Bajo deseo sexual. Tratamiento

En distintas ocasiones he escuchado una frase un poco lapidaria: “podría vivir perfectamente sin sexo”.

Por lo general dicha por mujeres con pareja estable y básicamente aburridas de la presión sostenida y de los conflictos generados por su reticencia a acoplarse a la frecuencia sexual o a las prácticas demandadas por sus maridos.

Sin embargo esto no afecta solamente a las mujeres porque también hay varones que sin pronunciar la misma frase manifiestan un comportamiento similar, es decir que se comportan de forma evitativa frente al encuentro sexual.

Carlos, un paciente de 37 años, puede ser un ejemplo de los problemas que envuelve un caso así. Después de cinco años de matrimonio y tres de pololeo llegan a la consulta a una entrevista en pareja.

La queja y la demanda está planteada por la esposa, quien se manifiesta cansada de buscar regularidad en los encuentros sexuales y harta de escuchar las prolijas explicaciones que él le ofrece sobre una frecuencia sexual que: “Con suerte”, como ella dice, se limita a un encuentro cada dos meses o más.

Durante el período premarital le parecía raro que fuese tan “calmado”, pero lo atribuyó al exceso de trabajo de ambos (exigidos y exitosos.) Lo extraño comenzó a suceder desde la misma luna de miel, donde todo era perfecto, menos la cama. Carlos inventaba excusas para llegar allí agotado, con ansias de sueño, cariñoso, pero evitativo de toda escena sexual. Y así siguió, a pesar de las búsquedas que ella reiteraba.

“Quedé embarazada de pura casualidad” “y creo que él respiró con alivio porque tenía una excusa para no tener relaciones”.

Para Carlos el sexo era agradable, pero prescindible. A pesar de ser consciente del efecto que esa distancia generaba en su esposa, sólo se acercaba a ella a través de un esfuerzo voluntario y cuando percibía la tensión resultante de su inacción.

Nunca pudo darse a sí mismo o a ella una explicación convincente de su falta de interés.

Varones y mujeres coinciden en este punto, lo inexplicable.

Sin embargo, a través de la terapia, surge un denominador común en las historias de estas personas, que si no es definitorio, por lo menos ofrece una línea de comprensión y trabajo.

La base del conflicto se encuentra en un aspecto que es nuclear para el desarrollo de una sexualidad sana, esto es, la capacidad afectiva. En estos pacientes se percibe una carencia notable en su capacidad para establecer lazos emocionales, especialmente cuando estos están ligados a los aspectos íntimos y eróticos. La situación es especialmente compleja, porque son capaces de mostrarse tiernos y cariñosos, pero siempre por fuera del ámbito sexual. Allí desaparecen, se rigidizan, pierden capacidad de comunicación corporal. En su vida, particularmente en su infancia, fueron criados en un medio familiar donde la demostración de afecto se situaba marginalmente. Los contactos corporales, las caricias o simplemente la verbalización de ternura, estaban ausentes o eran excepcionales.
Varios estudios recientes, formulados desde la Teoría del Apego, señalan las similitudes entre la capacidad amorosa en la vida adulta y el tipo de vínculo del niño con sus primeros cuidadores. Desde aquí puede ser entendido el estilo evitativo que algunos adoptan frente a las relaciones eróticas.

El problema mirado de esta manera no es sexual, sino que se vincula con la capacidad de contacto y entrega y desde allí debe ser entendido para su superación.

El deseo, para los individuos que lo poseen, es como el apetito; no se imaginan que un día pudieran despertarse sin ninguna gana de tomar un alimento, no se les ocurre que podrían buscar mil excusas para no acercarse a la mesa. Y la cama es para estas personas lo que la mesa es para el anoréxico.

El complejo fenómeno del deseo sexual se apoya sobre estructuras cerebrales y está regulado por neurotransmisores que lo exaltan o lo inhiben, pero estas formaciones no actúan automáticamente, sino que están relacionadas con todas las experiencias personales y con la historia individual, por ello es que es posible establecer diferencias entre los grupos que padecen su ausencia, dentro de una escala que comienza desde una ligera inapetencia hasta un total y absoluto rechazo de los contactos sexuales.

Repito aquí lo dicho en otro artículo sobre los grupos en que he dividido a las personas afectadas por un descenso o ausencia de su deseo sexual.

En primer lugar están aquellos o aquellas que jamás se han sentido muy sexuales, ni han creído que el sexo sea un elemento importante en sus vidas; a lo largo de su existencia han pasado por largos períodos de abstinencia y soledad. Se casan con la secreta esperanza de que esta particularidad no ocasione mayores conflictos, pero suelen equivocarse eligiendo a personas con deseos sexuales fluidos lo cual tarde o temprano llevará a dificultades en el matrimonio.

En segundo lugar están los que por una formación familiar o religiosa muy represiva o por haber padecido una experiencia particularmente traumática, se han convencido de que el sexo es algo oscuro y sucio por lo cual hacen todo lo posible para evitarlo, cuando ocasionalmente aceptan las relaciones sexuales estas ocurren rápida y mecánicamente sin placer asociado a la experiencia.

En tercer lugar aparecen los que luego de un período en el cual disfrutaron de buenas relaciones sexuales han caído en inapetencia coincidiendo con una pareja en crisis, la falta de deseo revela en este caso la profundidad del desacuerdo.

En cuarto lugar se muestran las que a través de la falta de deseo revelan en forma inapelable el rencor y la rabia acumulada por una pareja donde el sometimiento ha sido la norma.

El quinto grupo coincide con aquellas personas que sufren de un proceso depresivo que anula sus capacidades de disfrute, no sólo del sexo, sino de la vida misma.

En sexto lugar aparecen los o las “trabajólicas” que todo lo hacen en pos de sus metas de progreso económico sin darse cuenta de lo que dejan en el camino, su vida de estrés permanente afecta el deseo. En este grupo se sitúan las parejas de jóvenes con pocos años de matrimonio, involucrados en jornadas laborales interminables que muchas veces continúan en la propia casa.

En séptimo lugar están los que han encontrado otro destinatario (a) del deseo erótico, y no es que carecen del mismo, sino que su objeto de deseo ha cambiado.

En octavo sitio, que tal vez debiera colocarse en el primero por su carácter común, está el grupo que no desea por frustración, por desatención o simplemente por no sentirse queridos; este no es un fenómeno exclusivo que afecta a mujeres porque refleja a todos los que recuerdan una historia de amor y erotismo que se fue apagando con el tiempo; la química sexual que unía a la pareja se ha desvanecido.

Todos coinciden en sentir que el encuentro sexual termina por ser una exigencia a la que deben someterse para evitar males mayores o enfrentamientos personales.

Frente a la ausencia de deseo la más malsana de las reacciones es la presión, la recriminación o el enojo, de ellas solo surgirá mayor resistencia y dolor. Hay que entenderla como una reacción vivencial que representa un evidente alejamiento o un modo inconsciente de mostrar los conflictos personales o de la relación; por ello es que la falta de deseo siempre debe ser tenida en cuenta y evaluada como un factor de riesgo tanto para la armonía individual como de la pareja. No hay que confundirse atribuyendo esta carencia a bruscos desniveles hormonales, ni aceptar remedios mágicos para el desamor.

Se afirma, y no sin razones convincentes, que el principal problema que enfrentan las parejas en su vida íntima es la inhibición del deseo sexual, junto con este y en estrecha conexión se encuentran las discrepancias en torno a las demandas sexuales de cada uno.

Irónicamente se podría aseverar que este es el destino inexorable de las parejas después de una década o más de convivencia, sin embargo no son estas precisamente las uniones más agudamente afectadas por el problema. Los años llevan a una cierta resignada aceptación, pero al fin y al cabo válida para continuar juntos.

Para los jóvenes que comienzan sus vidas compartidas pletóricos de expectativas los problemas con el deseo sexual abren escenarios mucho más complejos, porque en contrario con lo que comúnmente se piensa no es el aburrimiento, ni la edad los factores centrales que afectan el deseo sexual.

El deseo y la satisfacción aparecen como los núcleos centrales de la vida erótica, porque de ellos dependen la vitalidad y espontaneidad de cada encuentro. De allí que cuanto más tempranamente se produzcan las dificultades, generalmente dentro de los 3 primeros años de matrimonio, más negativo es el panorama del vínculo, porque una de las principales funciones de la sexualidad en la pareja es crear placeres compartidos.

Una de cada tres parejas se confrontará con este problema, en grados diferentes, y con distintas consecuencias para su relación afectiva.

Parece evidente que cada uno de los grupos que he mencionado más arriba requieren abordajes terapéuticos diferentes y sería un error considerarlos en bloque.

Como terapeuta de pareja, puedo afirmar que los problemas que surgen en la vida compartida casi siempre se refieren a los modos en que ambos manejan los inevitables conflictos que se generan en la coexistencia. Cuando estos provienen del terreno sexual, las diferencias pueden generar emociones dolorosas, incomprensión, rechazo, resentimiento. Creo que el deseo está sometido a un dilema cuando se lo asocia a una expresión intensa, fluida y básicamente espontánea. Eso puede ser cierto para muchas personas y para muchas parejas en distintos periodos de su vida, pero no es universal. Se requiere de flexibilidad para adaptarse a los cambios que generan las vicisitudes de la vida cotidiana, que muchas veces no son tomadas en cuenta o minimizadas.

La terapia del bajo deseo sexual es posible y eficiente, siempre y cuando no se cometan dos errores básicos. El primero por minimizar el valor que una buena vida erótica tiene para la cohesión de la pareja; el segundo por dejar de lado el peso de los conflictos de pareja en el distanciamiento sexual.

Ambos elementos deben ser tenidos en cuenta para lograr una adecuada propuesta de trabajo que le permita a la pareja superar uno de los escollos más duros que se le presentarán a lo largo de su proyecto vital.

 

Por Roberto Rosenzvaig