Adicción sexual.

Este artículo ( el primero de 3) es un breve resumen de algunos aspectos tratados en mi último libro: “Demasiado Sexo” quienes se interesen en profundizar el tema pueden hacerlo a través de su lectura.

En el Libro verde de los adictos sexuales anónimos se dice:

“Antes de acercarnos a adictos anónimos ninguno de nosotros sabía que nuestro problema tenía un nombre. Todos sabíamos que no podíamos controlar nuestra conducta sexual. Para nosotros el sexo era una forma de consumir nuestras vidas. Aunque los hechos de nuestras historias fuesen diferentes, nuestro problema era el mismo. Éramos adictos a los comportamientos sexuales, a pesar de las consecuencias”.

El sexo importa, preocupa, estimula, deprime, aumenta la ansiedad o la disminuye, genera culpa o alegría, placer o displacer, amor o agresión; es decir que no se vincula con ningún comportamiento específico ni con una emoción determinada. No es un recorte separado de la personalidad, de la cultura o de las relaciones de género. Por el contrario, el acto sexual está totalmente acotado por estas características y por las circunstancias en que se desenvuelva. La biología y la cultura le dan un entramado único.

La biología nos ha programado como especie hacia la reproducción, y para eso inventó el intercambio sexual como forma eficiente de producir la fecundación, dotándonos de centros de recompensas cerebrales, hormonas y neurotransmisores. Hasta allí todo perfecto (salvo un cierto exceso de testosterona en los machos de la especie) pero luego nos abandonó a nuestro propio desarrollo y quedamos huérfanos de códigos genéticos que señalaran que otros comportamientos, emociones y actividades se incluyen en la relación sexual. De allí que hace unos 2.000 años se viene debatiendo y regulando sobre quién, cuando y como hace que, con quien o quienes. Y evidentemente aún no hay acuerdo. Cada sociedad en cada época histórica, desde el paleolítico hasta la fecha ha construido una trama en el cual se desenvuelven las relaciones eróticas.

La mayor parte de las personas que conocemos desean mantener relaciones sexuales satisfactorias y las buscarán a lo largo de su vida de acuerdo a la orientación de su deseo.

Otros y otras se apartan de la norma general, hacia los extremos de un continuo que por un lado se representa en el desinterés erótico que algunos han llamado “anorexia sexual” y en el otro por quienes hacen de la sexualidad un dominio central de su existencia.

Yo no se, ni quiero creer que existe un deseo sexual normal medible y cuantificable y que todo lo que se aparte de ese centro resulte sospechoso, amoral o directamente patológico, esta mirada está sustentada desde perspectivas religiosas, morales o pseudocientíficas; más bien pienso todo lo contrario. Sin embargo, tanto la ausencia o disminución significativa del deseo sexual como su exacerbación, tiene consecuencias sobre la vida de las personas y de sus parejas.

En un libro anterior “Amor y desamor en la pareja” desarrollé extensamente el tema del bajo deseo sexual. En cambio en este nuevo trabajo quiero profundizar en el otro extremo del continuo.

Gabriel García Márquez dice que el secreto de la felicidad es hacer aquello con lo que uno disfruta. Cada quien puede entender el “aquello” que menciona la frase de acuerdo a sus particulares gustos y anhelos, pero el problema de un adicto es que sus comportamientos no se rigen por el disfrute, sino por la ansiedad y la compulsión. No es un hedonista (aunque lo pueda creer) sino tal vez todo lo contrario.

La palabra adicción proviene del latín “addictus”, de ad (hacia) y “dictus” (decir) o sea para decir, o declarar. Su significado original era estar obligado, dedicado o entregado a alguien, en Roma un “addictus” era el deudor que por falta de pago terminaba siendo adjudicado o entregado como esclavo a su acreedor.

Este impactante origen etimológico se mantiene como idea en el significado central del termino adicto, pero sin embargo hoy el concepto se ha desdibujado al expandirse hacia algunos comportamientos que resultan más frecuentes o reiterados que otros, ejemplo: si tomamos más café que nuestros compañeros de trabajo seremos café adictos, si vemos más televisión TV adictos y así hasta el infinito, de modo tal que habría que ser cuidadosos para no usar el término en forma general sino ajustado a aquellos comportamientos que cumplen con las condiciones de una adicción.

Si se ha hecho cada vez más común -y esto no es producto de una casualidad- que en la mayor parte de las familias haya uno o varios miembros que toman alcohol en exceso, que comen demasiado, que fuman, son devotos de la cafeína, de la televisión o están eternamente enganchados a Facebook, twitter, enviando o recibiendo mensajes a través de los varios grupos de whatsApp. De los cuales parecen no poder desprenderse.

Que ingieren antidepresivos o sedantes nerviosos como si fuesen caramelos, que son trabajólicos, que compran ansiosamente sin un criterio de necesidad, y todo esto sucede porque las personas se han habituado a convivir con la ansiedad y la compulsión, y a admitirlas –no como un trastorno del comportamiento- sino como parte de un estilo de vida- que incluye un efecto de normalización y banalización de la ansiedad, como si esta fuese inevitable.

Por eso se pierde de vista cuando la ansiedad se convierte en hegemónica, dominando las acciones que hasta ayer podían ser racionales, porque la conducta compulsiva, nutrida por la ansiedad, trasciende a la reflexión y a la conciencia. Esta es la diferencia entre el impulso y la compulsión, el primero es manejable (hasta ciertos límites) y no opera como una necesidad absoluta; la segunda coloca al individuo en un conflicto extremo entre la realización del acto y la angustia por su frustración.

Se ha discutido y diferenciado entre las necesidades básicas, con pretensión de universalidad, y aquellas otras creadas y sostenidas por una sociedad en particular.

Nuestra sociedad se caracteriza por la generación de nuevas necesidades que se suman a las básicas, que no son de producción espontánea, ni emergen de una masa crítica, sino que son creadas constantemente a través de una oferta interminable de productos y servicios-incluidos los sexuales- que incitan al surgimiento de nuevos consumidores llenos de expectativas de satisfacción.

Hay diferentes factores que sostienen este proceso ascendente, entre otros, la cada vez más sencilla accesibilidad y disponibilidad de los productos, la instantaneidad al momento de obtenerlos y la globalización de ofertas.

La estructura de producción y consumo de la que depende y sobre la que se sostiene la economía de mercado ha producido y fomenta el desarrollo de una serie de conductas compulsivas y no reflexivas al momento de adquirir un bien o un servicio. El impulso de posesión no pasa por la conciencia de necesidad sino que remite a un acto muchas veces irracional, por el cual el sujeto obtiene una gratificación instantánea. El individuo se transforma en lo que tiene, y lo que tiene lo identifica en su posición en la sociedad.

El objeto de deseo al cual se liga la conducta compulsiva produce una tensión psíquica que solo se libera con la realización del acto, sea cual fuere, desde una compra hasta una relación sexual, el que una vez cumplido suele-pero no siempre- generar rechazo o culpa, hasta que se olvida este sentimiento y se reanuda el ciclo.

El campo de los comportamientos adictivos es muy amplio, pero mi objeto de interés se acota hacia las llamadas adicciones sexuales, aunque no como fenómeno único, sino en conexión con todas las nuevas adicciones que ha generado y seguirá generando el mundo contemporáneo. Mi propósito es avanzar en la comprensión de los sujetos que hacen de sus búsquedas sexuales un eje central de la vida, aún cuando les ocasione dolor, pérdidas de toda índole, además de empobrecimiento afectivo y espiritual.

Mi experiencia se basa en los adictos sexuales que conocí y con los que he trabajado, por ello pueden estar ausentes los casos de exhibicionistas, voyeristas, acosadores, etc. No porque los ignore, sino porque cualquier referencia a ellos sería más teórica que experiencial. Además estas personas difícilmente llegan a una consulta, solo cuando se ven forzados, por problemas legales o familiares.

Otra omisión relevante aquí son las mujeres con adicciones sexuales, no porque no existan, sino porque son muchas menos que los varones, y por eso mismo solo he tenido la oportunidad de ver en terapia a tres pacientes, a todas luces un número insuficiente para hacer cualquier tipo de análisis, comparado con los 58 casos en que se basa mi experiencia terapéutica con varones, tanto heterosexuales como homosexuales.

La tercera parte de este artículo, que presento separadamente, se destina a justificar mi elección de un tipo especial de formato terapéutico para ayudar a los adictos a controlar y o superar su adicción sexual.

Por Roberto Rosenzvaig