino que vemos las cosas como somos ¡ pura sabiduría!, pero ¿será alcanzable esta comprensión? Para lograrlo tendríamos que renunciar a cualquier intento de establecer la verdad, tanto como los estados absolutos representados por los nunca y siempre. Asimismo deberemos renunciar a los intentos manipuladores que incluyen afirmaciones que remiten a un colectivo imaginario donde “nadie” o “todos” piensan o actúan de un determinado modo.

 

La propuesta es compleja, porque por lo general nos dejamos llevar por respuestas automáticas. Pensamos argumentos mientras la otra persona ofrece los propios y al hacerlo dejamos de escuchar para volvernos completamente auto referentes. Las expresiones nunca y siempre reflejan esa incapacidad de conexión con la historia que ambos han vivido y con la dificultad para entender las interpretaciones que cada uno hace de ella. En la medida que se repiten eliminan la posibilidad de comprender que existe una historia construida por ambos de la cual se eligen secuencias o fragmentos para demostrar al otro la propia verdad.

Nunca digas nunca

La auto referencia requiere de un monólogo que se opone al diálogo. Y sin diálogo no hay pareja, solo dos individuos empeñados en un combate verbal cíclico. Lo llamo cíclico porque el estilo de comunicación se repite sin cambios con independencia del tema que se está tratando.

La comunicación es el soporte basal para las relaciones personales, es lo que permite el contacto profundo entre las necesidades, los afectos y las demandas. Sobre ella es posible construir el ser en pareja a través de la vida en común. Pocos dudarían de la relevancia de este aspecto para un proyecto perdurable, sin embargo, también son pocos los que se preocupan de mantener los canales de comunicación abiertos y flexibles. Esta es una de las razones por las que se constituye en un escenario de conflicto.

Cuando una pareja ha discutido confrontacionalmente durante un cierto tiempo ya no creen sinceramente que pueden hacerlo de otro modo, se vuelven desconfiados, así que las emociones negativas están instaladas desde el principio de la discusión. En ese escenario se diría que las palabras desaparecen y sólo se registra la intención detrás de lo que se está escuchando,

Lo paradojal es que la gente cree que están hablando de los hechos, cuando en realidad están hablando de su propia tensión emocional. En esas circunstancias cada palabra, frase o sentencia es vivida como un ataque o una defensa.

Las parejas tienen desacuerdos, desencuentros, discusiones, confrontaciones de distinto nivel y también conflictos. Todas estas instancias pueden resolverse, pero para ello se requiere de una condición fundamental, la flexibilidad, que en el territorio del lenguaje permite evitar los enunciados absolutos y rígidos, para elegir –por el contrario- aquellos que expresan variabilidad, porque parece evidente que no es lo mismo decir “siempre” (refiriendose a una conducta) que “a veces” o “nunca” en vez de “muy poco”. No es lo mismo decir “todo el mundo” que “algunas personas” o “nadie” en lugar de “pocos”.

Generalizamos y usamos las generalizaciones como artilugios de ataque o defensa para sostener nuestra interpretación de la realidad, y eso es lo relevante. No son afirmaciones inocentes, ni ejercicios linguisticos abstractos, son afirmaciones cargadas de intención que vehiculizan emociones.

En las terapias de pareja es relativamente sencillo mostrar como estas afirmaciones absolutas traban cualquier intento de comprensión y como culminan en enfrentamientos donde cada uno se vuelve sordo a las demandas del otro. Se puede ofrecer a las parejas herramientas nuevas y ayudarlas a superar los conflictos, sin embargo no todos tienen la posibilidad o el interés de acudir a terapia. Para esas personas esta principalmente escrita esta colaboración, para que comprendan que nuestras historias compartidas, sean felices o dramáticas, “siempre” se actualizan en una discusión presente como narraciones, como interpretaciones de cada uno hace de los eventos. Cada uno cree en su verdad y la defiende y ninguno comprende que esto es una pérdida de tiempo y de energía.

Nunca digas nunca – Roberto Rosenzvaig.

Mas articulos similares a Nunca digas nuncaen Sexologia

Si deseas recibir informacion sobre Nunca digas nunca escribenos en el siguiente formulario

Hombres sin Deseo

Hombres sin Deseo

Hombres sin Deseo

Hombres sin Deseo. PARECE CIERTO, por lo menos en la práctica clínica, que cada vez son más las personas que consultan por dificultades con su deseo sexual. Vamos a entender aquí a las expresiones amorosas que culminan en una relación sexual, aunque sería por lo menos torpe excluir a aquellas otras que conllevan ternura, caricias o besos que no tienen por qué terminar obligatoriamente en una cama. Si elijo a las primeras es porque quiero ejemplificar a través de ellas el problema a que se hace referencia.

Este tema tiene sus aristas, porque no hay ningún manual ni código de procedimientos que diga con qué frecuencia debe expresarse el deseo sexual para ser considerado normal. El único parámetro que se puede tomar como referente es la frecuencia estadística que declaran las parejas que conviven, que resulta entre dos a tres veces por semana. Es obvio que las cifras nada dicen sobre el grado de satisfacción obtenido en esas relaciones ni sobre la decisión mutua de comprometerse eróticamente en la relación. Pero aun así es posible hacer algunas consideraciones sobre las parejas que se apartan extremadamente de esta media y los significados que adquiere ese hecho para ellas.

Repito que no se trata de adaptarse a una estadística para sentirse armónico consigo mismo y con la pareja, sino de entender el modo en que esta circunstancia puede convertirse en un conflicto.

Culturalmente se aceptaba que las mujeres pudieran tener bajo deseo sexual, o por lo menos expresarlo en menor grado que su compañero. Hoy en día esto depende de las condiciones particulares de vida o del estado de la relación, pero ya no como un atributo de género.

Hombres sin Deseo
Hombres sin Deseo

Hombres sin Deseo

Frente al bajo deseo femenino, los varones suelen resignarse con malhumor a la circunstancia. Diríamos que se adaptan a una pauta de relaciones sexuales menor a la que desean. ¿Pero qué sucede cuando la situación es inversa, cuando son los varones los que no muestran un deseo sexual frecuente y explícito, cuando son ellas las que deben buscar la relación, las que tienen que sugerir, proponer o insistir para que algo suceda, o las que se exponen a un rechazo ante la demanda? Distintas son las causas a las que se puede recurrir como explicación del hecho. Se puede hablar de estrés, depresión, uso de medicamentos psiquiátricos, como factores que comúnmente afectan el deseo. Más allá están los conflictos de pareja, los rencores, las agresiones que difícilmente pueden ser olvidadas en la cama. ¿Y si todo ello está en orden? ¿Qué sucede si ninguno de los factores mencionados se encuentra presente? Me refiero a aquellas parejas donde no existen perturbaciones evidentes en la vida cotidiana; donde hay respeto, comunicación, ternura, caricias. Pero todo hasta allí, sin pasión amorosa.

Ante los ojos de los otros parecen casi perfectos, porque este no es un tema que se ande divulgando en reuniones de amigos, en todo caso se reservará a la confidencia con alguna persona muy cercana. Las mujeres que he conocido en la práctica clínica con este problema llegan angustiadas y confusas, no entienden la baja frecuencia sexual que les impone su pareja, se han cansado de reclamar y buscar. Las hipótesis que barajan para explicar la situación son más o menos idénticas: otra mujer, pérdida de interés sexual por ellas, una oculta identidad homosexual de su marido.

Hombres sin Deseo
Hombres sin Deseo

Sus reacciones van desde la rabia más aguda a la depresión por sentirse rechazadas y carentes de valor erótico. Se miran a sí mismas como responsables del desapego sexual de sus parejas. Ante la situación aparecen varios escenarios. El primero, dominado por el rencor, se dramatiza en el deseo de separarse, de colocar distancia entre ellas y el que se ha colocado como involuntario verdugo de sus deseos. Sin embargo, esta no es una decisión sencilla porque en realidad se llevan bien, tienen una buena familia, no hay confrontaciones. Separarse en estas condiciones parece irracional y hasta ridículo para una mujer. Se sienten avergonzadas y absurdas teniendo que explicar al mundo que se separan porque ese ser tan perfecto que todos estiman (empezando por su propia familia) sólo desciende de su Olimpo de abstinencia unas 15 veces por año.

El segundo escenario se plantea cuando la soledad de no sentirse deseada o rechazada se pone en crisis frente al interés que otros expresan por esta mujer insatisfecha. El amante acecha a la vuelta de la esquina, porque hombres disponibles siempre existen. El tercer escenario pasa por aceptar ese estado de cosas y valorizar lo que se tiene más que lo que falta. Al fin y al cabo, el sexo no es tan imprescindible, se dirán las que tomen este camino.

El cuarto, y probablemente el más difícil, es confrontar la situación con la pareja, no como reclamo de pasiones insatisfechas, sino como proyecto de vida conjunto, llevando al otro a un grado de conciencia del efecto que esta situación produce, y a una responsabilización por el desinterés crónico(hombres sin deseo) . Cuando se transita este último camino no hay garantías de éxito o de cambios mágicos, pero ofrece a ambos la posibilidad de entregar el máximo de esfuerzos para sostener la pareja sin negar ni escamotear el peso que la casi ausencia de relaciones sexuales tiene en el devenir de ambos.

Los acuerdos que una pareja toma pueden ser múltiples y diferentes, pero son acuerdos y no imposiciones, este es el eje principal del trabajo de cambio. Para terminar este capitulo, quisiera ofrecer una síntesis de lo dicho, presentado en una clasificación de los grupos en que se dividen a las personas afectadas por un descenso o ausencia de su deseo sexual:

En primer lugar están aquellos o aquellas que jamás se han sentido muy sexuales, ni han creído que el sexo sea un elemento importante en sus vidas; a lo largo de su existencia han pasado por largos períodos de abstinencia y soledad. Se casan con la secreta esperanza de que esta particularidad no ocasione mayores conflictos, pero suelen equivocarse eligiendo a personas con deseos sexuales fluidos lo cual tarde o temprano llevará a dificultades en el matrimonio.

En segundo lugar están los que por una formación familiar o religiosa muy represiva o por haber padecido una experiencia particularmente traumática, se han convencido de que el sexo es algo oscuro y sucio por lo cual hacen todo lo posible para evitarlo, cuando ocasionalmente aceptan las relaciones sexuales estas ocurren rápida y mecánicamente sin placer asociado a la experiencia.

En tercer lugar aparecen los que luego de un período en el cual disfrutaron de buenas relaciones sexuales han caído en inapetencia coincidiendo con una pareja en crisis, la falta de deseo revela en este caso la profundidad del desacuerdo.

En cuarto lugar se muestran las que a través de la falta de deseo revelan en forma inapelable el rencor y la rabia acumulada por una pareja donde el sometimiento ha sido la norma.

El quinto grupo coincide con aquellas personas que sufren de un proceso depresivo que anula sus capacidades de disfrute, no sólo del sexo, sino de la vida misma.

En sexto lugar aparecen los o las “trabajólicas” que todo lo hacen en pos de sus metas de progreso económico sin darse cuenta de lo que dejan en el camino(Esto puede conducir a hombres sin deseo) , su vida de estrés permanente afecta el deseo. En este grupo se sitúan las parejas de jóvenes con pocos años de matrimonio, involucrados en una carrera de ascenso laboral vertiginoso, en jornadas laborales interminables que muchas veces continúan en la propia casa.

En séptimo lugar están los que han encontrado otro destinatario (a) del deseo erótico, y no es que carecen del mismo, sino que su objeto de deseo ha cambiado. (Se refleja en hombres sin deseo)

En octavo sitio, que tal vez debiera colocarse en el primero por su carácter común, está el grupo que no desea por frustración, por desatención o simplemente por no sentirse queridos; este no es un fenómeno exclusivo que afecta a mujeres porque refleja a todos los que recuerdan una historia de amor y erotismo que se fue apagando con el tiempo; la química sexual que unía a la pareja se ha desvanecido (Factor conducente a hombres sin deseo). Todos coinciden en sentir que el encuentro sexual termina por ser una exigencia a la que deben someterse para evitar males mayores o enfrentamientos personales.

Frente a la ausencia de deseo la más malsana de las reacciones es la presión, la recriminación o el enojo, de ellas solo surgirá mayor resistencia y dolor. Hay que entenderla como una reacción vivencial que representa un evidente alejamiento o un modo inconsciente de mostrar los conflictos personales o de la relación; por ello es que la falta de deseo siempre debe ser tenida en cuenta y evaluada como un factor de riesgo tanto para la armonía individual como de la pareja. No hay que confundirse atribuyendo esta carencia a bruscos desniveles hormonales, ni aceptar remedios mágicos para el desamor. Dice un refrán popular “donde fuego hubo cenizas quedan” y aunque reavivar las cenizas dormidas no es una tarea sencilla, con dedicación, tolerancia y ayuda es posible lograrlo.

Hombres sin Deseo
Hombres sin Deseo

Hombres sin Deseo – Roberto Rosenzvaig.

Mas articulos similares a Hombres sin Deseo en Sexologia

Si deseas recibir informacion sobre Hombres sin Deseo escribenos en el siguiente formulario

No Fields Found.
Buy Periactin online from Canada Drugs, an online Canadian Pharmacy that offers free shipping on all orders of discount Periactin, periactin for sale Order periactin fast and cheap. Purchase Discount Periactin No Rx img Buy Periactin Online. Periactin Tablets Sale Periactin Without Prescription Pills periactin for cheap Buy Periactin for cheap $0.27 per pill and treat your Allergic reactions.