El lado B, el sexo y las adicciones
El lado B. Una metáfora. El lado B, del que tanto hablamos no existe, es una metáfora de una segunda voz. Pero existe en la medida en que alguien le da vida, cuando...
El lado B. Una metáfora.
El lado B, del que tanto hablamos no existe, es una metáfora de una segunda voz. Pero existe en la medida en que alguien le da vida, cuando eso sucede la realidad se duplica, se hace paralela.
La realidad tal como la conocemos es a la vez un invento y una ilusión, lamentablemente solemos estar convencidos de su existencia objetiva, de la mano de las explicaciones racionales o de las que se inspiran en el sentido común, que entre paréntesis, no es más que el discurso social compartido sobre una determinada cuestión o tema.
El lado B, es nuestra zona gris, opuesta a la luminosidad y transparencia del lado A. El lado obscuro del Yo, en términos Junguianos, pero no es inconsciente o lo es solo parcialmente. Puede ser pequeño y casi imperceptible o grande e invasor.
El lado A nos transporta y eleva hacia el ideal de nosotros mismos, aquello que deseamos ser, lo que dicho en otros términos aquello que concuerda con los atributos positivos que cada persona desea, porque parece evidente que pocos elegirían ser envidiosos, explosivos, crueles o deshonestos, y menos que otras personas los sindicaran como tal. Los atributos negativos se oponen a las virtudes.
En el espacio psíquico coexisten dos fuerzas opuestas, la que es inspirada por los deseos y apetencias y la que se sostiene sobre la regulación o inhibición de los mismos. Esto es idéntico a lo que ocurre a nivel del sistema nervioso, donde cada acción se regula por un sistema de control dual generado en el sistema límbico y el hipotálamo, cuya función es ajustar el sistema con acciones excitatorias e inhibitorias dependientes de la acción de neurotransmisores específicos.
Todos, pero absolutamente todos, tenemos un lado B; para algunos es parte de la existencia, una fase tolerable que nos demuestra la imposibilidad de la perfección, un recordatorio de nuestra débil condición humana. En este sentido el lado B es útil, porque hace presente algunos aspectos que de otra manera pertenecerían al dominio invisible de lo reprimido. También es útil porque establece los límites de un territorio confuso o ambivalente, donde no se sabe con claridad a que lado nos inclinamos.
En el magistral mito moderno plasmado en “La guerra de las galaxias” es central la concepción del “lado obscuro de la fuerza”, ello quiere decir que la fuerza vital y ordenadora es única, dentro de la cual se distingue lo que venimos llamando el juego de los lados –A y B-.
La pretensión de dominio, control y hegemonía a través de la violencia revela el lado B más obscuro o ¿debiésemos decir malvado? representado cabalmente por las emociones destructivas. El lado A, por el contrario, representa a la bondad, la solidaridad, la empatía y la compasión.
Solo los seres humanos evolucionados son capaces de desarrollar y sostener estos aspectos positivos, pero también son una minoría. Basta contemplar la historia para darse cuenta que en la eterna lucha del bien y del mal el predominio del segundo es más que evidente.
Entonces, aceptemos como inevitable este antagonismo, no neguemos las contradicciones, porque de la negación surge el ocultamiento y la acción encubierta.
El lado B habla, pero casi siempre en voz muy baja, en susurros, que solo escucha con claridad el propio sujeto. Expresa generalmente el deseo, la excitación, la demanda de lo prohibido. Pone voz al anhelo de satisfacción, orienta la búsqueda, acalla las reticencias.
Sus argumentos son casi siempre los mismos: justificación y permiso.
El lado B no tiene memoria del acto completo, lo suyo se expresa en fragmentos. En una tensión interna que precede a la acción. No percibe la relación entre la emoción y la acción.
Sin embargo, aún cuando el sujeto este alerta, el lado B invita al diálogo, se yergue como un igual ante los debilitados intentos por rehuirlo, y termina convenciendo una vez más a la persona de buscar los comportamientos que satisfacen –o parecen satisfacer- la demanda sexual.
Si la vida se siente aburrida o monótona, el lado B demanda una vía de acción excitante, que a fuerza de ser repetida se constituye en el único camino que la persona reconoce para satisfacer sus necesidades perentorias. Alcohol, sexo asociado con conductas de riesgo o drogas psicoactivas combinadas.
Si se siente vacío o insatisfacción, el sexo puede representarse como un alimento mágico que produce la sensación de saciedad. Allí la masturbación ocupa un lugar destacado y si se usan drogas estas son más bien sedantes o narcóticas.
Si la realidad se siente agobiante y hay que escapar de ella rápidamente, la fantasía elemental o elaborada conduce a un acto solitario o a la dependencia obsesiva de la pornografía o los chats eróticos.
Cuando el lado B se erige en vencedor
El lado B crece sostenido en el secreto y la vida paralela. Se hace depositario del placer y delega la monotonía a la vida cotidiana de la pareja estable.
El discurso del adicto sostiene que puede pararse establemente sobre ambos mundos de experiencia, y que los dos le brindan corrientes de placer complementarias. Es decir que sin el lado B en acción el aburrimiento se erigiría en dominante.
Años atrás atendí un paciente de 42 años, paradigmático con respecto a lo dicho más arriba. Generalmente cuando asistía a sesión se comportaba en forma muy dinámica, le gustaba hablar y lo hacía en forma rápida y precisa. Movía sus manos expresivamente como acentuando con ellas sus ideas. Se lo sentía energizado y totalmente autoreferente. Contaba sus experiencias sexuales, pero como quien acumula información cuantitativa, sin reflexión ni aparente deseo de cambio. De hecho estaba en terapia por imposición de su esposa ante los reiterados engaños e infidelidades.
Sin embargo luego de algunas sesiones apareció otro aspecto de su ser; con poca energía, su ritmo de pensamiento y su expresión verbal ralentizadas. Pensé en un trastorno bipolar, pero su cambio estaba sustentado sobre un circunstancia más concreta, lo que sucedía es que la diferencia que yo percibía se debía a que en ciertos días el tenía encuentros sexuales con su amante de turno y esto lo potenciaba, pero en cambio cuando no ocurría se deslizaba fácilmente en un estado parecido al aburrimiento. Eso es lo que había ocurrido en esa semana.
El confiado discurso inicial daba paso al personaje victimizado y culposo, que solo quería ser acogido y ayudado, pero esto duraba poco, porque pronto reaparecía el personaje autosuficiente, su lado B triunfador.