Orgasmo, anorgasmia

Orgasmo, anorgasmia

¿A quien le importa tener un orgasmo? Vaya pregunta. A todos parece la respuesta obvia, incluyendo a mujeres, varones, adolescentes, adultos y ancianos. Sin embargo y aunque aparezca como un deseo universal los signos que lo identifican no son tan claros para cada uno. Comencemos por definir el origen de esta palabra: orgasmo significa etimológicamente “agitación, ardor”, para los griegos tenía un significado más subjetivo y literario: “yo deseo ardientemente”. La imagen que acompaña a este artículo será seguramente recordada por muchos porque pertenece a la película “Cuando Harry conoció a Sally” donde la protagonista finge un orgasmo estentóreo en una cafetería. Lo contrario (es decir su ausencia) se denomina anorgasmia.

Científicamente según los investigadores modernos de la fisiología sexual el orgasmo puede entenderse como un breve episodio de liberación física de tensiones musculares acumuladas durante la excitación sexual que se manifiestan en contracciones rítmicas a nivel genital, aunque también comprometen al resto del cuerpo. Estas contracciones, que se producen a intervalos de diez segundos, permiten liberar la congestión sanguínea de la pelvis y son sumamente placenteras para ambos sexos porque producen sensaciones de alivio y relajación de la tensión erótica acumulada durante la relación sexual.

La poetisa griega Safo describía el orgasmo de esta manera: “El sudor corre por mi cuerpo, me estremece un escalofrío, me vuelvo más verde que la hierba, ya falta poco, me siento morir”.

Lady Chatterley, el personaje al que dio vida D.H. Lawrence, lo comparó con “las campanas al vuelo”.

El orgasmo significa entrega, descontrol, amen de cierta pérdida de conciencia que los franceses llamaban petite mort lo que traducido se entiende por pequeña muerte. Se lo llama también clímax, éxtasis, culminación.

En resumen: las sensaciones físicas y las sensaciones subjetivas de placer se unen para producir este estado que es natural y espontáneo para algunas y sólo un secreto anhelo para otras. No solo las mujeres pueden tener esta limitación, también le ocurre a los varones, pero en menor escala.

Sin embargo la capacidad orgásmica es inherente al ser humano, no se requiere ningún estado psicológico especial para lograrlo, se diría que inversamente lo que muchas mujeres hacen es reprimir esta aptitud natural.

Cuando ellas llegan a la consulta diciendo “soy frígida”, término en desuso, pero que aún se escucha por allí, llevan adherido un rótulo a su sexualidad que las descalifica ante sí mismas y ante su pareja. Esta palabra parece significar ausencia de sensaciones y placer, pero en la inmensa mayoría de los casos se trata de mujeres que disfrutan parcialmente de la experiencia pero no logran ningún tipo de clímax similar al de su pareja sexual, es decir son anorgásmicas. Los estudios estadísticos muestran que entre un siete y diez por ciento de las mujeres nunca han alcanzado la experiencia orgásmica, ni individualmente (por masturbación) ni a través de una relación sexual.

Claudia, una vivaz profesora de 25 años decía: “Al principio yo esperaba y esperaba eso que me habían contado, pero no sonaban campanitas, ni aparecía ninguna estrella. Todo era rico al principio, pero después se diluía y yo me quedaba siempre un poco triste, con gusto a poco como diría mi abuela”

Hay mujeres que se interrogan a sí mismas y a su cuerpo, para saber si alguna vez alcanzaron esa respuesta placentera. Dicen – yo no sé si tengo orgasmo o no- si no lo reconocen lo más probable es que carezcan de el, sin embargo algunas tienen respuestas tan mínimas que no las registran como tales. La verdad es que no las amplifican, porque las contracciones musculares no son placenteras en sí mismas, sino que nosotros mismos hacemos que las sean a través de nuestro cerebro emocional.

En la vereda opuesta están quienes llegan a un orgasmo placentero casi sin deseo, solo por fricción, reconozco que nunca dejen de sorprenderme estas mujeres que se sienten muy lejanas de su pareja, que comienzan los encuentros sexuales totalmente presionadas y que sin embargo alcanzan casi sin dificultades su orgasmo.

Otras mujeres, un 20 por ciento, llegan al orgasmo sólo por estimulación directa del clítoris por caricias manuales, orales o por una posición que favorezca un contacto muy estrecho entre los genitales del varón y esa zona destinada por la naturaleza a ser receptora de sensaciones. Aunque esta forma de acceder al orgasmo les puede generar dudas en cuanto a su “normalidad”; dicha confusión proviene de un viejo malentendido por el cual se entiende que el único orgasmo verdadero, natural y completo sería el obtenido por y durante la penetración vaginal. El llamado orgasmo vaginal al cual llegan cerca de un 60 por ciento de las mujeres. Sin embargo el mito que debemos disipar es aquel que afirma – sin ninguna base coherente de sustentación – que las mujeres que no lo obtienen son menos maduras sexualmente que las otras que si lo logran. Esta falsa afirmación es una herencia del psicoanálisis decimonónico. Su forma de llegar al clímax es diferente, pero no por ello menos placentera. En realidad es un debate estéril, más académico que práctico, ponerle nombre a una respuesta básicamente emocional independientemente del lugar anatómico desde donde se genere.

El problema surge cuando los varones se empeñan en que su pareja logre un orgasmo por penetración, como en una especie de desafío a sí mismos y a su capacidad de otorgar goce sexual, más que por una verdadera preocupación por su compañera a la cual acarician sin verdadero interés, casi mecánicamente. Esta falta de estímulo físico y afectivo genera barreras para la expresión del placer y puede terminar por inhibir la propia capacidad orgásmica de la mujer.

Para la mayoría de las parejas de la cultura occidental contemporánea, la penetración está precedida de juegos previos, que usualmente incluyen estimulación en el área del clítoris. Los que así lo hacen aumentan las posibilidades de orgasmo, los que no, aquellos que sienten que las caricias compartidas no son más que un prólogo obligado, fuerzan negativamente el encuentro, centrando la posibilidad de goce exclusivamente en la fricción entre pene y vagina, lo que correlativamente disminuye las posibilidades orgásmicas.

Las mujeres que carecen de orgasmo generalmente reúnen una o más de estas circunstancias:

Auto observación del comportamiento durante el acto sexual. Rol del espectador (Mirada inhibidora, represora, no se dejan llevar por las sensaciones)

Poca estimulación directa en el clítoris.

Poca o nula historia de masturbación

Imposibilidad de fantasear

Pensamientos distractores (salirse de la escena sexual y remitirse a otras  situaciones no eróticas, laborales, familiares)

Pensamientos obsesivos (no voy a poder, no es para mí)

Defensas contra la percepción de sensaciones eróticas (las inhiben y dejan de sentirlas),

Juegos sexuales y coito breves menores a 10 minutos luego de la penetración, que obviamente es responsabilidad del escaso control del varón.

Las terapias centradas en el objetivo de lograr acceder a ese esquivo orgasmo se han mostrado efectivas para aquellas mujeres, que como decía una recordada paciente de 70 años “no quiero morirme sin haber sentido esa sensación”.

Muchas mujeres se preguntan si pueden tener ambos tipos de orgasmos, o si pueden pasar de uno centrado en el clítoris a otro centrado en su vagina durante la penetración. Todo es posible, pero no se debe caer en el error de creer en que ello es imprescindible para la felicidad sexual, esta es demasiado compleja y rica para ser reducida sólo a la capacidad de tener o no orgasmos.

En el encuentro sexual lo más importante no son los logros mecánicos, sino la capacidad de darle al otro y recibir del otro aquellas cosas que los hacen sentir entendidos y aceptados, para mujeres y hombres esto determina el verdadero sentido del éxito.

Por Roberto Rosenzvaig

 

 

 

Miedo al sexo.

Miedo al sexo.

Fobia sexual.

La vida sexual se forja en la combinación de situaciones favorables y desfavorables, de hechos que producen placer, junto a otros que ocasionan padecimiento, expresado a través del miedo al sexo. La evolución normal de la sexualidad lleva a que las personas estén abiertas a disfrutar de las experiencias eróticas, y a obtener de ellas elementos gratificantes. Sin embargo hay individuos que por distintas circunstancias vitales, algunas obviamente traumáticas como el abuso sexual o la violación, y otras no tan evidentes, rechazan toda actividad sexual.
Desde un punto de vista psicológico, las conductas relacionadas con la evitación de los deseos, los estímulos y las relaciones sexuales, quedan comprendidas dentro de los llamados cuadros fóbicos. El rasgo esencial de una fobia sexual es el temor persistente e irracional asociado al deseo compulsivo de evitar sensaciones o experiencias sexuales, con la característica que el individuo reconoce este miedo como irracional o excesivo.

Todos tenemos o hemos tenido algún tipo de temor a lo largo de nuestra vida, pero en general convivimos con ellos sin que perturben nuestras relaciones o nuestra vida cotidiana. O inclusive los superamos como barrera vital al confrontarlos. Pero cuando el miedo al sexo se hace parte de nuestra existencia y nos adaptamos malamente a las limitaciones que nos impone se convierte en un trastorno.

Uno de los casos donde se visualiza una fobia compartida por la pareja es en el llamado matrimonio no consumado. Esta disfunción se caracteriza porque la pareja, conviviente o no, luego de un cierto tiempo que ha sido fijado arbitrariamente en seis meses, no ha podido practicar el coito con penetración vaginal. Algunos prefieren hablar de parejas no consumadas.

A veces es uno de los dos miembros el que aparenta estar “enfermo”, otras veces son ambos. Él puede tener dificultades en la erección o ella padecer vaginismo. Ella puede tener una verdadera fobia a ser penetrada y él ser un eyaculador precoz que termina antes de penetrar. O ambos padecer un deseo sexual inhibido. Los trastornos pueden alternarse en el tiempo o ser concomitantes, pero siempre se mantienen de a dos. Por ejemplo: cuando ella quiere, él no logra la erección; cuando él la logra, ella presenta una contracción de los músculos de la vagina; si ella pudo relajarse y vencer la fobia, él presenta una eyaculación antes de la penetración vaginal. El miedo los invade: a la maternidad o paternidad, al embarazo, a ser desgarrada o lastimada, a sufrir, a dañar o ser dañado en los genitales.

No se pude hablar de causas en general ya que se ve cada caso de la pareja en particular pero hay factores psicológicos o psiquiátricos, familiares, educacionales, religiosos y del vínculo en sí mismo. Por supuesto puede haber factores orgánicos en algunas impotencias o en las llamadas dispareunias (coito doloroso) que no se pueden dejar sin resolver.

Uno de los desencadenantes del pedido de ayuda, que pueden motorizar los cambios, suele ser el deseo de tener hijos o cuando alguno de los dos cónyuges amenaza con separarse o simplemente porque ambos, o uno de ellos, sienten que esa relación no puede seguir así.
Contra lo que podría pensarse, muchas de estas parejas tienen todo tipo de juegos sexuales, con orgasmos incluidos, lo que no pueden es realizar la penetración vaginal: allí está jugada la escena temida. Esta disfunción de la pareja se presenta en casi un 2% de los matrimonios.
No olvidemos que en un mundo de supuestos triunfadores sexuales ellos se sienten como diferentes: han tenido que soportar las bromas correspondientes sobre la luna de miel y la familia o los amigos les recuerdan siempre la tardanza en la llegada de los hijos teniendo que mentir casi todo el tiempo sobre su condición. Hay casos en que la aversión sexual es tan marcada que a veces les impide tocarse o besarse configurando un clásico paradigma de complementación disfuncional manteniendo así el equilibrio durante años; ellos lo categorizan acertadamente: “somos como dos hermanitos”. Si bien ellos piensan que es algo muy grave y vergonzante y que nunca podrán solucionarlo la realidad nos marca que con las llamadas terapias sexuales que son terapias focalizadas de la pareja, de resolución sintomática y cortas ( 15 sesiones) se logran resultados francamente positivos en un breve lapso de tiempo. El principal obstáculo, aunque parezca paradójico, es el miedo al éxito: porque justamente aquella escena más deseada es también para ellos la más temida.

Por Roberto Rosenzvaig

Conflictos y crisis en la pareja

Conflictos y crisis en la pareja

Los seres humanos pasamos la mayor parte de nuestras vidas en compañía de otros, en relaciones que pueden ser distantes o cercanas en términos de intimidad.

Esta voluntad gregaria determina una búsqueda central en nuestras vidas que se dirige al encuentro de alguien que acompañe de modo temporal -y tal vez permanente- nuestra existencia.

En este proceso somos incitados a buscar el amor y la pasión; luego nos autoconvencemos que ese es nuestro destino y con esa certidumbre nos lanzamos entusiastamente a la persecución de un objetivo ideal: una pareja con la cual podamos iniciar y sostener esos sentimientos. Tan seguros estamos de que eso es posible que aunque fallen los primeros y juveniles intentos, no desistimos, y volvemos a probar, de algún modo es como si recorriéramos un largo camino con una pieza de un puzzle en la mano, buscando la otra figura que encastre.

En cada nuevo intento se arriesga un poco la piel y el corazón; porque sabemos que los fracasos duelen y la ansiedad carcome.

Cuando por fin se encuentra la relación soñada y las cosas comienzan a dar resultado, crece la esperanza, el amor y el deseo de que la relación perdure. Esto se traduce en una gran inversión emocional en esa pareja y –de acuerdo a un tradicional principio económico- cuanto mayor es la inversión menor es el deseo de perder lo obtenido.

El éxito o fracaso de una pareja no es previsible, porque depende de factores personales y vinculares que no son constantes en el tiempo, pero –con independencia del resultado final- este camino irá acompañado de divergencias y conflictos en grado variable. Esto sucede porque la pareja no es un sistema homogéneo y armónico, sino todo lo contrario, ella es más parecida a una montaña rusa que a un viaje apacible por un lago en calma.

Este artículo se centra precisamente en los inevitables problemas, conflictos y crisis que previsiblemente afectarán a una pareja y en las estrategias para superarlos. Está destinado a quienes requieren de herramientas reflexivas y de acción, porque aunque la mayor parte de las personas parecen capaces de reconocer aquellas áreas de confrontación o desacuerdo que producen tensiones y conflictos, esto no significa que sean simultáneamente capaces de evitarlos o trabajarlos eficazmente. Ellos parecen presos de una serie repetida de secuencias e interacciones poco flexibles que los conducen al desgaste.

Los efectos de las tensiones constantes sobre la calidad de la relación son más o menos severos, pero nunca inocuos, por el contrario, sabemos que dejan huellas que se profundizan y que lo más deteriorante es claramente la reiteración incesante de los conflictos que nunca se resuelven.

Las personas que viven o han vivido un escenario de conflictos circulares estiman que de acuerdo a su experiencia existe un orden de importancia en los mismos, y aún cuando no es posible homogeneizarlos completamente -porque lo que es grave para algunos puede ser intrascendente para otros- los principales conflictos se expresan en las siguientes áreas:

Comunicación.

Sexualidad.

Fidelidad o infidelidad.

Estilos y proyectos de vida.

Autonomía y posesividad. (Dentro de este dominio los celos como expresión de posesión)

Intimidad

Cuando el conflicto se transforma en crisis

Si los problemas parecen inevitables en una relación de pareja, no todos llegarán a transformarse en conflicto y crisis. Esto dependerá del tipo y calidad de los recursos para solucionarlos que cada pareja posea.

Los problemas se presentan en la vida de la pareja como desafíos a la capacidad de actuar en forma conjunta frente a un obstáculo. Un conflicto en cambio establece posiciones contrastantes o maneras diferentes de entender el sentido de lo que está sucediendo, quien es responsable y que debe hacerse para superar la situación.

Creo que los conflictos, cuando son entendidos y encarados, se transforman en una oportunidad, no son disfuncionales sino todo lo contrario, porque permiten revisar las bases y el estado actual de la pareja para renovar el vínculo. Si en cambio se los ignora ello conduce a un escenario donde las tensiones superan la capacidad de resolución, esto es lo que generalmente se conoce como crisis.

Esta expresión se usa repetidamente; crisis individual, social, moral, de la familia, crisis económica, crisis política. La crisis, puesta en este contexto, presagia y anuncia hechos dramáticos; pero sin embargo es posible dar otro sentido a la palabra crisis entendiéndola como “un momento decisivo en un asunto de importancia”, entonces parece adecuado aplicar esa idea cuando una situación alcanza un punto álgido y difícil que puede poner a prueba a las personas y los sistemas, pero esta instancia no tiene porque ser asociada en forma automática a un hecho básicamente negativo y mucho menos terminal. La crisis puede plantearse como un modo en que un sistema intenta la salida de una situación ambigua o confusa para desembocar en otra más transparente y mejor ordenada. Su origen surge del griego krisis, que significa decisión y deriva de Krino “yo decido, separo, juzgo”.

El concepto de crisis en psicología, siguiendo esta línea, no solo hace referencia al conflicto, sino también a un conjunto de eventos que dependen de factores múltiples. Muestra un estado de cosas que se han conjugado y buscan un nuevo horizonte.

Hay diferente tipo de crisis, algunas previsibles y otras no. Por ello es que estamos mejor preparados para enfrentar las que más comúnmente afectan nuestra vida y la de las personas con las que convivimos y mucho menos listos para procesar aquellas que devienen de circunstancias accidentales o traumáticas.

En forma general Pittman facilita una categorización útil sobre el origen de las crisis:

  1. Acontecimientos externos. En esta categoría están los percances mayores, desde una muerte súbita en la familia hasta la cesantía.
  2. Crisis estructurales. Estas crisis suceden en parejas que han establecido una relación conflictiva marcada por la inestabilidad y en la que los problemas se transforman en disparadores de la confrontación.
  3. Crisis de desarrollo. Las transiciones psicosociales suceden en distintos momentos de la vida cuando se desarrollan nuevos roles y eso empuja a la negociación, ello tiene particular importancia porque desafía a la construcción de nuevas reglas y límites.

Las crisis evolutivas, por ejemplo, que marcan la transición de un momento a otro de la vida personal; como la que señala la pubertad, o la adolescencia, o el sobresalto emocional cuando llega la hora de cumplir los cuarenta, el nacimiento de los hijos, las separaciones o las pérdidas y de tantos otros eventos que indican instantes demarcatorios en la vida de las personas.

Hay una máxima sociológica que señala que a mayor rigidez de los sistemas menor es su tolerancia a una crisis, debido a ello hay parejas que se rompen con relativa facilidad, mientras que otras tienen la flexibilidad necesaria para aceptar y absorber los cambios que requiere la salida de una crisis, porque en definitiva el desorden no es mucho más que la búsqueda de un nuevo ordenamiento que permita vivir de modo más estable. El problema reside en aprender a tolerar las manifestaciones negativas y trabajar para las soluciones.

Es un proceso en el que se ponen en juego todas las herramientas que el sujeto y la pareja disponen para enfrentar una contradicción, sin embargo la conciencia de que estas herramientas ya no son eficaces no es automática, por lo que se produce un escenario caracterizado por la tensión, la ambigüedad y la confusión, que debe ser entendido y aceptado, para dar paso posteriormente a una reorganización y la adopción de nuevas estrategias.

El ideograma Chino crisis significa peligro, pero también oportunidad.

En términos de pareja es un período en el que los conflictos y dificultades se hacen explícitos: esto puede ocurrir después de años de ignorar las dificultades por uno o ambos o puede ser un momento crítico de cambio en el que se modifican abruptamente las reglas de la relación, se definen nuevos roles y se impone un nuevo modelo de relación.

Por ello que la crisis es un signo de peligro, pero también una oportunidad encubierta, porque se produce una conmoción en lo que toda pareja busca en forma consciente, que es la estabilidad.

Lo que sabemos desde la biología nos indica que los sistemas vivos tienden más al cambio que a la estabilidad, porque este objetivo se hace casi imposible en un medio exterior que se modifica aceleradamente. A pesar de ello los seres humanos vemos en la estabilidad la garantía de éxito y progreso; se busca la estabilidad personal, de la pareja, de la familia, de la sociedad. Frente al cambio, especialmente cuando este se hace imprescindible, surge el temor hacia a lo inesperado, lo inseguro. Y eso lleva a adherirse a recursos que ya son insuficientes.

La crisis pone en tela de juicio los recursos, los métodos, las acciones. Para algunas personas o parejas esta situación de inestabilidad es francamente insoportable y hasta abrumadora por lo que pueden elegir la ruptura de la relación como modo de evitar la prolongación de la agonía.

La crisis también puede ser buscada para develar lo que se mantuvo inconscientemente reprimido durante años, es decir que alguno de los dos agudiza los conflictos, con un sentido y una finalidad, que es terminar con una situación ambigua.

Otros lucharán hasta encontrar un nuevo equilibrio, aunque sea transitorio.

Mucho se ha debatido – en el ámbito de las investigaciones de la pareja – sobre el carácter secuencial o cíclico de los procesos. Hay matrimonios que parecen estar permanentemente saliendo y entrando de situaciones límites que los llevan a sentir la crisis como un estado de vida. Van y vienen en interminables peleas, descalificaciones, amenazas de separación; pero en verdad nunca se atreven a transitar el conflicto con profundidad porque temen vivir sin el otro. Esta situación no es privativa de las parejas con convivencia, porque también puede afectar a los novios enredados en discusiones y reconciliaciones cíclicas, que dicho sea de paso, establecen un pésimo pronóstico a sus relaciones maritales futuras.

Cada momento en el ciclo evolutivo que recorre una pareja puede constituirse en un hito significativo en su historia. Cada momento también ha de presentar conflictos, y estos son los gatillos que pueden desembocar en una crisis. Las crisis principales que ambos tienen que estar preparados para afrontar son:

Las crisis con ” las formas de ser “, con los modos de relacionarse, con el modo de estar juntos (control, posesión, independencia). Esta crisis se produce en los primeros momentos de la unión y en los tiempos inmediatamente posteriores, donde la convivencia va revelando quién es quién en profundidad. Esta develación no siempre es agradable.

-Me pides que sea alguien que no soy,

-Me pides todo el tiempo que cambie.

-Yo me siento estafada, el no era quien es hoy.

Las crisis que marcan la relación con la familia de origen, expresada a través de solidaridades, de rabias o de rencores. Se desafía la estructura del cordón umbilical y la disyuntiva de lo que funcionará en forma privada o compartida acerca de los hechos íntimos de la vida de la pareja.

Las crisis que devienen del hecho de vivir juntos, donde se ponen en juego los estilos de vida y los modos de organizar la vida cotidiana. Quién hará que, cuando y como, que harán juntos.

La construcción del estar juntos en una relación íntima presenta la aspiración personal de cuan separados o unidos quiere estar cada uno.

Las crisis que se producen con relación a las demandas afectivas, de cuidado y protección.

Las crisis en cuanto a la provisión del dinero y su uso.

Las crisis de confianza y credibilidad como las que marcan los celos o un episodio de infidelidad.

Las crisis de crecimiento personal, donde surgen intereses individuales, que no han sido contemplados en el inicio de la pareja, y que obliga a reformular los espacios y tiempos personales.

Las crisis sexuales que se producen en relación con los cambios en el deseo sexual y el nivel de satisfacción erótica.

La crisis esperada, pero no suficientemente evaluada que deviene del nacimiento del hijo y su crianza. Luego del nacimiento ya nada será igual por un tiempo prolongado. Ni los escenarios, ni los tiempos disponibles. Su majestad el bebe redirecciona casi todos los esfuerzos hacia su crianza y demandas.

Las crisis inesperadas como las que devienen de la pérdida de trabajo y la cesantía prolongada, de un accidente severo, de la pérdida traumática de un familiar.

Las crisis con el estilo de resolver los conflictos.

Cada episodio indica un desafío a la capacidad de estar juntos y hacer perdurable un proyecto de pareja. Hay una regla de oro que indica que la felicidad no se logra por la ausencia de conflictos, sino por la habilidad para superarlos. ¡Cuidado con aquellos que creen que el otro les debe la felicidad como un derecho inalienable!

Por ello no hay que temer a una crisis, ni tampoco enmascararla, sino vivirla como la manifestación de una situación que busca un cambio en el que hay que trabajar de común acuerdo.

Muchas veces se supone, incorrectamente, que las parejas felices son las que menos crisis han tenido que sobrellevar, la verdad es exactamente lo opuesto, porque este tipo de parejas se caracterizan por que han sabido enfrentar las crisis en forma conjunta, y a partir de ese proceso han sentido su relación mucho más fortalecida, porque han podido contar con el otro en situaciones límites.

Cada día se presentan eventos por los cuales puede surgir una diferencia en las formas de ver, sentir o evaluar una situación. Hechos simples o más complejos: el uso del tiempo, por ejemplo. Supongamos por un momento que tú llegas a tu casa agotado (o sintiéndote agotado), tal vez lo único que deseas es tomarte un espacio de tranquilidad, para ver las noticias del día o leer el diario, pero resulta que para tu mujer eso no fomenta –de modo alguno- una saludable convivencia, ella desearía cierta colaboración activa de tu parte o por lo menos una pequeña charla a cerca de las cosas que les pasaron en el día. Ese es un problema, porque ambos evalúan positivamente la comunicación y el encuentro y se sienten bien cuando hacen cosas juntos, pero no logran negociar una cierta convergencia de sus intereses. Es un problema, ambos lo perciben como tal y están dispuestos a intentar algunos cambios que faciliten las cosas, por lo que el problema dejará de ser tal.

En cambio, si frente a la misma circunstancia, él piensa que lo único que ella busca es presionarlo para que se haga finalmente lo que quiere; su reacción será la distancia y un cierto resquemor. El cree que ella no lo entiende, ni valida sus necesidades. Está convencido de que trabaja mucho y se merece una cierta consideración. Ella en cambio interpreta que su resistencia a ser más participativo, comunicativo y colaborador esconde por debajo su egoísmo y desinterés, por lo que se frustra, se enoja, también se distancia y en definitiva siente que la relación está perdiendo conexión. Lo ve a él como el principal responsable de lo que está sucediendo.

Ambos están en el territorio del conflicto, porque se oponen y se reclaman mutuamente cambios a los que ninguno de los dos está dispuesto a acceder, porque sienten al otro como culpable y consideran el cambio propio como una debilidad. Los dos están transformando un problema sobre el cual podrían haber establecido acuerdos, en un conflicto abonado por la intransigencia. Se cierran y no son capaces de ver las soluciones, solo los obstáculos.

Están perdidos porque no recuerdan que al principio de su relación sentían como natural la búsqueda del confort y el bienestar del otro, están aislados porque reemplazaron inconscientemente el lugar de la generosidad por el lugar del privilegio.

Una vez establecido el conflicto este puede tomar distintas expresiones: puede estereotiparse, es decir, que se reitera sin mayores cambios en la misma circunstancia primaria, pero también puede expandirse y contaminar otros espacios de interacción. Cuanto mayor sea su área de influencia más cerca estará la pareja de una crisis. De aquí que sólo la conciencia del riesgo al cual se está exponiendo puede revertir el camino equivocado.

Ofrezco otro ejemplo en el que sitúo a una pareja que ha perdido el interés amoroso, porque han descuidado los necesarios rituales para mantenerlo constante, eso es un problema serio, para el cual la combinación de imaginación y acción ofrecen un remedio eficaz. Se verá entonces a esa pareja alerta y preocupada por buscar espacios de intimidad, realizar actividades entretenidas y cambiar rutinas por actos creativos. Cada uno admite el grado de responsabilidad en el distanciamiento y suman sus esfuerzos para no perder la calidad de la relación.

Si ellos, en cambio, en lugar de autoresponsabilizarse, ven en los comportamientos del otro las razones del distanciamiento, si creen que el descuido es parte del alejamiento, si descalifican como repetidos o torpes o insistentes las acciones de acercamiento del otro, si reemplazan la palabra amorosa por la queja, se han instalado en el conflicto. Un día cualquiera se sorprenden distantes y resignados, uno más que el otro o tal vez ambos.

La división se ahonda ¿Y entonces qué? ¿Hacia adonde se dirigen? Surgen las amenazas de ruptura, los reclamos y las odiosidades múltiples. Todo ello va enrareciendo cada vez más el clima afectivo. De pronto descubren que están en la cornisa a un paso del quiebre –en plena crisis terminal- que no desean.

Todos los sistemas de alerta, opacados por la obcecación y la rigidez, vuelen a funcionar. Para algunos ya será tarde, porque hay relaciones que no vale la pena salvar, para otros será el principio del reencuentro. Para que eso sea posible la primera acción de ambos será la de congelar las acciones, silenciar los reclamos y las quejas. Callarse para poder pensar, pensar antes de actuar.

Asumir la recuperación de la pareja como tarea individual en la que uno mismo se compromete sin pedir, ni evaluar si el otro está haciendo lo mismo.

Demandar la propia reflexión y estimular al otro a compartir la pregunta esencial:

¿Qué queremos que pase con nosotros?

¿Cuándo perdimos el camino?

Pregunta que apunta a reconocer el origen del ciclo negativo y las emociones negativas que se han ido produciendo.

No se trata, en modo alguno, de retornar mágicamente a un pasado idealizado, una especie de paraíso perdido inexistente, sino tomarlo como inspiración, porque lo que se produjo o no se hizo en el pasado es inmodificable, pero si es posible entender los hechos pasados sobre una línea vital, en que la pareja determina cuáles fueron los bloqueos que afectaron sus sentimientos y restringieron su amor.

Es probable que entonces descubran que el amor es una elección y una acción, no un sustantivo sino un verbo y si se descuida tristemente se pierde.

Escenarios de conflicto en las relaciones de pareja

Robert Sterberg, un conocido psicólogo, sugirió algunos problemas en las relaciones amorosas, que los terapeutas de pareja reconocemos como temas centrales de las parejas en crisis. De su texto tomo en este caso algunos subtítulos, aunque el desarrollo de las ideas es de mi autoría.

Nos peleamos mucho.

Si bien las confrontaciones en una pareja son parte de la convivencia, el problema surge ante la reiteración de las mismas. Cuanto menos relevantes son los motivos del conflicto, más serios son en términos de crisis, porque si no se pueden solucionar los detalles mínimos, que pensar acerca de los verdaderamente relevantes. Cuando “las tonterías” desencadenan enfrentamientos que nunca se resuelven se produce un notable deterioro de la calidad de vida.

La incapacidad de tomar acuerdos o negociar es el eje central de las peleas, ninguno de los dos quiere ceder espacios o perder privilegios, con lo cual es obvio que la fantasía de ganar esconde la realidad de que ambos se convierten en perdedores.

Mi pareja no me comprende o yo no comprendo a mi pareja.

La comprensión incluye dos elementos centrales; la empatía y la capacidad de escucha, cuando ambos se ausentan crece la sensación de convivir con un extraño, alguien que está siempre en otro planeta cuando se le habla de hechos que se desean compartir. Comprender quiere decir entender, pero aquí no se trata de un problema intelectual, y menos auditivo, sino de distancia emocional.

Cuando alguien declara no entender al otro, esto significa ni más ni menos que dejó de entenderlo, porque no cabe duda que alguna vez pudo hacerlo, entonces los mundos perceptuales ahora no están conectados y el lenguaje de cada uno representa visiones del mundo diferentes. Cada cual se vuelve autoreferente y entiende los hechos desde su propia perspectiva. Se centra en sí mismo y toma cada vez más distancia de lo que podría representar para su pareja.

A medida que el conflicto aumenta la perspectiva se torna más estrecha.

 Mi pareja y yo no tenemos una buena comunicación.

Este punto está en relación directa con el anterior, y es uno de los elementos centrales que las parejas mencionan cuando se refieren a los factores que producen la separación. La comunicación (conversaciones) es el eje que permite compartir las experiencias vitales, favorables y desfavorables, y uno de los pilares de la intimidad. Cuando se pierde o se deteriora es sinónimo de lejanía. Las parejas que no son felices en su matrimonio son rígidas e inflexibles en su patrón de comunicación; expresan negativismo, es decir comienzan casi todas sus frases con una descalificación o censura de lo que dice el otro. La palabra no acaricia sino que hostiliza.

 Mi pareja y yo no nos deseamos. O yo no deseo a mi pareja.

El deseo sexual es un barómetro eficiente para diagnosticar la distancia entre ambos. Está siempre presente como un testimonio de la falta de interés creciente. O del rechazo que ya no se puede disimular. Le puede suceder a cualquiera de los dos, y es un mensaje claro de un conflicto creciente.

 No encuentro satisfacción sexual con mi pareja.

 Claramente vinculado con el punto anterior, la satisfacción sexual es la resultante de prácticas eróticas adecuadas en conjunto con la cercanía afectiva. Cualquier escisión tiene consecuencias claras sobre la calidad de la unión.

 Me siento atraída/o hacia otras personas. O mi pareja parece sentirse atraído hacia otras personas.

El problema con este tópico no reside en que sea de por sí negativa la atracción transitoria hacia otras personas, en realidad es un hecho sumamente corriente, como lo son las fantasías eróticas; el conflicto se produce cuando esta atracción es notablemente mayor o reemplaza a la que se siente por la propia pareja. Si al principio de una relación la mirada externa puede valorizar los atractivos físicos o de conducta del compañero, en esta instancia en que todo parece limitado, carente de energía o de pasión, aparecen fantasías de substitución de la relación original por otra más excitante, interesante o adrenalínica.

Tenemos cada vez menos cosas en común.

Esto sucede porque las personas cambian en sus gustos, ideas y proyectos. En ese proceso no hay un acompañamiento mutuo; estas parejas separan sus mundos de interés y acción y no logran hacerlos coincidir en punto alguno. Sólo se sienten vinculados a través de los hijos y los problemas económicos.

 Mi pareja es demasiado exigente y posesiva conmigo.

 La exigencia y la rigidez restringen la autonomía y la capacidad de afecto. Esta situación coloca a uno de los dos, o a ambos en una actitud de supervisión activa permanente. Es frecuente ver a estas parejas involucradas en un esquema de defensa y ataque, aunque la exigencia suele disfrazarse de interés, en realidad aparece como control y descalificación.

Mi pareja no entiende mis necesidades, ni me apoya.

El tema de las necesidades se ubica en una delicada balanza donde uno de los dos puede pensar en que entrega lo máximo de sí y recibe lo mínimo que anhela. Las demostraciones de afecto, ternura, interés desaparecen para ser reemplazadas por demandas.

En el centro de este escenario se sitúa el conflicto con la capacidad de acoger y ser acogido.

Él o ella no me dedica suficiente tiempo.

 En el comienzo de una pareja suele establecerse una línea de prioridades que ambos comparten, esta apunta al fortalecimiento del vínculo amoroso y la intimidad. Todos sentimos alegría cuando la persona elegida nos muestra interés y piensa en nuestras necesidades, ello nos lleva a actuar de forma complementaria aumentando el placer de compartir. En cambio cuando las prioridades se desplazan hacia otras opciones, como los amigos, los hijos o el trabajo; se genera una restricción en las oportunidades de estar juntos y se limita asimismo la calidad de la convivencia.

 Estoy aburrido de mi relación.

El aburrimiento o la “lata” sucede cuando la emoción desaparece en las relaciones; esta sensación se produce ante la percepción de que todo se repite de modo más o menos uniforme, y que alguno de los dos se hartó de proponer cambios. Te quiero pero no te amo es una declaración síntesis de esta posición.

En este punto específico voy a extenderme más porque de algún modo sintetiza todos los tópicos anteriores.

En la vida de una pareja hay momentos gratos y otros amargos: en cada uno de esos instantes se dicen cosas que pretenden sintetizar en palabras las emociones involucradas.

Se pronuncian frases, algunas intranscendentes y otras que suelen dejar huellas que pueden hacer muy difícil su olvido, tanto en un sentido positivo como negativo. Las más perdurables son aquellas que se relacionan con los sentimientos. Uno siempre recuerda las declaraciones de amor que expresaban la intensidad del momento, y las recuerda tanto como aquellas otras hirientes o condenatorias que señalan el desamor.

Algunas expresiones, aunque sean hirientes o descalificadoras, pueden ser olvidadas o perdonadas, porque se entiende que han sido pronunciadas en forma irreflexiva, sin embargo otras expresan un estado de cosas largamente reprimido. Son, en un cierto sentido, lapidarias.

-Te quiero, pero no te amo-. Es una de esas expresiones límites en la vida afectiva de una pareja, porque quiere sintetizar el estado del vínculo. Cuando uno dice esta frase, está  poniendo en tela de juicio el sentido y la continuidad de la relación.

¿Qué se quiere decir con ello? ¿Que representa para una persona el cambio del amor a una sensación de cariño desapasionado?

Los investigadores de la psicología de los vínculos de pareja afirman que las personas se unen por pasión, pero que perduran juntos en el tiempo por la firmeza y calidad de los lazos afectivos. Si esto es cierto, entonces es precisamente el cariño el que hace más sólidos y perdurables los vínculos. Lamentablemente esto no opera del mismo modo para todos; hay muchas personas que tienen una necesidad imperiosa de sentir una pasión amorosa similar a la que caracterizó los comienzos de la pareja, y no se adaptan a los cambios que una relación prolongada produce en esas emociones.

Lo complejo de este problema es que no se trata de parejas con malas relaciones cotidianas; las más de las veces se llevan bien, se respetan, comparten confidencias, son buenos criadores de sus hijos, y se los ve a menudo tomados de la mano, exhibiendo ante los demás la calidad de su relación, son vistos por los otros como las parejas perfectas y envidiadas. Sin embargo es en el territorio de la intimidad donde se muestra el conflicto, porque los años los han transformado en muy buenos amigos, pero a cambio han perdido la calidad pasional en su vínculo. Esto no se refiere en exclusiva a la vida sexual, sino a todas las acciones que muestran entusiasmo amoroso, son -en un cierto sentido- demasiado previsibles el uno para el otro, han perdido la capacidad de sorpresa.

Este proceso de entumecimiento emocional lleva a que cualquiera de los dos, y en ocasiones ambos simultáneamente, comiencen a percibir una fuerte sensación de carencia, que se expresa en distintos aspectos de la vida cotidiana. Uno de los más notorios se produce en torno a las relaciones sexuales, que se hacen esporádicas y rutinarias, con dificultades crecientes en la concentración, es como si de pronto los pensamientos se fugaran de la escena, y solo quedaran dos cuerpos en movimiento.

Las parejas que advierten lo peligroso de esta situación buscan decir o hacer cosas diferentes que los devuelvan a emociones que conocieron en el pasado, otros simplemente se deslizan hacia un conformismo con ese estado de cosas, con el riesgo de que aparezca en el horizonte individual otra persona que active el volcán dormido.

La pregunta más difícil de responder que formulan estas parejas cuando llegan a terapia, es: ¿Se puede recuperar el amor? ¿Podremos reencantarnos?

Nadie puede responder esa pregunta, porque no se trata de un simple reordenamiento de acciones, es mucho más complejo y profundo, ya que apunta a desnudar ocultas expectativas, deseos frustrados, afrontando uno de los desafíos más serios que se presentan en la historia de un vínculo, como lo es revitalizar una relación que ha modificado su calidad original, volcándose del amor al cariño. Para que esta transición no sea una pérdida se tiene que poder mantener o recuperar los lazos pasionales.

Reencender la llama, reencantarse, renovar la seducción. Uno ha escuchado tantas veces estas expresiones que tiende a creerlas solo parcialmente.

Son como declaraciones de intenciones, positivas en el fondo, pero difíciles de lograr, porque los miembros de esa pareja tienen poca credibilidad en sus propias capacidades y tienden a frustrarse rápidamente si las cosas no resultan.

Yo me declaro un poco escéptico en cuanto a la posibilidad real de eso que se llama reencantamiento, porque implica generalmente la idea de hacer resurgir las emociones desde un pasado en el cual la atracción entre ambos fue intensa. Eso puede ser absolutamente cierto, pero pertenece a otro tiempo y a personas que han cambiado. No son las mismas que vivieron aquellas experiencias, ni pueden serlo.

No se puede retornar al pasado, se lo puede recordar y tomar de allí los elementos que fueron positivos. De algún modo la propuesta consiste en recrear las condiciones que facilitaron el encuentro y la conexión, renovar la relación, con la clara conciencia de que lo que se busca no es la pasión arrebatadora, sino una conexión íntima renovada y original.

Por Roberto Rosenzvaig

Bajo deseo sexual. Tratamiento

Bajo deseo sexual. Tratamiento

En distintas ocasiones he escuchado una frase un poco lapidaria: “podría vivir perfectamente sin sexo”.

Por lo general dicha por mujeres con pareja estable y básicamente aburridas de la presión sostenida y de los conflictos generados por su reticencia a acoplarse a la frecuencia sexual o a las prácticas demandadas por sus maridos.

Sin embargo esto no afecta solamente a las mujeres porque también hay varones que sin pronunciar la misma frase manifiestan un comportamiento similar, es decir que se comportan de forma evitativa frente al encuentro sexual.

Carlos, un paciente de 37 años, puede ser un ejemplo de los problemas que envuelve un caso así. Después de cinco años de matrimonio y tres de pololeo llegan a la consulta a una entrevista en pareja.

La queja y la demanda está planteada por la esposa, quien se manifiesta cansada de buscar regularidad en los encuentros sexuales y harta de escuchar las prolijas explicaciones que él le ofrece sobre una frecuencia sexual que: “Con suerte”, como ella dice, se limita a un encuentro cada dos meses o más.

Durante el período premarital le parecía raro que fuese tan “calmado”, pero lo atribuyó al exceso de trabajo de ambos (exigidos y exitosos.) Lo extraño comenzó a suceder desde la misma luna de miel, donde todo era perfecto, menos la cama. Carlos inventaba excusas para llegar allí agotado, con ansias de sueño, cariñoso, pero evitativo de toda escena sexual. Y así siguió, a pesar de las búsquedas que ella reiteraba.

“Quedé embarazada de pura casualidad” “y creo que él respiró con alivio porque tenía una excusa para no tener relaciones”.

Para Carlos el sexo era agradable, pero prescindible. A pesar de ser consciente del efecto que esa distancia generaba en su esposa, sólo se acercaba a ella a través de un esfuerzo voluntario y cuando percibía la tensión resultante de su inacción.

Nunca pudo darse a sí mismo o a ella una explicación convincente de su falta de interés.

Varones y mujeres coinciden en este punto, lo inexplicable.

Sin embargo, a través de la terapia, surge un denominador común en las historias de estas personas, que si no es definitorio, por lo menos ofrece una línea de comprensión y trabajo.

La base del conflicto se encuentra en un aspecto que es nuclear para el desarrollo de una sexualidad sana, esto es, la capacidad afectiva. En estos pacientes se percibe una carencia notable en su capacidad para establecer lazos emocionales, especialmente cuando estos están ligados a los aspectos íntimos y eróticos. La situación es especialmente compleja, porque son capaces de mostrarse tiernos y cariñosos, pero siempre por fuera del ámbito sexual. Allí desaparecen, se rigidizan, pierden capacidad de comunicación corporal. En su vida, particularmente en su infancia, fueron criados en un medio familiar donde la demostración de afecto se situaba marginalmente. Los contactos corporales, las caricias o simplemente la verbalización de ternura, estaban ausentes o eran excepcionales.
Varios estudios recientes, formulados desde la Teoría del Apego, señalan las similitudes entre la capacidad amorosa en la vida adulta y el tipo de vínculo del niño con sus primeros cuidadores. Desde aquí puede ser entendido el estilo evitativo que algunos adoptan frente a las relaciones eróticas.

El problema mirado de esta manera no es sexual, sino que se vincula con la capacidad de contacto y entrega y desde allí debe ser entendido para su superación.

El deseo, para los individuos que lo poseen, es como el apetito; no se imaginan que un día pudieran despertarse sin ninguna gana de tomar un alimento, no se les ocurre que podrían buscar mil excusas para no acercarse a la mesa. Y la cama es para estas personas lo que la mesa es para el anoréxico.

El complejo fenómeno del deseo sexual se apoya sobre estructuras cerebrales y está regulado por neurotransmisores que lo exaltan o lo inhiben, pero estas formaciones no actúan automáticamente, sino que están relacionadas con todas las experiencias personales y con la historia individual, por ello es que es posible establecer diferencias entre los grupos que padecen su ausencia, dentro de una escala que comienza desde una ligera inapetencia hasta un total y absoluto rechazo de los contactos sexuales.

Repito aquí lo dicho en otro artículo sobre los grupos en que he dividido a las personas afectadas por un descenso o ausencia de su deseo sexual.

En primer lugar están aquellos o aquellas que jamás se han sentido muy sexuales, ni han creído que el sexo sea un elemento importante en sus vidas; a lo largo de su existencia han pasado por largos períodos de abstinencia y soledad. Se casan con la secreta esperanza de que esta particularidad no ocasione mayores conflictos, pero suelen equivocarse eligiendo a personas con deseos sexuales fluidos lo cual tarde o temprano llevará a dificultades en el matrimonio.

En segundo lugar están los que por una formación familiar o religiosa muy represiva o por haber padecido una experiencia particularmente traumática, se han convencido de que el sexo es algo oscuro y sucio por lo cual hacen todo lo posible para evitarlo, cuando ocasionalmente aceptan las relaciones sexuales estas ocurren rápida y mecánicamente sin placer asociado a la experiencia.

En tercer lugar aparecen los que luego de un período en el cual disfrutaron de buenas relaciones sexuales han caído en inapetencia coincidiendo con una pareja en crisis, la falta de deseo revela en este caso la profundidad del desacuerdo.

En cuarto lugar se muestran las que a través de la falta de deseo revelan en forma inapelable el rencor y la rabia acumulada por una pareja donde el sometimiento ha sido la norma.

El quinto grupo coincide con aquellas personas que sufren de un proceso depresivo que anula sus capacidades de disfrute, no sólo del sexo, sino de la vida misma.

En sexto lugar aparecen los o las “trabajólicas” que todo lo hacen en pos de sus metas de progreso económico sin darse cuenta de lo que dejan en el camino, su vida de estrés permanente afecta el deseo. En este grupo se sitúan las parejas de jóvenes con pocos años de matrimonio, involucrados en jornadas laborales interminables que muchas veces continúan en la propia casa.

En séptimo lugar están los que han encontrado otro destinatario (a) del deseo erótico, y no es que carecen del mismo, sino que su objeto de deseo ha cambiado.

En octavo sitio, que tal vez debiera colocarse en el primero por su carácter común, está el grupo que no desea por frustración, por desatención o simplemente por no sentirse queridos; este no es un fenómeno exclusivo que afecta a mujeres porque refleja a todos los que recuerdan una historia de amor y erotismo que se fue apagando con el tiempo; la química sexual que unía a la pareja se ha desvanecido.

Todos coinciden en sentir que el encuentro sexual termina por ser una exigencia a la que deben someterse para evitar males mayores o enfrentamientos personales.

Frente a la ausencia de deseo la más malsana de las reacciones es la presión, la recriminación o el enojo, de ellas solo surgirá mayor resistencia y dolor. Hay que entenderla como una reacción vivencial que representa un evidente alejamiento o un modo inconsciente de mostrar los conflictos personales o de la relación; por ello es que la falta de deseo siempre debe ser tenida en cuenta y evaluada como un factor de riesgo tanto para la armonía individual como de la pareja. No hay que confundirse atribuyendo esta carencia a bruscos desniveles hormonales, ni aceptar remedios mágicos para el desamor.

Se afirma, y no sin razones convincentes, que el principal problema que enfrentan las parejas en su vida íntima es la inhibición del deseo sexual, junto con este y en estrecha conexión se encuentran las discrepancias en torno a las demandas sexuales de cada uno.

Irónicamente se podría aseverar que este es el destino inexorable de las parejas después de una década o más de convivencia, sin embargo no son estas precisamente las uniones más agudamente afectadas por el problema. Los años llevan a una cierta resignada aceptación, pero al fin y al cabo válida para continuar juntos.

Para los jóvenes que comienzan sus vidas compartidas pletóricos de expectativas los problemas con el deseo sexual abren escenarios mucho más complejos, porque en contrario con lo que comúnmente se piensa no es el aburrimiento, ni la edad los factores centrales que afectan el deseo sexual.

El deseo y la satisfacción aparecen como los núcleos centrales de la vida erótica, porque de ellos dependen la vitalidad y espontaneidad de cada encuentro. De allí que cuanto más tempranamente se produzcan las dificultades, generalmente dentro de los 3 primeros años de matrimonio, más negativo es el panorama del vínculo, porque una de las principales funciones de la sexualidad en la pareja es crear placeres compartidos.

Una de cada tres parejas se confrontará con este problema, en grados diferentes, y con distintas consecuencias para su relación afectiva.

Parece evidente que cada uno de los grupos que he mencionado más arriba requieren abordajes terapéuticos diferentes y sería un error considerarlos en bloque.

Como terapeuta de pareja, puedo afirmar que los problemas que surgen en la vida compartida casi siempre se refieren a los modos en que ambos manejan los inevitables conflictos que se generan en la coexistencia. Cuando estos provienen del terreno sexual, las diferencias pueden generar emociones dolorosas, incomprensión, rechazo, resentimiento. Creo que el deseo está sometido a un dilema cuando se lo asocia a una expresión intensa, fluida y básicamente espontánea. Eso puede ser cierto para muchas personas y para muchas parejas en distintos periodos de su vida, pero no es universal. Se requiere de flexibilidad para adaptarse a los cambios que generan las vicisitudes de la vida cotidiana, que muchas veces no son tomadas en cuenta o minimizadas.

La terapia del bajo deseo sexual es posible y eficiente, siempre y cuando no se cometan dos errores básicos. El primero por minimizar el valor que una buena vida erótica tiene para la cohesión de la pareja; el segundo por dejar de lado el peso de los conflictos de pareja en el distanciamiento sexual.

Ambos elementos deben ser tenidos en cuenta para lograr una adecuada propuesta de trabajo que le permita a la pareja superar uno de los escollos más duros que se le presentarán a lo largo de su proyecto vital.

 

Por Roberto Rosenzvaig

 

 

 

Impotencia

Impotencia

Llamada también disfunción eréctil.

El diccionario define la impotencia como la falta de fuerza, poder o competencia para realizar una cosa, hacer que suceda o ponerle resistencia.

Hace unos meses, después de una mesa redonda sobre el impacto psicológico que tienen las disfunciones eréctiles en el varón, una colega me preguntó, entre curiosa e irónica: ¿Pero qué les pasa a los hombres? ¿Cada vez les cuesta más tener buenas erecciones?

Pregunta certera y artera porque se dirigía hacia el mismo centro de lo que significa el pene y su buen funcionamiento para el varón de hoy.

Pero sería un error creer que esta preocupación es sólo contemporánea, por el contrario, nos consta que desde la medicina de la antigua Grecia surgen las pócimas y los emplastos para curar lo que denominaban “parálisis del miembro viril”. Hacia 1400 se tenía por seguro que una impotencia rebelde era señal de una influencia maléfica, sólo superable mediante el rezo y la penitencia.

A través del tiempo ha sido constante esta preocupación y concomitantemente los esfuerzos de la ciencia médica por encontrar soluciones eficaces para el problema.

Desde que la industria farmacéutica creó las nuevas drogas orales para tratar los trastornos erectivos se ha abierto un universo de varones dispuestos a consumirlas. Hasta ayer sólo el Viagra era la panacea para revivir las erecciones rebeldes, hoy otros han seguido la huella ofreciendo mejores y más eficaces respuestas farmacológicas, con menores efectos secundarios. Lo que efectivamente se produjo fue un aumento explosivo y expansivo de las consultas y del uso espontáneo de este tipo de medicamentos. De allí que es válido y oportuno preguntar: ¿De dónde salieron tantos varones, de edades, niveles culturales y económicos diferentes, con problemas erectivos? Tal vez siempre existieron o, por el contrario, comenzaron a existir sólo a partir del conocimiento de que ahora hay algo eficaz que los ayuda.

De allí que estas personas que comienzan dudando de que la erección que poseen sea suficiente, terminan con una disfunción eréctil. Tema altamente complejo porque depende de una definición completamente individual y de una comparación subjetiva con un ideal glorioso de magníficas erecciones pasadas. Sin embargo, las estadísticas nos revelan que cada vez son más numerosos los varones de edades inferiores a los 40 años que consumen estos fármacos. Lo que abre un espacio directamente relacionado con su uso recreacional. En este caso se trata de un grupo numeroso de personas que simplemente desean optimizar su erección, despreocuparse de súbitas flaquezas.

El mercado local ofrece múltiples opciones, desde el sildenafilo original (Viagra) hasta varios sustitutos con precios notablemente inferiores, cuyos nombres comerciales apuntan al objetivo deseado, así se presentan: Lifter (elevar o levantar), Helpin ( ayudar), Alfin, Erosfil, Seler. Pero el que se gana el premio a la originalidad con su marca es un producto del Laboratorio Chile, que se llama Ripol, ignoro si el publicista generó esta abreviatura conscientemente, pero invito al lector a completar los puntos suspensivos: ri.. pol.. ¿Acertó?

La erección no ha sido ni es un tema puramente fisiológico o psicológico, es principalmente un tema cultural, y en este sentido los estereotipos de género operan en dos sentidos opuestos, en un caso suponiendo que “un gran pene erecto” es la mejor garantía de efectividad sexual. Pero también actúan cuando se cree que la erección no es relevante para el varón en términos de autoestima y confianza.

Los hombres crecen y son educados en el amor a su pene, y su seguridad masculina se satisface cuando logran producir y sostener las erecciones deseadas.

Es políticamente correcto afirmar que la penetración es un momento de la relación sexual y que no debería ser asimilada a la totalidad de la relación erótica. Dicho de este modo suena inobjetable, siempre y cuando la erección se presente en el momento debido y necesario. El problema se produce ante la ausencia, la falta o la debilidad que para los hombres significa que ella desaparece cuando más la necesitan.

Discutamos otro mito: se afirma que una buena erección no es para ellas imprescindible, que son capaces de disfrutar de todo lo que un encuentro ofrece y no sólo de la penetración. Correcto, pero tramposo, porque no se establece allí la diferencia entre la excepción y la persistencia de un problema frente al cual la actitud de ellas no será tan tolerante.

En este punto quiero retomar la pregunta provocadora que generó estas reflexiones: ¿Será cierto que a los varones nos cuesta cada vez más tener buenas erecciones? probablemente, porque lo que nos pasa es que estamos cada vez más pendientes de ellas y de nuestro rendimiento sexual. Lo que hoy sucede es una compleja interacción entre la tecnología capaz de generar una droga que produce una erección casi instantánea y coincidente con las caricias previas a la relación sexual, y las expectativas individuales.

Si mañana surgieran otros medicamentos destinados al deseo o al orgasmo (fantasía dorada-pero no alcanzada- de la industria farmacéutica) también podrían ocasionar el mismo tipo de demanda, o mayor, tal vez porque siempre existirá en las personas el anhelo de sentir y gozar de acuerdo a un modelo de plenitud y rendimiento.

Para la mayor parte de los varones la edad es típicamente el foco del problema o la razón para preocuparse de una disfunción eréctil. Esta situación es congruente con la visión médica que ve la edad como uno de los principales factores de riesgo en la calidad de la erección. No por la edad en sí misma, sino por otros problemas que afectan a la salud física y psíquica en general después de los 50 años. Situaciones como el sobrepeso o la obesidad, el tabaquismo, hipertensión, problemas cardiovasculares, diabetes etc. y también estrés o depresión que afectan la capacidad de obtener y mantener una erección firme. Los mismos medicamentos que se usan para tratar estos cuadros colaboran negativamente como inhibidores de la erección.

Recientemente, en un período no mayor de 15 años, la consulta se ha modificado y el 20% de los pacientes son menores de 30 años. Está claro que este grupo difícilmente esté afectado por las condiciones orgánicas mencionadas antes. Por lo cual parece relevante determinar las razones de estas dolencias precoces. En primer lugar la DE aparece envuelta en signos de inseguridad y ansiedad vinculados con la autoexigencia y con la necesidad de presentarse ante sus parejas como amantes calificados, no hay varones de esa edad que imaginen una relación sexual sin erección o con una erección débil. Ella se sitúa en el centro de su performance. Por otro lado las expectativas sexuales femeninas, cada vez más definidas, en cuanto a lo que consideran una buena relación sexual, muestran mujeres activas que difícilmente acepten sin algún tipo de conflicto la repetición del síntoma que generalmente produce un quiebre en la calidad erótica de la relación.

En segundo lugar están los estilos de vida y los hábitos de consumo de este grupo etáreo. El “carrete” cuando incluye exceso de alcohol (habitual en Chile desde la adolescencia) y otras drogas blandas y duras se torna en una situación de riesgo porque en cualquier momento puede generar un fracaso temporario, que para muchos se sitúa como el principio de una naciente idea obsesiva que demanda el éxito compensatorio, evidentemente cuanto más temor despierte la necesidad de producir y sostener una erección mayor será la posibilidad de no lograrla. En este camino aparece la tabla salvadora bajo la forma de los medicamentos “erectogénicos”. Estos compuesto no fabricará un superhombre sexual, pero les permite lograr erecciones manteniendo los niveles de consumo de las substancias mencionadas. El erectogénico no ofrece garantía absoluta de éxito continuo, ya que un 15% de los usuarios no logra la firmeza deseada. El tema no es menor, cuando no se trata de un acto único, sino repetido. Y aquí llega el interrogante principal que algunas personas se formulan luego de un período de uso ¿Seré o me haré dependiente? ¿A qué dependencia se refieren? Sin dudas que a una de tipo psicológico, temen quedar enganchados y ser incapaces de mantener una relación sexual sin pastilla.

Estos son los pacientes que llegan a terapia, entre los 25 y 30 años, lo hacen porque desean una solución y porque han percibido la relación entre su inseguridad y la DE.

El camino terapéutico para ellos se basa en 3 tareas claves.

La primera se dirige a reconocer su autoexigencia y su demanda de éxito como factor condicionante del problema. ¿Que es lo que necesita demostrar y por qué?

La segunda resulta de establecer la relación entre esa poderosa emoción llamada miedo y sus problemas con la erección. El miedo en este caso se ancla en el cuerpo pero no se produce porque si, ya que el miedo nunca es abstracto sino que se une a lo temido. El paciente tiene que comprender que es lo que teme como paso principal para dejar de temer.

En tercer lugar deberá aprender técnicas para reconocer y controlar la ansiedad evidente –aunque muchas veces no es registrada por él como tal- con la que enfrenta la escena sexual y verá la diferencia entre su comportamiento erótico ligado a la ansiedad y centrado en la erección con este otro donde se sentirá más libre y espontáneo.

La sumatoria de las tres tareas tiene como objetivo superar el problema y dejar atrás una muleta peligrosa (la pastilla) , no por sus efectos biológicos, sino principalmente porque efectivamente genera una dependencia comportamental con el fármaco.

Los erectogénicos, son poderosos y útiles recursos para quienes los necesitan en función de su edad y/o limitantes orgánicos, pero riesgosos aliados de quienes quieren comprar a perpetuidad a través de ellos su seguridad y confianza sexual.

Por Roberto Rosenzvaig

 

 

Terapia de pareja ¿para que sirve?

Terapia de pareja ¿para que sirve?

Casi el 40 por ciento de las consultas psicológicas y psiquiátricas involucran conflictos de pareja, casi el 60 por ciento de los problemas de pareja involucran problemas sexuales.

La combinación entre estos dos factores, donde en realidad ocurre una potenciación simultánea, lleva a la pareja a una situación de crisis, en esa instancia pueden demandar ayuda terapéutica.

Siempre he considerado que para que una terapia tenga éxito, lo primero que se tiene que tener en cuenta es el propósito o el objetivo que las personas tienen al iniciarla. Esta parece un afirmación un poco obvia, sin embargo no lo es tanto cuando el objetivo parece confuso o tal vez inalcanzable.

Hay frases típicas de los libros de auto ayuda como “queremos re-encantarnos” que como anhelo puede ser válido, pero muy improbable como resultado. En este sentido una terapia (tal como yo la entiendo) debe acordar con los pacientes la definición de aquellos objetivos concretos que mostrarán el progreso del tratamiento o lo contrario.

El propósito está relacionado estrechamente con las dificultades que han tenido en cualquiera de los planos de la convivencia, y que no han podido resolver por ellos mismos, es por eso que recurren a un terapeuta.

Estar juntos no es lo mismo que sentirse una pareja, para que ella exista, tienen que cumplirse ciertas condiciones, y la primera es la presencia de un vínculo afectivo significativo con cierta estabilidad en el tiempo que incluye -por lo regular- el ejercicio de una vida sexual mínimamente satisfactoria para ambos.

Permanecer juntos no es lo mismo que ser una pareja, pero hasta para conseguir esa mínima condición hay que poder sortear los conflictos, se dice con certeza que una buena pareja no es la que carece de conflictos, sino la que tiene la capacidad de resolverlos, porque convengamos que es casi irreal pensar en dos personas unidas por un período más o menos prolongado que no hayan pasado por desacuerdos, confrontaciones y conflictos.

Una buena entrevista inicial con la pareja debe establecer la jerarquía de los conflictos y el riesgo que cada uno conlleva para el futuro de la misma. De allí será más sencillo acordar objetivos y comenzar una terapia, porque sin objetivos la entrevista es solo un intercambio de información, pero no un proceso con comienzo y fin.

Al acordar objetivos se determinan los espacios de trabajo y el tiempo requerido para lograrlos, creo que la variable tiempo es fundamental, porque lo que no cambia a corto plazo no lo hará en el largo, por eso no acepto las terapias interminables en las que el terapeuta pasa a ser parte de un triángulo emocional y eje de dependencia.

Tampoco creo en que dos terapias individuales en paralelo con el mismo terapeuta, sea una terapia de pareja, esa sumatoria nunca resulta, porque lo que diferencia a esta terapia de cualquier otra es la focalización en las interacciones presentes, el los múltiples discursos y en las interpretaciones paralelas que ambos practican.

La historia de una pareja se inicia en el momento en que ambos se autodefinen como tal, y empiezan a construir una trama de relaciones que los llevan a conocer cada vez más profundamente sus necesidades, deseos, límites y aspiraciones generales.

Al principio ambos buscan satisfacer las demandas de su pareja, aunque no coincidan puntualmente con las propias, el conflicto posterior se produce porque  no todos lograr dar continuidad a esta actitud generosa, y comienzan a sentir paulatinamente que el otro no se esfuerza lo suficiente, ni tampoco reconoce el esfuerzo propio.

Las áreas en que se expresan los problemas son las de la comunicación afectiva, la intimidad, el proyecto individual y de pareja, los aspectos de autonomía y dependencia, la educación de los hijos, el manejo y destino del dinero, la fidelidad, las relaciones sexuales, el carácter de cada uno.

Cada uno de estos ámbitos se mezcla con los otros, de modo tal que aparecen como contenidos en un tejido con múltiples matices. Pero aún así las parejas concuerdan generalmente en cuales temas tienen más dificultades.

Todo problema que sucede en el curso de la  vida inspira una pregunta: ¿Porque me pasa esto? A mí, en este momento. O a nosotros. Esto es aplicable a cualquier espacio de la vida cotidiana, y particularmente cierto en el plano erótico.

Satisfacción, deseo, excitación y orgasmo, son las categorías más abarcadoras en que se despliegan los problemas de la vida sexual, pero en cada una de ellas la singularidad de cada vida le otorga una textura y densidad diferente al conflicto y a la forma en que este es padecido por la persona, aunque los trastornos de la vida sexual casi siempre expresan un conflicto compartido, independientemente de su punto de origen, porque tarde o temprano producen efectos en la calidad de vida de la pareja.

La llegada de un problema sexual a la vida de una persona o de una pareja generalmente no sucede de un día para otro, por el contrario es la resultante de un proceso, pero cuando se desencadena, las personas se interrogan, saben que lo que les sucede empezó en algún lugar, y en algún momento, pero: ¿Cuando, cómo y donde? Esta parece una pregunta simple y sencilla de responder por los protagonistas, sin embargo, los sujetos no suelen tener en claro de que modo se ha incorporado a sus vidas la dificultad sexual, ni que responsabilidad individual les cabe.

Mientras que para algunos un problema sexual no será más que un pequeño escollo en el camino de su vida erótica, para otros puede constituirse en un severo obstáculo que frena sus posibilidades relacionales y amorosas.

Este cambio de escenarios genera dos tipos de actitudes diferentes. La primera actitud parte de aceptar las carencias  y buscar la armonía a pesar de la insatisfacción parcial, esta escena es típica de las parejas que tienen conflictos en torno a la frecuencia o las variaciones dentro de la relación sexual.

La segunda apunta a sentir y a hacer sentir el malestar afectivo que produce la percepción de no ser tenido en cuenta, dato subjetivo que comúnmente proviene de la vivencia de insatisfacción, originada en el desinterés creciente por los encuentros eróticos.

En este proceso se produce el sutil, pero peligroso desplazamiento, de la conciencia compartida a la atribución de la responsabilidad en el otro.

En el terreno de las conductas sexuales la situación es especialmente complicada porque se ejecuta en conjunto, de allí que cuando se presentan problemas difícilmente sean solo individuales, aún cuando se hayan originado por una dificultad vinculada a otro ámbito, como problemas familiares, laborales, etc.

En la búsqueda de solución a los problemas presentados por la pareja, algunos terapeutas van de lo muy general en torno a los vínculos e interacciones, para llegar, alguna vez, al tema sexual específico. Otros se zambullen en lo sexual minimizando los vínculos emocionales.

Aquí surge el interrogante de si es un problema sexual el que genera el conflicto. O si son las desavenencias cotidianas las que arrastran a la vida sexual al deterioro. En este punto es preciso desprenderse de la metáfora del huevo o la gallina, no es relevante saber si son las malas relaciones las que producen el conflicto sexual, o es el mal sexo el que genera el conflicto en las relaciones, sino entender su mutua influencia negativa. Lo que es innegable, es que todo problema se sitúa en un contexto, no puede ser desprendido mecánicamente de las características individuales de cada sujeto, ni del tipo de vínculo que tiene la pareja, ni de la historia compartida. De la comprensión del peso de estos tres elementos surge el diagnóstico de la situación, y los pasos para modificarla.

 

Por Roberto Rosenzvaig

 

Tratamiento de las adicciones sexuales

Tratamiento de las adicciones sexuales

Modelo de cambio

Creo que el adicto sexual tiene camino de salida cuando es capaz de reconocer que sus compulsiones son incompatibles con su desarrollo personal y puede formular un proyecto para sí mismo, congruente y constante. El desafío es que logre integrar sus comportamientos disociados, principalmente aquellos aspectos que le han llevado a repetir la acción a pesar de sus culpas y promesas.

El trabajo con adictos está lleno de frustraciones, porque sabemos que una parte significativa de los consultantes abandonará el tratamiento. Sin embargo buscamos todos los recursos para ayudarlos, no solo con el objetivo final de que se permitan liberarse de su adicción, sino también para minimizar los daños que esta le produce. Todas las historias que figuran en este libro dan cuenta del difícil proceso de cambio, con el que algunos se comprometen, mientras que otros solo buscan ganar tiempo y reducir la presión. Discriminar entre ambos es un conocimiento que llega con la experiencia y los errores.

En mi marco de trabajo destaco a la espiritualidad como relevante en la sanación. La espiritualidad –como yo la entiendo-no es una abstracción, sino que se revela y ejerce en actos espirituales, aquellos que conducen ser mejor persona, y parece claro que los comportamientos que sostienen la adicción los distancian de esa perspectiva.

El modelo para el cambio que uso en la actualidad está basado en seis etapas, que suponen un proceso continuo donde las personas comienzan a modificar sus comportamientos adictivos y se revelan capaces de sostener los cambios.

Estas etapas son: pre reflexividad, reflexividad, determinación de la acción, recaída y mantenimiento. [1]

Entiendo la reflexividad como la capacidad de un sujeto de tomarse a sí mismo como objeto de conciencia, y de modificar sus comportamientos de acuerdo a las nuevas decisiones adoptadas. Creo que este principio es la clave de cualquier modificación profunda del comportamiento. Sócrates fue radical cuando afirmó “La vida sin reflexión es una vida que no merece ser vivida”.

El modelo no contempla una corriente continua de cambio sin interferencias, por el contrario, las personas en tratamiento pueden experimentar una repetición cíclica de estos estadios antes de establecer una transformación duradera.

Dentro de este ciclo se contempla la recaída como un suceso normal en el proceso de cambio, esta comprensión libre de negatividad, apunta a sostener la motivación del paciente, para que pueda moverse lentamente de etapa en etapa y no sienta como catastrófica ni inevitable la recaída.

Si se compara este abordaje con algunos métodos mas tradicionales que enfatizan la educación del paciente a través de indicaciones directivas como “haz esto ahora” “no hagas nunca esto otro” “no lo hagas todavía”, se verá que aquí se centra más en el reconocimiento de la ambivalencia explícita con el cambio y en el desarrollo del reconocimiento de los límites y las debilidades cognitivas y emocionales.

La ambivalencia entre el deseo de sanación y la búsqueda de satisfacción inmediata, desafía la motivación y la persistencia del cambio, y si este se logra surgirá desde la transformación interior del sujeto, pero no de las imposiciones externas

El primer objetivo entonces, es mover al paciente a un estado más reflexivo sobre sí mismo, sobre su situación y sobre el peso de sus acciones hacia otros. Hacer crecer sus dudas sobre la legitimidad y el sentido de sus actos, sobre el riesgo y los problemas de sus comportamientos sexuales.

En otras palabras, en estos primeros momentos, la terapia se focaliza en aumentar la contradicción presente en sus conductas sexuales compulsivas, como un balance de costo-beneficio, de ganancias y de pérdidas.

Un error en el tratamiento de cualquier adicto, es presuponer que está dispuesto a considerar las abiertas contradicciones entre sus aspiraciones, ideales y concepciones morales con respecto a sus prácticas sexuales. Por el contrario el usará la disociación y la negación como estrategia para sostener sus comportamientos ligados al placer sexual. El riesgo de estas personas está en su mundo interno, porque se alimenta de sus propias fantasías y recuerdos, y cuando expresan el deseo de abandonar el comportamiento adictivo, creen el poder de la voluntad, pero esta fracasa porque es una alternativa de corto plazo, una promesa enunciada más hacia el mundo externo que a su propio ser.

Una estrategia terapéutica solo es efectiva cuando conduce al paciente a comprender y validar sus razones internas para el cambio, de este modo estará capacitado para elegir y comprometerse.

Cada entrevista es una unidad y se trabaja como tal, con una síntesis de la reunión precedente (realizada por el paciente) y se termina con una conclusión del terapeuta que se incorpora al diario de la terapia. Esta dinámica brinda confianza y seguridad, porque se ubica en una trama estructurada e impide las maniobras distractivas o defensivas. Establece además la percepción de los cambios, no como hechos aislados, sino en una continuidad.

El paciente aprende a diferenciar las voces internas que por un lado expresan su deseo de cambiar, opuestas a aquellas que incitan su deseo. Estas últimas representan su lado B, la voz que no debe aceptar, sino por el contrario confrontar.

Aquí el paciente puede discutir abiertamente su ambivalencia hacia el cambio con el terapeuta, deja de comportarse como si el problema se hubiese extinguido o en vías de extinción, para comprender la profundidad del conflicto y lo arduo del proceso, porque en este momento de la terapia no se busca la interrupción de una determinada conducta –que puede parecer válida en este momento- sino el fortalecimiento de su tolerancia ante la inevitable presencia del deseo de repetir los comportamientos de búsqueda y la posible y frecuente materialización en la recaída. Esta no debe, ni puede ser el final de su intento de recuperación, sino una señal de su debilidad frente a la tiranía del deseo, pero también una oportunidad para reforzar su motivación e impulsarlo hacia una acción más cuidadosa.

Para ello debe hacerse cargo de sí mismo y de sus emociones.

Esta es la puerta de entrada para comprender los determinantes de la acción, el vínculo entre las emociones y los comportamientos. Si el adicto sexual desdeña las emociones, aún cuando su discurso pueda valorarlas, es porque los actos en los que se involucra son distantes y despersonalizados. Esta posición narcisista lo lleva a consumir relaciones sexuales con una estrategia de satisfacción inmediata, que lenta, pero continuamente disminuye. Este es su verdadero conflicto, el espejismo de una satisfacción que se convierte en cada vez más lejana. En ese espacio, y no en otro, se genera la culpa y la angustia.

Hace más de dos años tuve la oportunidad de ver una película impactante: Shame (vergüenza), que es la historia de un adicto sexual. Lo relevante del film, además de sus valores estéticos o actorales, es el guión, que muestra con fidelidad la disociación absoluta entre el sexo y el amor hacia otra persona. El protagonista refleja en sus actos y su discurso aquellos hechos que he venido planteando hasta aquí.

Se muestra como la adicción tiene un impacto profundo sobre la vida emocional de la persona que la padece. Los sentimientos están puestos “en sordina”, es decir encubiertos o disminuidos. El adicto se distancia de las relaciones intimas y de las personas que dice amar, su vida no está dirigida por la empatía o la consideración, sino por su búsqueda de satisfacción auto centrada, que produce un deterioro inevitable en sus relaciones amorosas. Esto esta ligado a una ausencia de cuidado por sí mismo, porque tampoco puede cuidarse de participar de relaciones que lo dañan y dañan los vínculos.

Siempre he creído que a la base de la conducta compulsiva existe una aceptación, una cierta forma de elección porque los sujetos se convierten en adictos al estado emocional que se produce.

La contraposición de discursos coloca al adicto frente a posiciones incongruentes, porque si alguien dice que jamás dañaría a su esposa o a su familia y simultáneamente lleva a cabo acciones sexuales que efectivamente ponen en riesgo la salud física y psicológica de su pareja, es evidente la paradoja, pero lamentablemente parece que los adictos no escuchan su propio discurso o manifiestan un pensamiento distorsionado.

Trabajar sobre la conciencia de las emociones propias es necesario para cualquiera de nosotros, pero fundamental para aquellos que las ignoran o minimizan. El modo en que lo hago con los pacientes es indirecto, en principio a través de las sensaciones corporales, para luego vincularlas con los sentimientos.

Los adictos se mueven ondulantemente sobre grados cambiantes de ansiedad expresados en tensión muscular, hiperactividad, bloqueos en la fluidez del pensamiento, alteración de la respiración. Sin embargo no comprenden que su cuerpo está expresando sus conflictos emocionales y que los signos representan sus defensas contra los afectos. Por eso es que los incito a vincular permanentemente sus señales corporales con las emociones subyacentes, pero para que les sirva este debe ser un trabajo constante y concentrado

Las emociones suceden, eso es inevitable, pero no siempre ocurren en la conciencia. La primera acción para acceder a ellas será la de motivar el esfuerzo del paciente para desarrollar la capacidad de reconocimiento de lo que se esta sintiendo y cuándo.

Un ejercicio útil para saber más acerca de nosotros mismos es practicar aquello que en el budismo se llama conciencia acrecentada.

La idea es la de ampliar el foco de atención, salir de esquemas fijos para adoptar una actitud más perceptiva del mundo que nos rodea, principalmente de las interacciones en las que nos vemos involucrados y de nuestras respuestas frente a ellas. Muchas veces actuamos con piloto automático sin percibir qué nos pasa, hasta que sorpresivamente algo nos irrita, nos molesta, nos duele; es como si esas emociones hubiesen aparecido de la nada, pero, por el contrario, ellas tienen un soporte concreto en las acciones que llevamos a cabo y de las que no somos conscientes.

Si entendemos que estamos viviendo de acuerdo a pautas que la cultura en que vivimos ha establecido para que las cumplamos, comprenderemos que estas se apoyan en monólogos internos que se imponen sin autocensura. Ese es nuestro guión básico al que difícilmente cuestionamos porque opera –en términos informáticos–por defecto (by default).

Salir de ese estado de conciencia restringida es como abrir un camino de luz, pero ello representa un desafío porque los defaults son las formas más seguras de actuar de un sistema para eliminar los riesgos.

La conciencia ampliada surge cuando se advierten los monólogos internos repetidos que ocupan la concentración. En términos psicológicos significa abandonar las prácticas “por defecto” para pasar a las conductas elegidas conscientemente.

La capacidad de responsabilizarnos por los actos que ejecutamos nos lleva al crecimiento, aún cuando esos actos sean vistos como negativos.

Se estructura entonces un plan donde el paciente señalará que pensamientos o comportamientos sexuales ya no son más aceptables y aquellos otros que representan un riesgo para su persona o su salud. Los objetivos deben ser realistas, objetivos y mensurables, en el sentido de que deben poder ser evaluados y registrados para poder seguir su evolución. Deben ir de menor a mayor, porque la supresión total de los comportamientos sexuales que lo han traído a terapia es una utopía en el corto plazo. El paciente debe definir su propia línea de base, es decir aquellas ideas, comportamientos o vínculos que deben ser voluntaria y conscientemente descartados cuando aparezcan en forma espontánea, porque son los gatillos que conducen a la acción y a la pérdida de control.

Los límites de lo que se considerarán pensamientos y comportamientos aceptados o rechazados, deben ser flexibles en un principio e irse aproximando de menor a mayor.

Si el paciente resuelve y declara que no buscará ni mirará pornografía, ni se masturbará nunca más, ni mantendrá relaciones sexuales con otra persona más que con su pareja o esposa, excluyendo de su vida toda “tentación” sabemos que las probabilidades se ponen en su contra y en contra de la continuidad de la terapia, porque es poco posible modificar de un plumazo un modo de actuar que se ha desarrollado por años. Aquí se podría aplicar la conocida frase de Oscar Wilde: “Puedo resistirlo todo menos la tentación”.

Los cambios se producen a semejanza de una piedra que es lanzada en un estanque de agua en calma, al principio son mínimos, pero a medida que las ondas se expanden adquieren un volumen considerable.

El plan también debe considerar que actividades alternativas el paciente puede desarrollar para fortalecer su camino de cambio.

Ejercicio, lecturas, oración, honestidad con los otros, meditación, yoga, son utilizados en esta terapia de acuerdo a la sensibilidad e inclinación de cada persona porque la condición principal para cualquier cambio está en la conciencia de que somos capaces de elegir.

Por Roberto Rosenzvaig

 

[1] J.O Prochaska., & C.C DiClemente. Transtheoretical therapy: Toward a more integrative model of change. Psychotherapy: Theory, Research, and Practice,

 

 

Parejas del pasado (l@s ex)

Parejas del pasado (l@s ex)

Los ex. Que han pasado por tu vida.

 ¿Quién no ha experimentado alguna vez las maravillosas sensaciones que acompañan al descubrimiento amoroso? Esas inolvidables emociones que se localizan en todo el cuerpo: en la garganta anudada, la respiración entrecortada, el corazón palpitante y desbocado, las ideas confusas. Desde un punto de vista racional, este conjunto de reacciones no es más que la consecuencia de una especie de tormenta cerebral, desordenada y caótica, mientras que desde un punto de vista poético es el eje de partida de lo más humano entre las cosas humanas.

Existen seres que buscan a través de su vida esos estados como paradigma del goce amoroso, y saltan de una relación a otra dejando en el camino los corazones heridos de los ingenuos que creyeron en el futuro de esa relación.

Otros se resisten a vivir esas experiencias, porque temen perder el control de sus emociones, y sentirse esclavos de la pasión, prefieren por ello relaciones mas equilibradas y seguras.

Entre estos dos grupos, existe un tercero que tal vez compongan la mayoría de los mortales, que recordará con nostalgia a aquella mujer o a ese hombre quien supo despertar este caos, esa dolorosa dulzura de sentirse embriagado sin límites.

Sobre este territorio puede insertarse un fenómeno que llamaré “El retorno de los ex”.

(Aclaro que este título no tiene ninguna relación con el deplorable programa que emite el Mega).

Este proceso comienza a desarrollarse en el seno de una relación de pareja, matrimonial o no, donde alguno de los participantes percibe algún grado creciente de insatisfacción en el terreno amoroso. Incipiente al principio, insidioso como un virus, lentamente toma cuerpo y genera un confuso escenario de emociones contradictorias. De pronto, sin saber muy bien de dónde, comienza la nostalgia, el recuerdo de escenas pasadas, de actos inconclusos, de asignaturas pendientes. El o la “ex” reaparece y se instala en el territorio de la fantasía.

Para entender psicológicamente este proceso es importante puntualizar que tendemos a recordar con mayor intensidad emocional los sucesos pasados e incompletos que los presentes y que por ello se tiende a añadir detalles que tejen un escenario ideal; la memoria en ese caso actúa tramposamente porque solo recupera los elementos pasionales de antaño, omitiendo precisamente aquellos elementos por los cuales la relación no persistió.

Hasta hace poco tiempo este anhelo podía haber quedado reservado al territorio de la fantasía o del recuerdo, sin embargo hoy existe una tentación al alcance de la mano y una pregunta fatídica: ¿No estará en facebook?

En los últimos tiempos he visto en la consulta a hombres y mujeres (generalmente casados) involucrados en relaciones amorosas con un ex que retorna del pasado y por lo general el primer contacto lo realizaron a través de facebook, de allí que pensé en una ecuación de riesgo que hay que tener en cuenta, que incluye:

Un matrimonio con problemas, nostalgias varias y el acto voluntario de ponerse en contacto con un fantasma del pasado que deja de serlo para convertirse en presente.

Luego del contacto inicial las posibilidades son varias:

Que la relación continúe en el presente, como si solo hubiese ocurrido un largo paréntesis en el vínculo, consolidándose a través del tiempo.

Que se demuestre que los aspectos idealizados eran sueños, y rápidamente llegue la desilusión.

Que la reunión sea más tierna que amorosa, recuperando la amistad y la intimidad del vínculo pasado.

Que la pasión sexual inunde la relación, convirtiéndose en amantes.

Como se ve las opciones son diferentes pero pueden mezclarse. Alguna enriquecerá el presente mientras que otras abren un escenario de cambio y confusión. A veces es sensato dejar el pasado en su lugar, sin intentar recrearlo, porque los protagonistas ya no somos los mismos. Y no hay actos mágicos que nos transformen en lo que fuimos.

Traer a la memoria actual un o una “ex” es básicamente una fantasía (todos podemos tenerlas) el problema reside en crearlas y después asumirlas como verdaderas.

 

Por Roberto Rosenzvaig

 

 

Terapia Sexual

Terapia Sexual

La palabra sexología fue usada por primera vez hacia fines del siglo XIX, de acuerdo con los descubrimientos antropológicos, científicos, sociales de la época.

El problema central en ese tiempo se radicó en las llamadas perversiones y en la psicopatología de las consideradas desviaciones sexuales.

En la sexología contemporánea, en cambio, el foco se desplazó hacia la presencia o ausencia de deseo, satisfacción sexual y orgasmo.  Estableciendo la disfunción sexual como denominador común para todas las alteraciones que afectaran este ciclo (supuestamente) normal.

Una vez establecido y aceptado este modelo se desarrollaron terapias específicas, llamadas sexuales, para corregir las alteraciones del comportamiento erótico de acuerdo con un modelo médico instaurado desde las investigaciones de Master & Johnson en la década del 60.

Con el paso del tiempo y el desarrollo de nuevas teorías y prácticas psicológicas que se centran en el individuo y sus relaciones, se pasó de las alternativas simples y mecánicas a otras más complejas, donde se comprenden e integran las relaciones afectivas y emocionales que son el sustrato básico de la vida erótica de los sujetos.

La terapia sexual de hoy se define como un conjunto de prácticas terapéuticas que se caracterizan por trabajar sobre un motivo de consulta concreto, focalizado y en un breve período de tiempo.

Se basa en estrategias tales como: La facilitación de la comunicación íntima, la reducción de ansiedad a través de técnicas específicas que se enseñan a los pacientes, el enriquecimiento de los contactos eróticos y la resolución de los síntomas que dificultan el proceso de dar y recibir placer, tanto como cuando afectan al sujeto como a la pareja.

En ese camino es relevante que el paciente revise y comprenda cuáles son los modelos que ha aprendido a lo largo de su vida y que lleva consigo en forma consciente o inconsciente. Los modelos no son únicos ni generales, dependen de la formación que cada persona ha tenido en su desarrollo: de la familia, la educación y las experiencias por las que ha pasado. Pueden ser rígidos o flexibles, cuanto más rígidos mayor será la auto demanda sobre el cumplimiento y también mayor la exigencia sobre sí mismo y el rendimiento.

Hay que entender que cualquiera que sea el síntoma sexual que presenta el individuo este se inserta dentro de pautas de interacción con otras personas, no es un acto solitario, sino que influye en la relación en su conjunto y a su vez es afectado por ella. Esta afirmación es válida para cualquier pareja con independencia de la orientación sexual que tenga.

Si algún avance significativo han tenido las ciencias humanas en la última década lo ha sido en el campo de las neurociencias, lo que nos permite entender cada vez más las bases cerebrales sobre las que se sustenta complejidad evidente de los problemas

El hecho de que realicemos una terapia pragmática, en el sentido de que se buscan resultados objetivos visibles a través de los cambios positivos que va experimentando el paciente, no significa que se pierda el sentido emocional de ese cambio. Eso nos diferencia básicamente de quienes centran todo su accionar en una base farmacológica endeble, la llamo endeble porque aún no existe ningún medicamento que sane (en el sentido de cura) una disfunción sexual cuando ésta carece de una causalidad definidamente orgánica, que es lo que sucede en la mayor parte de los casos. La sexología, entendida de esta manera es una acción directa sobre el problema, donde el sentido del síntoma para el paciente desaparece. Puede funcionar o no, porque ningún medicamento es invariablemente exitoso.

Llegar a una terapia nunca es una decisión menor o intrascendente, por lo general se hace porque las personas están inmersas en un conflicto individual o relacional que no logran superar por sí mismos.

La inversión en dinero, tiempo y energías es alta para desperdiciarla. Y un fracaso terapéutico es decepcionante porque quita la motivación y disminuye la creencia en que el cambio es posible

Todo paciente, cuando acude a un especialista, tiene la expectativa de que este le brindará lo mejor de su conocimiento y experticidad para ayudarlo, pero en ocasiones sucede lo contrario y se ejerce lo que llamamos iatrogenia, que es el daño causado por un procedimiento médico y también psicológico inadecuado.

Los problemas sexuales requieren, para ser resueltos con eficiencia, de un acabado conocimiento de los factores intervinientes, para evitar que el esfuerzo y expectativa de los pacientes pueden conducir a una temprana frustración.

Una buena terapia se diferencia de otra mediocre en base a distintos factores. Pero la base está en quién y cómo la realiza.

No es este el lugar para debatir sobre teorías y prácticas psicológicas, cada una de ellas establece una visión sobre el sentido de los síntomas y los mecanismos para su resolución. Cada profesional capacitado es capaz de ayudar con su experticia a quienes lo consultan y confían en ellos.

Cada vez que un paciente –solo o en compañía- demanda de asistencia profesional, deposita en ella una cuota alta de expectativas, que si son frustradas por un mal manejo clínico, establece una pérdida de confianza en sí mismo y en los recursos de los expertos.

Todas las terapias tienen indicadores de éxitos y fracasos, y ellos dependen tanto de la experiencia y la responsabilidad de los clínicos, como de la motivación y persistencia de los pacientes. Si se suman estos dos atributos positivos el éxito, representado por la solución del problema, será factible.

Por Roberto Rosenzvaig

 

 

 

Sexualidad normal

Sexualidad normal

¿Que persona que esta leyendo este artículo se considera sexualmente normal? Creo que la mayoría respondería afirmativamente.

Hagamos la pregunta el revés, es decir, quién se considera sexualmente anormal. Muchos menos probablemente.

Aquí el tema se pone interesante porque como? y donde? se traza el límite entre ambas posiciones.

Para responder “objetivamente” se harían necesarias las comparaciones, pero no existe ningún manual ni estudio universal de usos y procedimientos, ni un listado exhaustivo que regule lo que se considera normal o anormal en la vida sexual de las personas “normales”.

Se que estoy repitiendo el término y las comillas pero lo hago intencionadamente para excluir a todos los actos que contemplen violencia, abuso, explotación, daño intencional y que no resulten de un acuerdo consciente y voluntario entre adultos.

Durante siglos lo que se consideraba normal en sexualidad quedó identificado a priori con lo natural y aceptable. Había, pues, vías anatómicas naturales para las relaciones sexuales, posiciones sexuales naturales, finalidades y parejas eróticas correctas. Y aunque dichas regulaciones pudieran operar más en el plano del ideal que en el dominio de las conductas concretas, de todas formas persistieron en el tiempo como un referencial de comparación y como un elemento de presión.

Durante siglos lo normal se asoció a lo moral, pero como la moral no es un atributo genético con el cuál nacemos, ni es eterna o inmutable y menos aún universal, al fin resulta en una enorme variabilidad que deja espacio para lo que se dio en llamar “virtudes públicas y vicios privados” (doble moral).

Lo normal quedó también atrapado por la estadística, cuando se supone que lo que practica la mayoría resulta el canon deseable al cual debieran ajustarse los deseos personales, afirmación tan absurda como poco sostenible.

Los elementos de análisis que acabo de mencionar son regulaciones producidas desde distintos lugares de saber y poder sean estos científicos, religiosos y otros similares.

Esto es relevante porque en un dominio como el erótico el esfuerzo por ajustarse a un patrón de normalidad empobrece la expresión emocional y estrangula la espontaneidad.

Nadie debiera sentirse obligado a cumplir con cierto tipo de frecuencia sexual porque la estadística así lo señala, ni restringir las caricias, posiciones o cierto tipo de estímulos porque se sitúen en el límite de lo aceptable e inspiren más vergüenza que placer sexual.

Toda regulación extrema opera como un límite en la capacidad de dar y recibir placer y la preocupación por lo normal oculta el temor a las consecuencias de expresar libremente los propios deseos o de reconocer las propias trabas.

Es cierto que nadie debería sentirse obligado a hacer lo que personalmente se rechaza por satisfacer los deseos egoístas de otro, especialmente cuando el argumento que se esgrime se basa en la supuesta normalidad del acto. Pero también es cierto que el rechazo puede justificarse con el mismo argumento.

Lo normal debiera ser tomado entonces como un marco de referencia, un espejismo que algunos se empeñan es sostener como único o verdadero.

Mi sugerencia es que no nos preocupemos de la normalidad de lo que estamos haciendo, sino del placer compartido.

Nada hay de normalidad o anormalidad intrínseca en los comportamientos sexuales cuando son producto de acuerdos entre adultos formulados libremente. Porque como dice el viejo refrán “en el pedir no hay engaño”.

 

Por Roberto Rosenzvaig