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Infidelidad y como superarla

 

 

Infidelidad ¿y después que?

Muchas personas, tal vez la mayoría, han enfrentado o pueden enfrentar una situación de infidelidad en su vida de pareja. Algunas y algunos se separan, otros continúan en el marco de una relación desgastada, sin embargo existen parejas que son capaces de superar esta dolorosa experiencia y resurgir fortalecidos. Para ello es imprescindible entender tanto el sentido como la razón de la crisis.

Mucho se ha hablado, supuesto, escrito (y menos investigado); sobre las razones y los procesos que llevan a una persona a dejar de lado el compromiso de fidelidad, que la mayor parte de las parejas se formulan cuando inician un vínculo que anhelan perdurable.

En ocasiones es relativamente claro entender los motivos de la conducta, otras veces resulta oscuro o francamente incomprensible. Dejo a los investigadores de los comportamientos la tarea de hurguetear los complejos recovecos de la mente humana en busca de respuestas y explicaciones; en mi caso, como terapeuta de pareja, me interesa saber como ayudar a las personas que hayan pasado, o que están pasando por ese trance vital.

¿Por qué la infidelidad es tan destructiva para la pareja? Tiene la capacidad de serlo, porque representa un embate demoledor contra el propio núcleo de la relación, esto es, la confianza mutua.

Al producirse, la infidelidad altera esta confianza y la misma constancia del vínculo; es por ello que genera consecuencias imprevisibles sobre la continuidad afectiva y sexual de la relación.

El significado simbólico de la ruptura apunta a aquello que los terapeutas cognitivos designan como la opción “todo o nada” una pareja es fiel o es infiel.

No existen alternativas intermedias.

La infidelidad puede ser ocasional y transitoria o permanente, con una persona o varias, amorosa o distante, cada una de estas opciones produce efectos diferentes tanto en el individuo que las lleva a cabo, como en la pareja. La experiencia nunca es inocua: genera cambios, modifica conductas, despierta emociones aletargadas.

Las aventuras transitorias, a las que los europeos y norteamericanos llaman “affaire”, suelen suceder en varias ocasiones a lo largo de la vida, para algunos representan simplemente una experiencia hedonista, casi deportiva, algo que han hecho y continuarán haciendo mientras vivan. He escuchado a distintas personas, principalmente varones, que sostienen con cierta anestesia valórica, que jamás han sido fieles a su cónyuge desde el principio del matrimonio. Ellos consideran que no se daña la relación establecida, si estas aventuras se mantienen en forma discreta y silenciosa. Además creen que si el contacto es solo sexual, el peso de la infidelidad es menor.

Las personas son diferentes y su modo de reaccionar también lo es, por eso para algunos los actos de infidelidad son comparables a una diversión intrascendente, mientras que para otros (probablemente la mayoría) se constituye en una experiencia única, un hito vital, por el que atraviesa un antes y un después de la historia de la pareja, principalmente por la instauración del secreto y el ocultamiento consecuentes a los actos de infidelidad.

Para otros y otras, en cambio, estas aventuras son la expresión de un momento de desbordamiento, algo que no puede inscribirse en un solo dominio del comportamiento. Hay quienes la experiencian como un anhelo largamente esperado después de años de tedio o frustraciones; hay quienes la viven a través de un intenso deslumbramiento onírico; o también quienes se inclinan conscientemente hacia el encuentro por rabia, pena o rencor.

En cambio, las relaciones que adquieren permanencia instauran una doble vida afectiva y sexual, que obliga a quienes las desarrollan a fabricar un complejo esquema de ocultamientos y mentiras reiteradas.

Cuando la infidelidad sucede, no ocurre simplemente porque de pronto apareció la opción y fue inevitable tomarla. Las cosas pasan de otra manera, y dependen de cambios y situaciones negativas que las parejas no advierten en forma debida. Entre otras, la falta de contacto emocional, de comunicación, la restricción de la intimidad, la sensación de esfuerzo para estar con la otra persona, las dificultades en la vida sexual, la falta de encanto en la vida en común, el aburrimiento, la imposibilidad de disfrutar el simple hecho de estar solos sin la inclusión de terceros, son algunos de los sucesos de la vida cotidiana que hacen tentadora la opción de infidelidad.

En este sentido la infidelidad es una adaptación disfuncional a las crisis de la existencia en pareja, y su denominador común depende de la insatisfacción personal, por eso es que lo que se constituye en el eje central del problema, no es el acto de infidelidad en sí, sino la evitación o negación del conflicto.

Sea cual fuere el tipo de infidelidad, las reacciones frente al descubrimiento de la acción del otro son variadas: explosiones emocionales, agresión verbal y física, angustia y depresión, pedido de explicaciones que otorguen sentido al acto, sanciones que involucran al conjunto de la familia, venganza, separación.

Cuanto más inexplicable sea la acción más difícil resulta tolerarla, esto es claro, porque si una pareja siente signos evidentes de desgaste y opacidad emocional, si han perdido el encanto y la seducción al estar juntos, si su vida sexual es solo un recuerdo de tiempos mejores: ¿A quién le extrañaría que apareciera en el horizonte otra relación? En cambio, si se trata de otro tipo de pareja, con buenas relaciones afectivas y sexuales, la experiencia es mucho más devastadora, por lo incomprensible e inesperada.

La pregunta es: ¿se puede plantear, en términos generales, a la infidelidad como una conducta elegida con libertad y claridad de conciencia. O es acaso un patrón de comportamiento inconsciente que apunta a quebrar el vínculo íntimo con la pareja, por la misma imposibilidad de sostenerlo?

Frente a la infidelidad, especialmente cuando se reitera, llega el momento revelador, en esta circunstancia todo un proyecto se pone en juego, se produce inevitablemente una brutal desidealización del otro y de la misma relación: ¿Y entonces que hacer? La omisión y el olvido son imposibles, no es posible seguir actuando como si nada hubiese sucedido.

El rencor y la desconfianza se instalan como un convidado indeseado. La pareja puede comenzar a jugar una coreografía de víctima y verdugo, donde se esconde la pregunta: ¿Qué hice yo para merecer esto? Es obvio que nadie se merece una traición, pero lo más difícil resulta de reconocer que la infidelidad puede producirse a partir de las debilidades de una pareja que no han sabido diagnosticar sus conflictos. Hay quienes entenderán ese quiebre como una nueva posibilidad para el vínculo, otros se alejarán en busca de nuevos rumbos. Para los que elijan el primer camino se abre un complejo escenario de revisión de los factores de satisfacción e insatisfacción, de las expresiones afectivas y sexuales, de la comunicación, de las expectativas individuales y compartidas. Esta tarea puede ser hecha en solitario o con ayuda terapéutica; en este sentido las terapias de pareja son una herramienta útil para orientar y esclarecer los núcleos oscuros de la relación.

Varios son los elementos principales sobre los que se debe trabajar una vez que la tormenta emocional permita una labor reflexiva: el primero es el sentido del acto de infidelidad; el segundo, el reconocimiento de la responsabilidad individual; el tercero, el arrepentimiento por el dolor ocasionado; el cuarto, el restablecimiento de la confianza y el respeto, y por último el cierre de la experiencia dolorosa, para que ella no siga activa como un fantasma amenazante, y ambos se permitan restablecer el amor olvidado.

Muchas parejas han pasado y pasarán por esta experiencia, la mayor parte la guardará en un lugar de la memoria que permanecerá latente, aunque no siempre con un sentido absolutamente negativo, sino como el recuerdo de una experiencia vital que puso en riesgo el amor, y que estableció la oportunidad de ser mejores.

Ese momento es un umbral que marca el fin de la edad de la inocencia, para generar un vínculo más maduro y cuidadoso, tanto del otro, de la relación y del proyecto, porque creo firmemente que la situación de reconocimiento de la infidelidad es una oportunidad para pasar de una mala pareja a otra mucho mejor.

 

 

 

 

 

 

 

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