Siete signos de (in)satisfacción en una relación
En las relaciones que recién comienzan, se suele hablar de amor y compromiso, no de satisfacción en la relación, pero cuando se vuelve a largo plazo, es un tema...
¿Cuánto placer puedes soportar?
No existen los superhombres del éxtasis. Nuestra capacidad para gozar tiene unos límites naturales, y el cerebro trata de que no los rebasemos
El placer es efímero.” No se trata de un mero tópico poético, sino de una realidad científicamente contrastada. Por mucho que lo lamenten los hedonistas y los epicúreos, el placer tiene límites; un umbral a partir del cual se diluye o, simplemente, desaparece. No existen, por tanto, el orgasmo perpetuo ni el “colocón” eterno.
Pero, ¿se pueden forzar, o estirar, las fronteras del gozo? En principio, sí. De hecho, eso es lo que hacen las drogas; pero, a la larga, puede ser un recurso más contraproducente que recomendable. Así, George Koob, neurocientífico del Instituto Scripps Research de La Joya (California), compara el sistema del placer con un banco. “ Si sacamos demasiado dinero de nuestra cuenta, se gastará rápidamente. Con el placer ocurre algo similar: si abusamos de él, se agota”, explica el científico.
Elogio de la brevedad
Ya lo dijo Baltasar Gracián: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Y es precisamente su finitud y brevedad lo que convierte el placer en algo no sólo agradable, sino indispensable para la supervivencia de la especie.
El placer es, en esencia, un sistema de recompensa que guía nuestras acciones y nos “premia” al satisfacer las necesidades básicas: comer, beber, procrear (también las abstractas y culturales)… En definitiva, el placer nos ayuda a sobrevivir como individuos y especie. Pero, para lograrlo, ha de ser limitado.
Imaginemos a un animal, o a un homínido, absorto y cegado por el placer desatado de un festín. En tal estado, sería una presa muy fácil para cualquier depredador, o para sus enemigos si le atacaran en ese momento. Para evitar ese riesgo, el propio cerebro pone en marcha unos mecanismos que limitan la duración y la intensidad de la sensación placentera, tal y como explica Koob: “Yo creo que el hecho de que el cerebro ponga límites al placer tiene una función muy clara: si no lo hiciera, las especies estarían en peligro”.
Y son dos los mecanismos que evitan que el éxtasis se desboque. El primero consiste en reducir los niveles de dopamina y endorfinas, los neurotransmisores responsables de las sensaciones de placer. Y el segundo, en elevar los niveles de estrés. La combinación de ambos provoca un efecto casi “castrador” sobre el placer. Este proceso, los científicos lo han bautizado como “saciedad sensorial específica”.
Así nombrado, suena muy abstracto, pero dicho fenómeno tiene síntomas físicos claramente identificables. Retomando el ejemplo del homínido embriagado por la comida, si dicho sujeto, pese a sentirse saciado, continúa comiendo en un intento de prolongar su gozo, comenzará a sentir sequedad en la boca, que el sabor se vuelve desagradable, sudores, acidez… Si persiste en su actitud, llegará incluso a sentirse enfermo.
En resumen: el cerebro ordena al cuerpo que se defienda contra el intento de alargar de forma excesiva la sensación de placer. ¿La finalidad? Evitar que la persona se abandone al marasmo del goce y pueda concentrarse en otras tareas necesarias para su supervivencia.
El cerebro echa el freno
Pero, ¿quién da la voz de alarma cuando se rebasan los límites? Un área del cerebro, llamada corteza orbitofrontal (COF), localizada en la parte posterior de la órbita de los ojos.
En la COF hay neuronas que reaccionan ante el dulce, ante la grasa… Según Edmund Rolls, neurólogo de la Universidad de Oxford (Reino Unido), más del 10% de dichas neuronas son sensores de placer que matizan la información recibida por los sentidos, deciden si una sensación es placentera y dan órdenes para activar los mecanismos de recompensa.
Pero según Rolls la COF también calcula cuándo hemos tenido ya bastante placer, y es, por tanto, responsable de que, al cabo de un tiempo determinado, cualquier sensación agradable pierda su atractivo y nos sintamos hastiados. Aún no se tiene claro cómo funciona este mecanismo, pero puede tratarse de un descenso en la actividad de las neuronas del placer.
Y según los especialistas, esta sería una de las causas de los estragos que las drogas provocan en el cerebro. Los estupefacientes actúan directamente sobre los circuitos opiáceos y dopamínicos, sin pasar por la COF, que podría imponer algún tipo de freno y provocar la sensación de saciedad. Cómo se agota el gusto
Los experimentos científicos revelan que todas las personas tenemos el llamado “punto de set hedonista”, que es la línea a partir de la cual empezamos a experimentar las sensaciones de placer, pero a la que siempre se retorna cuando estas desaparecen.
Si se hace un mal uso de los sistemas de placer, se empieza a tener problemas para sobrepasar esa línea. Es un fenómeno ligado a los procesos de adicción. Por ejemplo, en un principio, una dosis de droga produce una cantidad de placer X, pero con cada toma los recursos del placer se van malgastando. Llega un momento en que la misma dosis cada vez hace disfrutar menos: el adicto se ve obligado a aumentar la cantidad para alcanzar ese nivel X, al que antes llegaba con raciones más pequeñas. Al final, el drogadicto ya no consume droga para sentirse bien; lo hace, simplemente, para no sentirse mal.
Por si eso fuera poco, las drogas producen otro nocivo efecto secundario: el adicto acaba perdiendo la capacidad de obtener placer por otras vías, como el sexo, la comida… Sólo los estupefacientes le hacen gozar.
De esta forma, en los adictos, bien sea al trabajo, a las comilonas, o si es alguien que experimenta una compulsión insana a practicar sexo, ir de compras o jugar, los recursos limitados de su sistema de placer se gastan con excesiva rapidez. Para el investigador, un adicto sufre una “bancarrota de placer”.
El cerebro echa el freno
Pero, ¿quién da la voz de alarma cuando se rebasan los límites? Un área del cerebro, llamada corteza orbitofrontal (COF), localizada en la parte posterior de la órbita de los ojos.
En la COF hay neuronas que reaccionan ante el dulce, ante la grasa… Según Edmund Rolls, neurólogo de la Universidad de Oxford (Reino Unido), más del 10% de dichas neuronas son sensores de placer que matizan la información recibida por los sentidos, deciden si una sensación es placentera y dan órdenes para activar los mecanismos de recompensa.
Pero según Rolls la COF también calcula cuándo hemos tenido ya bastante placer, y es, por tanto, responsable de que, al cabo de un tiempo determinado, cualquier sensación agradable pierda su atractivo y nos sintamos hastiados. Aún no se tiene claro cómo funciona este mecanismo, pero puede tratarse de un descenso en la actividad de las neuronas del placer.
Y según los especialistas, esta sería una de las causas de los estragos que las drogas provocan en el cerebro. Los estupefacientes actúan directamente sobre los circuitos opiáceos y dopamínicos, sin pasar por la COF, que podría imponer algún tipo de freno y provocar la sensación de saciedad.
Teniendo en cuenta todo lo expuesto, ¿estamos los seres vivos condenados a gozar de una porción muy escasa de placer? No forzosamente. Los investigadores afirman que el gozo es una sensación limitada, pero no dicen que tenga que ser pequeña. Más bien, todo parece indicar que sea la justa; en definitiva, que un orgasmo dure lo que tiene que durar.
Para explicarlo mejor, George Koob aclara que el placer y el estrés actúan como los movimientos de un péndulo: a toda subida emocional le sigue un “bajón”. Pero toda bajada irá seguida de otra subida. O lo que es lo mismo: el placer de un orgasmo tiene que ser breve, para poder buscar comida o refugio; pero el recuerdo de la sensación de dicha es lo que nos hará esforzarnos por tener más orgasmos.
Evidentemente, los umbrales del placer no son los mismos en cada individuo y, como ya se dijo, pueden aumentarse por el uso de drogas; pero aun así, seguirá siendo una sensación limitada. “Podemos tener placer siempre que queramos”, afirma Koob, “pero nunca será intenso todo el tiempo”.
No queremos deprimirte, pero si esto te parece una mala noticia, agárrate porque ahí va otra peor: sólo el placer es limitado, mientras que para el dolor y el disgusto no hay fronteras.
Sin embargo, y aún con estas limitantes, el secreto consiste en expandir los límites y nuestra capacidad de combinar el placer con el amor. Este último, es en definitiva, el combustible más eficiente para despertar el placer, tanto como el placer fortalece el amo
Basado en una nota periodística de Helen Philips